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Pollito crujiente

  El conejo me miró. Juro por todos los dioses que alguna vez pisaron los pasillos de la Universidad de Farenwerl que el maldito bicho se estaba riendo de mí. Estaba allí, a una escasa docena de metros, moviendo la nariz con una insolencia que me revolvía las tripas. Masticaba pasto fresco con una calma insultante mientras, de vez en cuando, soltaba peque?as bolas de su trasero sobre el lodo. Parecía estar enviándome un mensaje muy claro: ?Esto es lo único que vas a comer hoy, gilipollas?.

  Tensé la cuerda del arco un poco más, tratando de que mis sentidos se agudizaran hasta el límite. Notaba el aroma denso de la tierra mojada, el susurro de la brisa sacudiendo las copas de los árboles y, de fondo, una suave melodía que flotaba en el aire; un silbido constante, como el de un bardo aburrido que camina sin rumbo.

  Me dolía el dedo índice. La rozadura del cuero barato del guante me recordaba, en cada latido, que mi puntería era tan mediocre como lo fue mi nota en segundo de Alquimia. Aguanté la respiración, sintiendo la cuerda áspera rozar mi mejilla. Cerré un ojo, enfoqué la diana peluda y...

  ?Zas!

  — ?A la mierda el conejo!

  La carcajada de Sigrid estalló justo a mi espalda, vibrando con la potencia de un martillo golpeando un yunque. El ruido fue más que suficiente. El dichoso conejo desapareció entre los matorrales de un salto que, honestamente, sentí como una peineta dirigida personalmente hacia mi dignidad. Solté la cuerda, que vibró inútilmente entre mis dedos, y bajé el arco soltando un juramento entre dientes. Sentía el calor de la vergüenza trepándome por el cuello.

  — Por el amor de... Si te quedas ahí mirándome, no hay quien se concentre —gru?í, girándome hacia ella con el rostro encendido—. ?Y quién co?os está silbando de esa forma tan irritante?

  La herrera estaba apoyada contra el tronco de un roble, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho. Tenía esa sonrisa grabada en la cara, la misma que me decía que disfrutaba de mis desgracias mucho más que de un buen barril de hidromiel. A unos metros, Donovan estaba acuclillado, ajeno a nuestra disputa. Sus manos, capaces de aplastar cráneos si se lo propusiera, estaban recogiendo bayas azules con una delicadeza casi ofensiva. Trataba a los frutos como si fueran joyas de cristal.

  — Gustab, si ese conejo hubiera sido un goblin, a estas horas ya estarías siendo sodomizado —soltó Donovan sin molestarse en levantar la vista—. El problema no es quién te observa, sino cómo apuntas.

  — Lo que es, es un auténtico inútil con esa vara con hilos —remató Sigrid. Se acercó y me propinó una palmadita en la espalda que casi me desmonta la clavícula—. Anda, deja de jugar al elfo cazador y vamos a ver quién te ha distraído con sus dotes musicales.

  Me detuve un instante. Entre mis quejas y las risas de Sigrid, no le había dado importancia, pero el silbido seguía ahí. Era una melodía constante, arrastrada por el viento, demasiado rítmica para ser natural. Tenía algo dulce, pero su persistencia empezaba a ponerme los pelos de punta. Nos miramos los tres y, por puro instinto, Donovan soltó las bayas y aferró su pesado cayado.

  Seguimos el rastro sonoro hasta un claro donde la maleza moría para dejar paso a un estrecho sendero de tierra compacta. Había huellas de botas, antiguas y desgastadas por la lluvia, que subían hacia un risco. Lo rodeamos con cautela hasta chocar de frente con una estructura que, sencillamente, no debería estar allí.

  Era una puerta. Una enorme losa de piedra semirredonda incrustada directamente en la roca viva del monte. Tenía un rostro humanoide toscamente tallado que movía los labios de piedra, silbando distraídamente como si el paso de los siglos fuera una tarde de domingo. Justo en frente, en un árbol solitario, el piar desesperado de unos pájaros rompía la armonía del silbido. Por el ritmo y la intensidad, era obvio que había un nido lleno de polluelos hambrientos.

