"Matar a un animal no es tan diferente de matar a una persona."
Las palabras del hombre, dichas mientras ajustaba la mira del rifle, eran claras y firmes, pesadas como un ataúd lleno de cemento. Hablaba con a?os de experiencia, si no décadas.
Solo dos figuras se alzaban en aquella colina nevada, rodeadas de pinos verde oscuro cubiertos de blanco como un pastel ahogado en glaseado. Copos de nieve suaves descendían, visibles solo bajo la luz apagada que se filtraba entre las nubes densas. La ausencia del viento aullante de costumbre hacía de ese día uno perfecto tanto para hablar como para practicar.
Sus manos desnudas, indiferentes al frío, hicieron los últimos ajustes. El cerrojo se deslizó hacia adelante con un clic seco al alojar un cartucho nuevo. Ella lo oyó con claridad.
La ni?a hizo lo que siempre hacía en momentos como ese. Cerró la boca y aprendió.
El hombre no miró a la ni?a que compartía el color de sus ojos. Solo veía el arma, preparándola con una eficiencia casual. Revisó el cristal de la mira, el encastre de la culata, la suavidad del cerrojo.
"Cuando disparas a un animal", dijo, poniéndose de pie mientras apuntaba por el ca?ón hacia los objetivos lejanos, "apuntas a la cabeza. Pero por ahora, tus blancos son el cuello, los hombros, las articulaciones donde el cuerpo se dobla. Lo hieres. Lo haces sangrar. Luego sigues el rastro y terminas el trabajo."
La ni?a, encaramada a una roca con un abrigo marrón pesado y los ojos serios, se atrevió a preguntar. Era necesario preguntar, necesario aprender del mejor si quería sobrevivir.
"?No sería mejor apuntar siempre a la cabeza?"
El hombre no se giró hacia ella. Siguió ajustando la mira, observando a los ciervos pastar en parches de pasto verde liberados por la nieve derretida.
"Vas a fallar mucho si empiezas por ahí. Empieza por el cuello. Las articulaciones."
Por fin bajó el rifle y, sin mirar, se lo entregó. Ella se puso de pie para recibirlo.
Sus dedos marcados por cicatrices, surcados de quemaduras y cortes, sintieron el peso frío de la madera. Lo sostuvo como él le había ense?ado, para que el retroceso no le destrozara el hombro, para que la mira no le aplastara el ojo.
No pudo evitar que los nervios recorrieran cada fibra de su cuerpo. La adrenalina de la caza. Los copos se posaron en su cabello negro y corto. El corazón le golpeaba el pecho. La respiración le salía áspera por el esfuerzo. La nariz le goteaba por el aire helado.
"Arrodíllate", ordenó él, aún de pie.
Ella obedeció al instante, una rodilla hundiéndose en la nieve húmeda. Alzó el rifle, la mira estrechando su visión hasta una cierva madre que pastaba junto a su cría. Las manos le temblaban. El aliento le vibraba. No parpadeó. Frunció el ce?o, luchando por mantenerse tranquila. El dedo tocó el gatillo.
"Todavía no. Respira. Apunta un poco más alto de lo que crees."
Del equipo que habían dejado junto a un árbol, sacó binoculares y observó con ella.
Inhaló, exhaló. Cazar animales. Inhalar, exhalar. Necesitamos comer, no es nuestra culpa. Inhalar, exhalar.
Esa cierva madre con su cría se parecía tanto a ella y a su propia madre...
Inhalar, exhalar...
Mamá... te extra?o. Te extra?o tanto.
Tengo que matar para sobrevivir. Tengo que matar madres. Tengo que quitarles a los padres a sus hijos para poder comer su carne. Si no... voy a morir. No quiero morir. Tengo terror de morir con dolor. Terror de morir de hambre.
Su respiración se estabilizó. Sus manos se aquietaron. La retícula se asentó. él lo vio. Dio la orden.
"Ahora."
BANG.
Lo último que vio antes de apretar los ojos fue a la cierva madre lamiendo el rostro de su cría. El trueno del rifle dispersó a las aves invernales, hizo huir a las ardillas entre las ramas y le llenó los oídos de estática.
