El corredor siguiente no tenía luz,
pero tampoco oscuridad.
Era un espacio suspendido,
como si el Camino hubiera olvidado
decidir qué debía ser.
Syra dio un paso,
y el sonido no regresó.
Nada hizo eco.
La ausencia de eco
fue la advertencia.
El aire se tensó,
como si contuviera algo que respiraba
sin querer ser escuchado.
Syra avanzó dos pasos más.
Y ahí lo vio.
No un recuerdo.
No un monstruo.
No un fragmento suyo.
Sino un escenario
Un espacio formado por culpa.
Una llanura vacía.
Un cielo pálido.
Y al centro,
una figura de espaldas,
de pie,
sin moverse.
Syra reconoció la postura de inmediato.
No porque la hubiera visto antes.
Sino porque la había sentido
demasiadas veces.
La rigidez en los hombros.
El peso hundido en los talones.
La respiración baja, contenida,
como quien teme que cada inhalación
sea un error que alguien pueda escuchar.
El Camino estaba mostrando
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la forma universal de quien se acusa
por existir.
Syra se acercó con cautela.
La figura, aun sin girar,
pronunció algo apenas audible:
—Perdón.
La palabra cayó al suelo sin fuerza.
Pero Syra sintió el golpe
como si hubiera sido dirigida a él.
No era un “perdón” hacia alguien.
Era un “perdón” desde
hacia un vacío que no respondía.
La figura repitió:
—Perdón… por no haber sido más.
Por no haber sido suficiente.
Por no haber llegado antes.
Por no haber podido salvar nada.
Cada frase no era lamento.
Era sentencia.
Syra inhaló despacio.
La culpa no era de Aelian.
Ni del ni?o.
Ni del fragmento.
Era de todos a la vez.
Y de ninguno.
Era la forma que adopta el dolor
cuando ya no encuentra dónde quedarse.
Cuando Syra habló,
no lo hizo para consolar.
Ni para negar.
—No tienes que justificar tu existencia —dijo—.
Ni explicar lo que no pudiste cargar.
La figura tensó los dedos.
Syra continuó:
—La culpa no nació en ti.
Te la dieron.
Y la cargaste sin saber que podías soltarla.
Silencio.
Pero la figura… respiró.
Por primera vez.
Ese mínimo gesto
fue más que cualquier palabra.
Syra avanzó medio paso,
y el Camino reaccionó:
el suelo tembló como advertencia,
como si lo que estaba frente a él
fuera tan frágil
que un movimiento incorrecto
lo rompería.
Syra se detuvo.
No procedió.
No retrocedió.
Solo estuvo allí.
Porque a veces,
la culpa no necesita explicación.
Necesita testigo.
La figura habló entonces,
con una voz que no pedía perdón,
sino permiso:
—?Puedo… dejar de cargarlo?
Syra cerró los ojos un segundo.
Los abrió despacio.
—Sí —respondió—.
Puedes.
La figura exhaló
como quien libera a?os retenidos.
El aire alrededor comenzó a fragmentarse,
no con violencia,
sino con alivio.
El cuerpo se deshizo en luz tenue,
como un recuerdo que por fin encontró
su lugar para descansar.
Antes de desaparecer por completo,
la figura murmuró:
—Gracias… por mirarme sin hacerme más peque?o.
Syra bajó la cabeza,
solo un instante,
en respeto.
Luego enderezó la espalda,
y el Camino abrió un paso adelante,
como si hubiera estado esperando
que ese peso dejara de respirar solo
para poder continuar.
Syra avanzó.
La puerta se cerró tras él
como un latido que se calma.