  Al notar nuestra presencia, los ojos de la puerta se abrieron con un chirrido pétreo tan agudo que me dio un escalofrío.

  — ?Oh, saludos, viajeros de destinos inciertos! —la voz de la puerta era profunda, vibrante y empalagosa, como la miel barata que oculta el sabor de la podredumbre—. Buscadores de glorias, portadores de leyendas... ?Habéis venido a reclamar lo que se oculta tras mi piel de roca?

  Donovan dio un paso al frente, aclarándose la garganta con su habitual y parsimoniosa cortesía.

  — Saludos, espíritu. Pero me temo que no buscamos gloria ni leyendas. Solo somos comerciantes de paso —mintió con una naturalidad asombrosa—. No buscamos desafíos, ni mucho menos problemas.

  — ?Comerciantes? ?Qué modestia tan pintoresca! —la puerta sonrió, haciendo que el musgo de sus mejillas se agrietara—. Percibo la fuerza de tres especies distintas, a pesar de la obvia debilidad de una.

  Me miró directamente a los ojos y sentí un pinchazo de irritación.

  — Tras de mí se encuentra un tesoro inmenso —prosiguió la entidad—. Oro que haría palidecer al mismísimo sol, gemas que guardan la luz de estrellas muertas y elixires capaces de curar cualquier carencia o debilidad. Pero el paso tiene un precio. Para que estas bisagras cedan, uno de vosotros debe demostrar su voluntad ante la naturaleza. Un acto de gran maldad frente a mi rostro, y me abriré de par en par.

  El piar del árbol se intensificó, como si los pájaros supieran que estábamos hablando de ellos. El silencio que siguió fue pesado, solo roto por el ruido de la piedra al reacomodarse.

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  — Id al árbol —ordenó la puerta, y juro que sus ojos de roca brillaron con un destello maligno que me revolvió el estómago—. Tomad a esos peque?os seres, sentid su calor... y comedlos vivos ante mí. Uno cada uno, o todos a la vez. Demostrad que vuestra voluntad está por encima de la compasión mundana. Esa es la prueba. Hacedlo, y tendréis más riquezas de las que vuestras mentes mortales podrían so?ar jamás.

  —Es asqueroso —solté, sintiendo una náusea real trepando por mi esófago—. ?Comer unos pollitos vivos? Es una estupidez, no pienso mover un dedo por tus acertijos de mierda.

  —Es el camino a la grandeza, frágil mago —replicó la puerta con una sonrisa petulante que hacía crujir la piedra.

  —Seguro que es nutritivo... —Sigrid se adelantó.

  No parecía asqueada ni tentada por el oro. Parecía, sencillamente, aburrida. Se acercó a la puerta con ese caminar pesado de quien no tiene tiempo para perder el día con adivinanzas. Se plantó frente al rostro tallado, invadiendo su espacio personal hasta que sus narices —una de carne, la otra de granito— quedaron a escasos centímetros.

  —Pero a mí me parece que lo que te pasa es que te molestan los pájaros, ?no? —preguntó ella con una voz peligrosamente baja—. Y yo no suelo hacer cosas que le gusten a los gilipollas.

  La puerta soltó una risita de superioridad, un sonido cavernoso que vibró en el suelo.

  —La mente de un mortal es tan limitada, Vi...

  Sigrid no la dejó terminar. Posó su mano izquierda sobre la fría piedra, silenciando la voz de la entidad con un gesto casi casual. Por un instante, el tiempo pareció espesarse. Donovan y yo nos miramos, confundidos, sin entender qué pretendía hacer una herrera contra una monta?a. Entonces, ella se giró un poco hacia nosotros, se encogió de hombros con una naturalidad absoluta y plantó el pie derecho en la tierra, hundiendo la bota en el barro.

  No hubo aviso. No hubo gritos de batalla ni conjuros de empoderamiento. Sigrid giró el cuerpo con una precisión mecánica, transmitiendo toda la inercia desde su cadera hasta el hombro. Apretó los dientes y lanzó un jab perfecto.

  Vi un destello. Una chispa blanca, pura y cegadora, brotó de sus nudillos una fracción de segundo antes del impacto.