El disparo resonó en la cima de la colina, le detuvo el corazón a mitad de un latido, un infarto de culpa y dolor. El dolor de ser forzada a esa vida por los caprichos del azar, de la mala suerte.
Pasaron segundos. No le importaba si había acertado o fallado. Solo que hubiera terminado. Abrió los ojos, jadeando. El sudor frío goteó sobre el rifle que ahora yacía en la nieve, manchando la madera. Las lágrimas corrieron libres, mezclándose con el blanco a su alrededor.
"Le diste", dijo el hombre a su lado, aún erguido, aún mirando por los binoculares. "Toma el rifle. Sigue el rastro de sangre. Tienes que aprender a rastrear sola. Yo montaré el campamento. No te demores."
Todavía arrodillada, con las manos presionadas contra el suelo, cerró los ojos una última vez. Respiró hondo. Levantó el rifle y se puso de pie. Sabía que llorar no cambiaría nada.
Con la correa sobre el hombro, empezó a avanzar hacia el campo.
"Buen disparo."
Sus botas se quedaron clavadas en la nieve. Su padre era un hombre de pocas palabras. Todo lo que hacía era para ense?arle a sobrevivir. No había mucho espacio para la ternura. No cuando escapar no existía. Sus palabras sonaron firmes, frías, pero llevaban fuego.
Volvió a caminar, sin girarse, sin reconocerlas en voz alta.
El recuerdo terminó con la silueta de una ni?a desapareciendo entre árboles y nieve.
...
...
...
La misma chica abrió los ojos. Sin nieve. Sin bosque. Sin ciervos muertos. Sin rifle en las manos. Solo el techo de su nuevo dormitorio. Estaba recostada en una cama real, con los brazos cruzados detrás de la nuca, bajo mantas limpias. Limpias. Un lujo desconocido.
La noche anterior había llorado hasta dormirse en la ba?era, con la daga apretada en la mano. Se había despertado una hora antes que su madre, solo para asegurarse de que no la encontraran así. Para mantener viva la ilusión de que todo estaba bien. De que ella estaba bien.
No se había molestado en deshacer la valija. De todos modos no había mucho dentro, solo ropa prestada o robada. Todas sus pertenencias habían quedado atrás, en el sur, enterradas bajo nieve, ceniza y pólvora.
La habitación era estéril, blanca. Solo una cama, una mesa de noche, un escritorio sostenido por un ladrillo y un tomo podrido, probablemente dejado por el due?o anterior de la casa.
Tronó el cuello hacia ambos lados antes de ponerse de pie, descalza, y dirigirse a la cocina. Llevaba la misma sudadera negra de ayer. Y del día anterior. Solo hacía poco había aprendido que la gente en verdad se cambiaba de ropa para dormir. Tal vez algún día volvería a probar con un pijama, como cuando era peque?a.
Guardó la daga en el bolsillo trasero de sus jeans oscuros y encontró a su madre preparando café. El aroma la reconfortó. Recuerdos surgieron de beber café en tazas de lata en campamentos improvisados con su padre, de intercambiar carne seca y pieles de animales por granos de café con desertores.
"Buenos días, mi amor. ?Dormiste bien?"
Su madre. Su madre, viva. Con ella. Ambas a salvo. A veces Feralynn tenía que pellizcarse la mejilla solo para creer que no era un sue?o.
"Buenos días...", murmuró, con ojeras marcadas bajo los ojos, la voz débil, forzando la sombra de una sonrisa. "...sí. Dormí bien."
Darina llevaba el mismo delantal viejo de cuando Fer era ni?a, flores azules deste?idas por el tiempo. Tarareaba mientras revolvía huevos con jamón frito.
Fer se sentó a la mesa, observando a su madre cocinar con una serenidad que no había sentido en a?os. La gratitud creció, aunque la tristeza se le aferrara a las costillas.
Un momento después, un plato fue colocado frente a ella. Huevos revueltos condimentados suavemente con orégano, jamón frito, tostadas y una taza de café negro.
La mano de su madre le acarició la mejilla.
"Come", dijo, suave y cari?osa. "Todavía estás creciendo."
Fer pinchó los huevos y el jamón con el tenedor, comió, saboreó y casi sonrió. Intentó no hacerlo, pero falló. Sonrió a su plato.
Su madre la observó, la nostalgia brillando en sus ojos mientras bebía su propio café.
