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CAPÍTULO 7 EL GENERAL DE LA CENIZA

  Corvus, junto con Salamanca y Miko, caminaban por las calles de la ciudad de Semos. Por todos lados se podían ver puestos de monedas, comida, armas, etc. Las calles estaban inundadas de todo tipo de seres: humanos y bestias. Apenas se podía caminar sin chocarse con alguien.

  —Ugh, hay demasiadas personas, esto es un mar de gente —dijo Miko, que a duras penas podía soportar la avalancha.

  —Semos es el segundo gran comercio del país, es normal que haya una cantidad descomunal de personas y otras razas, pero ya casi llegamos a nuestra primera parada —habló Salamanca mientras se movía con fluidez, al igual que Corvus, a través de la multitud, vestidos ambos con túnicas.

  —Aquí está, la mejor armería de todo Semos. Espero que sea de tu agrado, Corvus.

  Corvus y Miko solo veían una habitación de madera y ladrillos, algo polvorienta, con unas cuantas armas en exhibición: espadas, hachas, lanzas, etc.

  —Si tú dices que esta es la mejor armería de Semos, te creeré, Salamanca.

  —?Oh, se?or Salamanca! Mi cliente favorito, ?en qué puedo ayudarle?

  Un hombre de mediana edad, con considerable musculatura y vestido con harapos, se dirigía hacia Salamanca mientras se limpiaba el polvo del rostro.

  —Necesitamos que nos muestre sus mejores armas a mí y a mis amigos, claro, si no es mucha molestia.

  —Por supuesto, por favor, síganme.

  —?Para qué vinimos a una armería? —preguntó Miko, sin entender nada de lo que estaba pasando.

  —Como mi compa?era de viaje, me debes ser de utilidad. Además, no quiero que estés con las manos desnudas a la hora de una batalla. Es por eso que escogeremos un arma para ti.

  —?Eh?, pero si yo nunca he usado un arma.

  —Tal vez de forma consciente no, pero inconscientemente has demostrado cualidades físicas lo suficientemente buenas.

  Mientras hablaban, Corvus y los demás seguían al hombre, que los guio hasta la parte trasera del puesto. Allí había sacos de tierra y demás cosas sin valor, que quitó con facilidad, mostrando así una escotilla.

  —Pasen, por favor.

  Debajo había una galería de armas subterránea con gran variedad: lanzas, espadas, martillos de guerra y más. Algunas tenían un aspecto hermoso, otras intimidante, otras exótico.

  —Vaya, nunca decepcionas, Salamanca —admitió Corvus con una leve sonrisa.

  —E-es increíble, son hermosas, ?todo esto lo hizo usted, se?or? —preguntó Miko, anonadada.

  —Cada una de ellas ha sido forjada por estas viejas y ásperas manos. Hechas con los mejores materiales disponibles en este reino y en otros. Es muy difícil que encuentren mejores armas que estas, claro, quitando las armas Arium.

  —?Arium?, ?es otro tipo de herrero?

  —?No sabes qué son las legendarias armas Arium?

  —?Debería saberlo?

  —Ja, ja, ja. Claro, usted siendo una delicada jovencita nunca ha tenido la necesidad de portar un arma.

  —Joven Miko, las armas Arium son objetos, herramientas usadas desde el inicio de cualquier civilización, ancladas al alma de su portador —comentó Salamanca, mirando de reojo a Corvus.

  —?Increíble! ?Entonces esas armas dónde se pueden conseguir?

  —Je, tú no puedes buscar a un Arium, ella te busca a ti. Conozco personas que han pasado toda su vida buscando una —dijo Corvus con sonrisa burlona.

  —El se?or de la armadura tiene razón. Dicen las leyendas que solo aquellos que lleven la voluntad de sus antepasados podrán encontrar un Arium y portarlo —dijo el anciano mientras le brillaban los ojos.

  —Ve el caso de Corvus: si no mal recuerdo, él posee una lanza que es un Arium —a?adió Salamanca, volteando a verlo.

  —??Qué!? —El anciano, como Miko, se quedó con la boca abierta.

  —?Puedo verla? —preguntó el anciano, con ojos brillantes.

  Corvus le entregó su lanza. El hombre apenas contenía su emoción.

  —Miko, ve eligiendo un arma que creas que puedas usar.

  Miko empezó a recorrer el lugar, observando las espectaculares armas.

  —Increíble... este Arium brilla con intensidad. Su peso es como el de una pluma y, por lo que veo, su filo puede atravesar huesos como mantequilla.

  —Acertó en todo, se?or.

  —Aunque me pregunto, ?cómo es que yo la puedo sostener? Según la leyenda, únicamente el portador del Arium puede blandir el arma.

