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CAPÍTULO 8 — El Peso Compartido

  El sol no había salido del todo. O tal vez sí, pero el bosque no lo dejaba entrar.

  Syra caminaba delante, con pasos lentos, midiendo cada piedra, cada hoja húmeda. No porque quisiera avanzar despacio… sino porque sentía el fuego en su brazo como un animal agazapado, esperando el momento justo para desgarrarlo por dentro.

  Ashryel lo seguía a unos metros.

  Ni demasiado cerca. Ni demasiado lejos.

  Solo lo suficiente para no desvanecerse.

  El silencio entre ambos tenía filo.

  Después de un rato que a Syra le pareció una vida entera, habló:

  —?Va a ser así desde ahora?

  Ashryel levantó la mirada, sorprendida. Ella no había esperado que él rompiera el hielo tan pronto.

  —

  Syra se detuvo. Giró hacia ella. La luz de la ma?ana le golpeaba la marca del brazo, haciéndola verse casi negra.

  —Con distancia. —Con miedo. —Con esas… verdades a medias.

  Ashryel inhaló. Una inhalación que no movió aire, pero sí movió algo en ella.

  —

  —Entonces dímelo. —Dime qué pasó con él. —Dime qué estás ocultando. —Dime por qué todos los ecos saben algo que yo no.

  Ella bajó la mirada.

  —

  —?Y eso qué significa?

  Ashryel levantó la mano. No para tocarlo. Para mostrarle dónde mirara.

  Su pecho.

  —

  —

  Syra apretó los dientes, clavando las u?as en la palma.

  —?Y si no digo nada? —?Si camino sin saber? —?Eso me salva?

  Ashryel negó.

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  —

  —

  —

  Lo miró directo a los ojos.

  —

  Syra sintió un golpe en el estómago. Era la primera vez que ella lo decía así de claro.

  Sin protección. Sin eufemismos.

  Solo verdad.

  Se dejó caer sentado en una roca.

  —Entonces… ?qué se supone que haga?

  Ashryel dio dos pasos hacia él. Solo dos. Su cuerpo brilló un poco más al acercarse.

  —

  Syra tragó. Le mostró el brazo.

  Ashryel extendió la mano… pero se detuvo a un centímetro de tocarlo. Como si tocarlo fuera un acto sagrado, peligroso y necesario al mismo tiempo.

  La luz de ella cubrió la marca sin llegar a rozarla.

  Syra sintió un calor que no era dolor. Un calor extra?o, casi… humano.

  Ashryel murmuró:

  —

  Syra entrecerró los ojos.

  —?Cuántas etapas hay?

  Ella dudó.

  —

  —?Y la tercera?

  —

  Syra sintió que el mundo se le encogía en los pulmones.

  —Ashryel… —?él murió en la tercera?

  Ella cerró los ojos. Dolió verla así. No era una respuesta verbal. Era un “sí” que se quebraba en silencio.

  Syra inspiró hondo.

  —Entonces ensé?ame a no llegar ahí.

  Ashryel lo miró como si no hubiera esperado jamás escucharlo decir eso con ese tono.

  No miedo. No desesperación. No terquedad.

  Determinación.

  —Syra… —su voz bajó— —

  él asintió sin dudar.

  —No quiero ser un recipiente de nada. —No quiero repetir el final de alguien a quien ni conozco. —Quiero caminar contigo… no detrás de ti.

  Ashryel parpadeó.

  Y allí, por primera vez desde que regresó a él, algo en sus ojos cambió.

  No era luz.

  Era alivio.

  Dio el tercer paso. El que no había podido dar antes.

  La distancia se rompió.

  Su mano tocó la marca. No quemó. No dolió. No desgarró.

  Solo tembló.

  Syra sintió el pulso de ella como si fuera suyo.

  Y Ashryel murmuró:

  —

  —

  —

  —

  —

  él tragó saliva.

  —Yo tampoco tengo otra Ashryel.

  El viento sopló entre los dos, pero esta vez no abrió distancia.

  Fue un puente.

  Ashryel retiró la mano con cuidado, como si ese segundo le hubiera costado energía real.

  —

  —

  —

  —

  —

  Syra arqueó una ceja.

  —Eso último… ?por qué?

  Ella no lo miró.

  —

  —

  Syra sintió un escalofrío.

  —…?Confundirme con alguien muerto?

  Ashryel no respondió.

  Y ese silencio fue la respuesta.

  Syra respiró hondo. Se levantó.

  —Bien. —Entonces dime qué sigue.

  Ashryel alzó la vista. La luz azul de ella, tenue pero firme, parecía haber recuperado algo del pulso perdido.

  —

  —

  —

  Un latido. Dos.

  La marca brilló leve.

  Ashryel a?adió, más suave:

  —

  Syra bajó la cabeza, casi sonriendo sin que llegara a ser sonrisa.

  —No planeo hacerlo.

  Caminaron. Esta vez lado a lado. No del todo juntos. Pero ya no separados.

  La etapa dos latía.

  Y el camino hacia el fragmento azul, aunque aún invisible, ya había comenzado a abrirse.

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