"No le puse azúcar. Sé que odias lo dulce", rió entre dientes. "Aunque ayer volviste a casa con migas de galleta."
Las galletas de Annya... Ayer por la tarde había horneado por primera vez con su nueva vecina. El recuerdo estaba vivo, cálido. No lo olvidaría.
"Solo quería probarlas...", murmuró Fer. "No quería hacer llorar a esa chica molesta." Fingió irritación, clavando más jamón con el tenedor.
La sonrisa de su madre solo se amplió. Sabía que su hija mentía.
"Creo que podrían ser buenas amigas. ?Por qué no caminas con ella por la ciudad hoy? Sería bueno que conozcas el lugar."
Feralynn permaneció en silencio, los ojos fijos en el plato. No veía a Annya como una amiga. Todavía no. Solo la conocía desde hacía un día, y ya había aprendido por las malas a no encari?arse con desconocidos demasiado rápido.
"...?Y tú? ?Qué vas a hacer hoy?", preguntó, buscando una excusa para evitar a su vecina.
"Bueno...", su madre hizo una pausa dramática. "?Conseguí trabajo!"
Fer parpadeó, levemente sorprendida.
"?Tan rápido?"
Darina asintió con orgullo.
"Así es. Salí a comprar pan esta ma?ana y una florería estaba buscando gente. No pudieron resistirse a mi encanto de treinta?era." Sacudió su largo cabello lacio con falso glamour.
Fer soltó un bufido apenas perceptible. "?Cuándo empiezas?"
"Hoy."
"...Oh."
Maldición. El plan para esquivar a la amenaza pecosa de al lado se había derrumbado. No quedaban excusas.
"Exacto. Por eso, mi querida jovencita", se?aló con un dedo, "quiero que salgas, intentes hacer amigos, especialmente con la se?orita Oak. Es un encanto..."
Fer hizo una mueca. "...y molesta", murmuró, mirando hacia otro lado.
Suspiró, reuniendo fuerzas para aceptar el destino cruel que olía a vainilla y masa de galletas.
"Está bien... voy a salir", dijo, levantándose tras terminar el desayuno, "pero no esperes que la deje seguirme a todos lados."
Sus últimas palabras fueron una advertencia. Su madre solo sonrió, riendo suavemente.
"Está bien, tampoco quiero quedarme encerrada. Todavía no conseguimos los libros ni el uniforme. No tengo nada que hacer porque mamá no quiere que trabaje... Hay tiempo antes de que empiecen las clases, una semana creo. Lo que sea... veré qué demonios puedo hacer hoy. Tal vez lance bolas de fuego a una piedra o algo así. Suspiro."
Pensó mientras se cepillaba los dientes, se lavaba la cara, buscaba su abrigo y se ponía un par de zapatillas gastadas que no eran suyas. No es que el cadáver colgado de ese árbol semanas atrás fuera a quejarse mucho por ello...
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Con la mano en el picaporte, fue detenida por el agarre repentino del abrazo de su madre, rodeándola por detrás.
"Cuídate... te amo. Por favor no te metas en problemas... nadie aquí quiere hacerte da?o..."
Feralynn apretó el metal frío del picaporte. Un peque?o nudo se le cerró en la garganta.
"Voy a estar bien...", dijo, con la voz fingiendo fastidio de forma patética. "Solo voy a salir a caminar."
Segundo a segundo, su madre la soltó, apoyando una mano en la cadera y extendiendo la otra con un par de billetes doblados.
"Pero, mamá..."
"Shh. Un peque?o regalo de tu tía. Ayer pasó para ayudarnos con los gastos. Tómalo, cómprate algo que te guste."
Fer tragó saliva, obligándose a bajar el nudo, y con un toque de vergüenza aceptó el dinero.
"...gracias."
Su madre le gui?ó un ojo, despeinándole el cabello negro. Fer abrió la puerta y salió a lo que el día tuviera esperándola.
"No vuelvas muy tarde", dijo su madre, antes de que la puerta se cerrara.
La luz grisácea le picó en los ojos. La brisa traía la fuerza justa para levantar las hojas naranjas en una espiral suave.
Miró el cielo nublado y cerró los ojos, tomando una respiración larga, saboreando el aire húmedo y fresco después de la lluvia. Le recordó que seguía viva.