  —La leyenda tiene algo de cierto, pero no se preocupe, le estoy dejando sostener mi lanza a voluntad. De no ser así...

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  De un momento a otro, el hombre dejó caer la lanza, que cayó como yunque al suelo, quedando inmóvil.

  —En caso de que no lo desee, cualquiera que no sea yo sentirá que la lanza pesa lo mismo que una monta?a.

  Miko seguía viendo armas hasta que una le llamó la atención y la tomó sin dudar.

  —Buena elección, se?orita. Es una espada hermosa.

  El arma era de un solo filo, con intenso color turquesa y grabados plateados en forma de olas.

  —?Miko, me la puedes dar un momento? —preguntó Corvus con intriga.

  —Claro, toma.

  —Salamanca, atácame con todo lo que tengas.

  —??Qué!?

  —Claro, mi se?or. —Salamanca atacó rápidamente a Corvus, que se defendió únicamente con el arma que Miko había elegido.

  En un instante se desató el caos. Todo empezaba a sacudirse por la peque?a pelea: Salamanca atacaba con sus garras a gran velocidad mientras Corvus se defendía sin moverse un centímetro.

  —Es suficiente. Vaya, sí que es una buena arma; incluso después de recibir los ataques de Salamanca no tiene ni un rasgu?o.

  Miko y el armero estaban tumbados en el suelo tras la demostración.

  —Te dije que son las mejores armas de aquí —dijo Salamanca, con orgullo.

  —?Acaso no te habían cortado el brazo izquierdo, Salamanca? ?De dónde sacaste otro? —preguntó Miko, temblorosa.

  —Verás, puedo regenerar algunas partes de mi cuerpo, aunque suele tardar un poco.

  —Dígame, herrero, ?cuál es el precio de esta arma?

  —Ugh... —El hombre apenas podía levantarse—. Como es usted, Salamanca, serían cuatro monedas de jadeíta.

  —Salamanca, dale seis monedas, pero nosotros nunca estuvimos aquí, ?entendido?

  —Claro, no diré ni una palabra.

  —Muy bien, es hora de irnos. Aún falta una parada más, ?no es así, Salamanca?

  —?Eh?, ?ahora adónde iremos?

  Después de salir de la galería, Corvus y los demás recorrieron la ciudad atestada de gente hasta llegar a una posada.

  —Ya hemos llegado a la posada Fuente Lunar.

  —Salamanca, ?me harías el favor de reservarnos una habitación?

  —Desde luego, mi se?or.

  Salamanca entró y apenas puso un pie, todos notaron su presencia. Se acercó con tranquilidad al mostrador.

  —?Se?or Salamanca! E-es un honor contar con su presencia hoy.

  Una joven se dirigió con sumo respeto hacia él, aunque por dentro se moría de miedo: sentía que cualquier movimiento en falso le costaría la vida.

  —Buenos días, se?orita. ?Podría proporcionarme una habitación para dos personas? —dijo Salamanca con mirada que infundía temor.

  ?Debo mantener la compostura... si-siento que me voy a desmayar. El se?or Salamanca va a matarme... No, espera, ?tú puedes!?

  —Bien, será la habitación trece.

  —No, esa no. Quiero la quince —arremetió Salamanca mientras se lamía los labios.

  ??Ahhh!, mi alma se me va?

  —Bi-bien, entonces será la quince. Disfrute su estancia —tartamudeó la recepcionista, sudando frío.

  —Gracias, madam. Tenga su pago: dos monedas de plata.

  Y así terminó la tortura de la recepcionista. Salamanca volvió con Corvus como si fuera un ni?o que trae un juguete.

  —Ten, aquí están las llaves de la habitación, mi se?or.

  —Gracias, aunque molestar así a la recepcionista fue un poco cruel, ?no crees?

  —No pude evitarlo, se veía tan apetecible —dijo Salamanca, lamiéndose otra vez los labios y mostrando sus dientes filosos.

  La soberbia de Salamanca no duraría. Mientras hablaba, sintió un gran dolor en el pecho y se arrodilló.

  —Agh... Je, creo que me excedí, ?verdad?

  Cadenas negras con contorno morado salían de su pecho, llegando a los dedos de Corvus, que tiraba de ellas.

  —Contrólate, Salamanca. Recuerda por qué sigues vivo —dijo Corvus, mirándolo directo al alma.

  —Vale... entiendo, perdóname. No lo volveré a hacer.

  —Agradezco tu ayuda. Puedes irte, y no causes más problemas.

  —Como ordene, mi se?or. —Salamanca hizo una reverencia y salió.

  Miko se quedó viendo la situación, pensando en lo que había presenciado.