Una ma?ana tranquila, cerca de las nueve. Los vecinos estaban trabajando o de vacaciones, dispersos por ciudades costeras donde el frío no llegaba. Casi no pasaba ningún auto por la calle.
Sin un plan en mente, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, empezó a caminar. Cualquier cosa para escapar de la tortura de mirar su cuarto nuevo y vacío. Sus zapatillas viejas crujieron sobre las hojas a lo largo de la vereda. Los cuervos graznaban a lo lejos, y captó el ladrido más tenue de un perro, distante como un recuerdo.
Por razones que no podía explicar del todo, quizá algún desliz inconsciente, su camino la llevó frente a la propiedad de los Oak. Ni siquiera miró hacia la casa. Supuso que su due?a estaría ocupada horneando galletas con formas estúpidas o lo que fuera que hiciera gente así.
Estaba por seguir caminando cuando...
"?Feeeer!"
Sí. Esa voz chillona, anunciando el grave error de haber bajado la guardia.
"...mierda."
Fingiendo sordera, siguió caminando, pero Annya la llamó una y otra vez. La chica había estado en cuclillas en un rincón del patio, con tierra manchándole las rodillas por lo que fuera que estuviera investigando.
"?Qué quieres?" El ce?o de Feralynn estaba fruncido, los pu?os apretados dentro de los bolsillos.
Annya rió bajito, saludando con la mano. "?Hoooola! ?Cómo estás? ?Cómo dormiste? Yo dormí súper, súper bien. La lluvia de anoche me relajó tanto."
Fer apartó la mirada. "Bien. Estoy bien. Dormí bien. Si era eso, chau."
"?Eh?" Annya se quedó quieta, sorprendida por lo rápido que intentaba irse. "Ay, vamos, espera. Quiero mostrarte algo. Por faaavor, por faaavor, por faaavor." Rebotó un poquito, agarrándose de la cerca blanca de madera.
Fer gru?ó ante el ruego infantil. "Ugh, está bien. Solo cállate ya..."
"?Yay!" celebró Annya, levantando los pu?os al cielo por el éxito de su manipulación. "?Victoria!"
Atravesando la puertita, Fer se agachó para ver qué tenía a Annya tan emocionada.
"Eeeh... ?esos son...?"
"?Caracoles!"
Dos de ellos, deslizándose por tierra húmeda y pasto encharcado. Fer alzó una ceja, confundida, mientras su vecina los admiraba con una sonrisa.
"?Necesitan nuestra ayuda! Hay demasiada agua, podrían ahogarse."
"...Son caracoles", dijo Fer, plana. "?A quién carajo le importan los caracoles?"
"A mí. Toda forma de vida importa", Annya levantó un dedo, como dando una lección. "Además, es práctica para mí."
"...?Práctica?"
Annya metió la mano en los bolsillos profundos de su overol de mezclilla y sacó un par de guantes de cuero oscuro. En cada palma había una perla blanca incrustada. Los ojos de Fer se abrieron.
No puede ser... no me digas que ella también es una...
Annya inhaló, se arrodilló frente a los caracoles en apuros y frunció el ce?o. Apuntó los guantes hacia ellos.
"Con cuidado... con cuidado...", se murmuró a sí misma.
Las perlas empezaron a brillar débilmente. Y...
El agua flotó.
Torpe, Annya levantó el charco, cuidando de no arrastrar a los caracoles dentro. Se formó una burbuja dispareja, temblando en el aire mientras ella forzaba su voluntad en esa forma. Con concentración temblorosa, la guió hacia un balde vacío cercano. El agua volvió a caer sobre sí misma, recuperando su forma.
Sin aliento, se limpió la frente, pero su sonrisa irradiaba orgullo.
"?Yay! Misión completada, caracoles rescatados." Inclinó la cabeza hacia las criaturas, ahora a salvo sobre tierra húmeda. "Disfruten su peque?o paraíso mojado, peque?itos."
Fer parpadeó, apenas con la boca entreabierta.
"Hidromancia", murmuró. "...controlas el agua."
Era la primera vez que veía a una maga de ese elemento. En el sur había muchos usuarios de hielo, pero de agua, rara vez.
Annya soltó una risita. "Mhm, mhm. Bueno, no sé si de verdad cuento todavía. Solo puedo mover cantidades peque?as. Pero espero que una vez esté en la academia aprenda más que solo burbujas. ?No sería horrible si todo mi don fuera solo regar jardines? ?Jeje!"
Genial. También va a estar en la escuela... carajo.
Las dos chicas se pusieron de pie. Annya se sacudió el barro de las rodillas y guardó los guantes en el bolsillo.
"?Qué quieres hacer ahora?" preguntó, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
Fer tosió con sarcasmo. "Pfft. ?Qué queremos hacer? Yo nunca dije que quisiera hacer algo más contigo."
"Bueno, yo sí quiero seguir haciendo cosas contigo", sonrió Annya.
"...?Por qué? Ayer solo horneamos galletas. Eso no fue nada."
"La pasé genial. Y si me preguntas, las dos necesitamos amigos. Sobre todo tú. Te ves bastante amarga y triste."
"No estoy triste." El rostro sombrío de Fer la delató.
"Mentirosaaa~"
La dulzura le hizo temblar una ceja a Fer. Miró hacia otro lado, sin querer cruzarse con esa amenaza pecosa y de ojos azules que le sonreía.
"Ayer aceptaste ser mi amiga a cambio de descuentos en la panadería de mi familia, y las amigas se supone que se cuidan. Que se tratan bien", bromeó Annya. "O... ?tal vez solo te da mucho miedo?"
"Tch, no le tengo miedo a una ni?a como tú."
"Eh, tú tampoco eres adulta. ?Cuántos a?os tienes? Yo tengo catorce, pero cumplo en dos meses."
"Dieciséis."
"Ay, por mis dioses, eres antiquísima." Annya se agarró la cabeza con horror exagerado. "Con razón eres tan gru?ona. ?Jeje!"
"Suspiro..."
Annya le extendió una mano.
"Hagamos un trato. Déjame seguir siendo tu amiga y, si de verdad sientes que soy demasiado molesta, dímelo y no te vuelvo a hablar nunca más."
La mano, sin cicatrices, limpia, marcada solo por quemaduras leves de cocina, se quedó extendida. Esperando.
"...?Nunca más?" preguntó Fer, dudosa.
"Lo prometo." Annya asintió con firmeza, haciendo el gesto de cerrarse la boca con un cierre. "Ni una sola palabra."
Fer casi dijo que no. Casi le dijo que la dejara en paz en esta vida y en la siguiente. Pero el aburrimiento, la curiosidad o la soledad, uno de los tres ganó. Tal vez los tres al mismo tiempo.
Maldita sea...
"Está bien... trato hecho."
Con un suspiro de derrota, tomó esa mano. Cálida, suave. Una mano que nunca había lastimado a un caracol. Una mano que nunca había quitado una vida.
"Me imagino que ya tienes en mente alguna nueva tortura para mí, ?no?"
"Jeje, ahora que lo dices... podríamos ir al centro. Oh, y tal vez si tenemos suerte, la feria de artesanos abra más tarde. Espera aquí, no te muevas."
Antes de que Fer pudiera responder, Annya salió corriendo hacia adentro. Se oyó un maullido fuerte, un gato quejándose de dolor, seguido de su voz amortiguada: "Ahh, Mittens, te pisé la cola, perdón", y el choque de ollas y sartenes.
En menos de un minuto reapareció, sonriendo. Llevaba una chaqueta borg rosada y una cartera amarillo pastel con un girasol bordado en el centro.
"Ya estoy lista. ?Cómo me veo? Este abrigo es nuevo, me encanta. Es tan suave."
Fer alzó una ceja, nada impresionada.
"...Pareces una oveja rosada."
"Gracias, jeje." Se rió bajito, ignorando el tono plano con el que su amiga había comentado su ropa. Luego, sin pedir permiso, tomó con entusiasmo la mano de Feralynn para que caminaran juntas. "Vamos, el día no va a esperar."
"?Gah...!"
?De dónde sacó tanta fuerza de repente? pensó Fer, casi arrastrada.