  ??Qué pasó hace un instante? Solo vi cómo Salamanca se arrodilló del dolor. ?Qué fue lo que hizo Corvus??.

  —Esta será nuestra habitación. Disfrútala, Miko.

  La habitación era humilde, pero acogedora.

  —Vaya, se siente bastante acogedora —dijo Miko, revolcándose en una de las camas.

  —Está mucho mejor que dormir en las raras de un árbol.

  De pronto, un poderoso sonido invadió la habitación: el estómago de Miko pedía comida.

  —Veo que tienes hambre. ?Qué te parece si vamos a comer? Dicen que aquí preparan el mejor pollo a la le?a del reino.

  Miko asintió, con el rostro rojo como un tomate.

  —Pero antes déjame quitarme la armadura. No quiero llamar la atención.

  —?Oh!, déjame ayudarte.

  Mientras Corvus se quitaba la armadura, Miko observaba su cuerpo lleno de cicatrices.

  ??Pero qué rayos? El cuerpo de Corvus parece tallado por los dioses, pero está cubierto de cicatrices?.

  —Co-Corvus.

  —?Eh? ?Por qué esa cara?

  —Tantas cicatrices... ?por qué?

  —?Esto? No es nada, en serio.

  —Es terrible, ?qué te pasó?

  —Son las marcas que deja la guerra. Estas sanan y aprendes a vivir con ellas... pero las marcas que yo dejé en la guerra nunca sanarán.

  Corvus recordó sus momentos más oscuros: masacres, sangre, recuerdos de su verdadero ser.

  —?Estás bien, Corvus?

  —Sí, vayamos a comer. Me muero de hambre.

  Corvus y Miko recorrieron gran parte de la ciudad, comiendo el mejor pollo a la le?a que habían probado. El día pasó rápido.

  —Ugh, creo que comí demasiado, pero valió la pena. La comida de aquí es muy buena —dijo Miko, con la panza casi tan grande como un barril.

  —Te dije que necesitábamos una buena comida. Además, un día de descanso nunca viene mal.

  Justo al regresar, Corvus se detuvo antes de abrir la puerta. Había captado un olor familiar.

  —?Qué pasa, Corvus?

  —?Hueles eso?

  —No huelo nada. ?A qué te refieres?

  ?Recordaría ese maldito olor en cualquier lugar. Ese viejo me encontró más rápido de lo que imaginé?.

  Corvus y Miko entraron con cautela. La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la tenue luz de la luna.

  De pronto, Corvus vio una brasa al fondo: un cigarro encendido. Se le heló la sangre, no por el cigarro, sino por quién lo sostenía.

  —Eres un viejo con ma?as. ?Cómo me encontraste?

  De la oscuridad emergió una figura imponente, casi del tama?o del techo.

  —Buenas noches. ?Qué tal te ha ido, tercero?

  Un hombre con vestimenta formal, barba rojiza, ojos verdes como esmeraldas y cabello del mismo tono estaba frente a ellos.

  —Volveré a preguntarte: ?cómo carajos me encontraste?

  —Tan impaciente como siempre. Veo que las viejas costumbres no cambian. Pero respondiendo: fue fácil. Cualquier ave canta cuando tiene el fuego enfrente.

  —No me importa. Ya me dirigía a la capital, así que déjame en paz.

  —Oh, no. No regresarás a la capital, al menos que vuelvas a reunir a las lanzas.

  —Me niego.

  —?Eh?

  —Desde que se disolvieron las lanzas del rey, tú no puedes darme órdenes.

  —Ja. Son órdenes directas del rey. Y alégrate: volverás a ver a tus compa?eros —respondió con sonrisa sádica.

  Corvus sintió un escalofrío recorrerle la columna. Por primera vez empezó a dudar.

  —?Qué? ?Por qué carajos lo tengo que hacer yo?

  —Las órdenes son claras: "Se tendrán que reunir a las lanzas por cualquier medio. Es una misión de suma importancia. No importa cuántos recursos se usen: las lanzas deben ser traídas ante mí". Y quién mejor que tú, la tercera de ellas.

  —?Y por qué no te mandan a ti? Tú fácilmente podrías con tres lanzas al mismo tiempo.

  —Sabes bien que como general no se me permite ser visto fuera de la capital. Y tratar con las lanzas no se hace con discreción.

  —?Qui-quién es, Corvus? —Miko no dejaba de temblar.

  El imponente hombre la miró, mientras ella intentaba esconderse detrás de Corvus.

  —Hola, peque?o pajarito. Me dicen de muchas formas: el humano más fuerte, el general de la ceniza. Pero puedes llamarme Gong, maestro del bastardo detrás del que te escondes.

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