Tarareando una melodía simple, Annya la condujo por el vecindario. Hojas naranjas flotaban suavemente bajo el cielo gris. Feralynn estaba incómoda, aunque no se quejaba. Todavía no. Solo miraba su espalda. La chica era un poco más baja que ella y olía levemente a vainilla y caramelo, lo que parecía ser su aroma por defecto.
Acostumbrada al humo y a la pólvora, la fragancia de esa amenaza pecosa era... intrigante. Le invadía la nariz con gentileza, dejándola con ganas de más. No quería admitirlo, pero esa chica le estaba llamando la atención.
?Por qué es tan... así?
Fer no lograba encontrar un solo adjetivo para resumirla. Desconectó su mente de las historias de Annya sobre sus aventuras de infancia en el vecindario, la vez que trepó un árbol y entró en pánico por bajarse, obligándose a saltar al jardín de flores de un vecino gru?ón, o la carrera de bicicletas donde se raspó la rodilla, o las tardes construyendo mu?ecos de nieve durante el invierno.
Todas estaban contadas con una normalidad inocente, sin saber que los únicos mu?ecos de nieve que la chica que le sostenía la mano había construido alguna vez eran cadáveres.
Fer sintió su mano apretada con fuerza en la de Annya, como si caminar así fuera lo más normal del mundo. Ese calor empezó a golpear la puerta de su pecho, y eso fue suficiente para que se apartara.
"?Hm?" Annya se giró, confundida por qué había soltado la mano. "?Qué pasa, estás bien?"
Un poco sonrojada, Fer apartó la mirada. "Puedo caminar sola. No necesito que me arrastres." Su voz no sonó dura, de todos modos.
Por un momento, Annya la miró, preocupada de haber invadido demasiado su privacidad. Supuso que lo mejor era adaptarse. Su nueva amiga no era como las demás, no era como nadie a quien hubiera conocido. Así que sonrió suave y asintió.
"Está bien, no hay problema", dijo con suavidad. "Pero si algo te asusta, puedes volver a tomarme la mano." Se rió al decirlo.
"Tch... cállate..."
Las casas se fueron perdiendo a medida que se acercaban al centro, dando paso a tiendas y edificios locales. Empezaron a aparecer personas de todo tipo, aunque en su mayoría humanos. El Reino de Larion, al igual que la República de Soleria y el Imperio Velkaris, era gobernado por humanos. La diferencia era que Larion era el más próspero de los tres, atrayendo el mayor flujo de migrantes y ofreciendo las mejores oportunidades.
Civiles... tantos.
Fer no veía a la gente en las calles como "personas". No. Para ella eran "civiles desarmados". No quería recordar las órdenes antiguas sobre qué hacer con ellos. No ahora. No. No recuerdes. No recuerdes los gritos. No... ?no! Quédate en el presente. Quédate en el presente.
Quédate en el...
"?Llegamos!"
La voz de Annya la jaló de vuelta. Los gritos huyeron de su cabeza, trayéndole un alivio leve. Habían llegado al centro.
Autos, edificios, cafeterías, tiendas, civiles desarmados paseando. Gente yendo o saliendo de trabajos de medio tiempo. El primer lugar al que Annya la llevó fue una plaza amplia.
"?Esta es la plaza!" Annya abrió los brazos bien grandes para exagerar el momento. "No es tan grande como la de la capital, pero es hermosa, ?no?"
"..."
Feralynn se quedó en silencio, mirando las copas naranja y doradas de los árboles. El pasto verde grisáceo. Familias caminando, parejas empujando cochecitos, gente paseando perros, grupos de amigos tomando café. En el corazón de la plaza, una gran fuente, donde un ángel elegante estaba con la cabeza inclinada. Unas alas magníficas se desplegaban desde su espalda, y alzaba un cuenco amplio con ambas manos, el agua cayendo en cascada hacia la pileta para alimentar el ciclo otra vez.
Era la visión preciosa de una vida urbana en paz que ella nunca había tenido. Su nueva amiga le sonrió, esperando con paciencia una reacción. Y Fer se dio cuenta de que el naranja de las hojas de oto?o era idéntico al de su cabello...
"...Bonito..." murmuró, con los ojos puestos en su amiga. Un rubor leve le tocó las mejillas, y tosió a propósito, forzando su tono plano de siempre. "Sí, es... bonito. Supongo."
Annya sonrió de oreja a oreja, encantada de que su amiga por fin hubiera dicho algo lindo. Miró la torre alta del reloj de una iglesia vieja.
"Todavía es temprano. Caminemos un poco más."
Fer no dijo nada, los ojos escaneando cada movimiento alrededor. Inconscientemente, casi no parpadeaba. Sus hombros no se aflojaban nunca. Solo dejó que su amiga siguiera hablando.
"A la tarde, los artesanos ponen carpas aquí para vender sus cosas. Mira, la última vez compré este llavero." Le mostró a Fer un gatito de madera tallado a mano, una artesanía de calidad, sin dudas. "?Es tan lindo! Me recuerda a mi Mittens. ?Tú tienes un llavero?"
"...No."
"?Entonces nuestra nueva misión es conseguirte uno! Te van a encantar las tiendas de acá. A mí me encantaría poner una carpa para vender mis galletas, pero mamá no me deja. Dice que soy muy chica, y mis hermanos no están en casa para ayudar..."
"Eh... sí..."
Ugh. ?Qué se supone que diga a eso? No sé cómo funcionan estas conversaciones. Supongo que solo la dejaré hablar hasta que se canse...
Annya no paró, soltando historia tras historia, recuerdos de la plaza, comidas con sus amigos después de la escuela, charla interminable. Era como si hubiera guardado mil palabras y por fin hubiera encontrado a alguien con quien destaparlas. Tal vez tener una oyente tan silenciosa como Fer le daba el espacio para hacerlo.
En algún punto, las respuestas de Fer cayeron en monosílabos automáticos. Annya casi ni lo notó, prácticamente discutiendo con sus propios recuerdos, gesticulando con exageración mientras hablaba, como una chica hablándole a sí misma.
Fer respiró hondo, intentando relajarse.
No hay peligro. Cálmate.
Su voz interna daba órdenes que conocía bien. Mantente calmada. Respira. Instrucciones de camuflaje, de ocultarse, de matar en silencio. Reutilizadas para este nuevo campo de batalla.
Pero justo cuando sus hombros empezaban a aflojarse, Annya gritó.
"?Kyaaaahhh!"
Un chillido agudo, punzante. La sangre de Fer hirvió al instante. Sus ojos se abrieron como platos, las pupilas afilándose. Una mano fue por su cuchillo, la otra se preparó para invocar fuego, para quemar, para destruir. Apretó los dientes, contuvo el aire. Su mente se quedó en blanco. Matar. Mátalos. No dejes sobrevivientes. Completa la misión. Mátalos. Su corazón retumbó. Sus ojos buscaron frenéticos. Parpadeó una vez y ya no estaba en la plaza, estaba de vuelta en la nieve.
Objetivos. Encuentra los objetivos. Destrúyelos. No los dejes respirar. Mátalos. Acábalos. Un objetivo vivo es una bala que vuelve.
"No puedo creerlo, abrieron una tienda de Brilliant Scarlet aquí."
Fer parpadeó con fuerza otra vez, volviendo de golpe. El pecho le subía y bajaba, el sudor le corrió frío por la frente, la mandíbula apretada.
"?Eh...?"
Vio a Annya, emocionada, se?alando al otro lado de la plaza, hacia una tienda.
"Qué genial, puedo conseguir más ropa linda. Ahí fue donde compré este abrigo. Vamos, te va a encantar." Se giró hacia ella, con un destello de preocupación en los ojos. "Oye... ?estás bien? Te ves nerviosa. ?Qué tienes en el bolsillo?" preguntó, inclinando la cabeza, sin darse cuenta de los mecanismos de defensa que acababa de activar.
Al darse cuenta de que estaba a nada de ponerse en postura de combate, Fer se metió el cuchillo en el bolsillo trasero. "Estoy bien", soltó, rápida y cortante. "Vamos."
"Hmmm... ?bueno! Pero si te sientes mal podemos volver a casa."
"Dije que estoy bien."
"?Genial! Entonces vamos, seguro encontramos algo bonito para que te lo pruebes."
Annya volvió a guiarla, aunque la curiosidad por lo que acababa de pasar se quedó rondándole por dentro.
Eso estuvo demasiado cerca... Maldita loca, no grites así. Me vas a matar del susto.
...
...
...
?