  El sonido no fue un golpe. Fue como si un rayo hubiera golpeado un bloque de cuarzo. Un estallido seco, agudo y antinatural que apagó de golpe el molesto piar de los pájaros y nos dejó los oídos zumbando. La piedra no se limitó a agrietarse; se desmoronó. El rostro de la puerta emitió un ??Oh!? ahogado, un gemido de pura sorpresa antes de que miles de grietas se extendieran por su superficie como una telara?a de cristal roto.

  La roca se deshizo en fragmentos minúsculos y un líquido negro y espeso, con la consistencia del lodo podrido, empezó a manar de las entra?as de la loma emitiendo un hedor que hacía que el aliento de un troll pareciera perfume de rosas. La puerta murió entre estertores pétreos, desmoronándose hasta dejar a la vista una cueva oscura inundada de aquella sustancia asquerosa.

  —?Pero qué cojones...? —pregunté, cubriéndome la nariz con la manga mientras Donovan se acercaba, olfateando el aire con una curiosidad científica que me resultaba inquietante.

  —Un mimético —dictaminó el minotauro, limpiándose un salpicón de la cara con el brazo—. Uno muy viejo y muy listo. Ha estado usando esa fachada de "puerta mágica" para atraer a los idiotas que creen que la maldad es un requisito para la riqueza.

  —Increíble... —murmuré a su lado, asomándome con cuidado.

  La luz de la tarde iluminó el festín del monstruo. No había gemas, ni estrellas muertas. Había huesos. Docenas de esqueletos con armaduras oxidadas y ropas de aventureros que habían muerto creyéndose protagonistas de una leyenda.

  —Los atraía con cuentos —a?adí, se?alando un cadáver que aún aferraba un libro contra su pecho—. Entraban convencidos de que se harían ricos, el mimético cerraba la boca y los deshacía con sus jugos gástricos antes de que pudieran maldecir su suerte. Normalmente son cofres, pero este se ha alimentado a base de bien.

  Estiré el brazo y, con un gesto rápido, le arranqué el grimorio a los huesos del muerto. Estaba pegajoso, pero se sentía pesado, importante.

  Sigrid se sacudió el polvo de los nudillos con una calma impasible. Miró los cadáveres con desdén, luego a nosotros y finalmente al fondo de la gruta.

  —Bueno —dijo, se?alando un anillo que brillaba débilmente en la mano de otro esqueleto—. ?Miramos a ver si hay algo más de valor o quieres volver a buscar a tu conejo? —Se echó a reír con esas carcajadas que le salían del estómago.

  —Siempre nos quedarán los pájaros —murmuró el minotauro con una ironía tan fina que casi no la capto.

  La herrera soltó una carcajada tan fuerte que perdió el equilibrio sobre el suelo resbaladizo. Se tropezó con un fémur, braceó en el aire y cayó de culo, con un chof sonoro, justo en medio de lo que yo ya había supuesto que eran los restos desechos del estómago del mimético.

  Antes de que pudiera verme reír y decidiera que mi cabeza era lo siguiente que quería romper, salí de la peque?a caverna para examinar mi botín. La encuadernación estaba desgastada, pero el contenido había sido protegido por un hechizo de preservación. Estaba en perfecto estado. Me dispuse a abrirlo mientras, de fondo, Sigrid y Donovan seguían discutiendo entre chapoteos en aquella pesadilla de babas negras.

  —Puede tener algún hechizo protector... —murmuré para mí mismo.

  A veces, cuando estoy nervioso o indeciso, hablo solo. Mi padre decía que eso dice mucho de mi cordura, o de la falta de ella. Sostuve el libro con ambas manos y cerré los ojos, respirando hondo para concentrar mi flujo de maná. Justo cuando iba a pronunciar la primera palabra del contrahechizo, una bola de aquel mejunje negro me impactó de lleno en la nuca.

  —?Pero qué cojo...? —el grimorio voló de mis manos por la sorpresa.

  La risa de Sigrid resonó a mi espalda. Busqué el libro frenéticamente entre la maleza.

  —En toda la cabezota —anunció triunfal la herrera, que salía de la cueva chorreando lodo negro.

  Donovan la seguía de cerca, prácticamente embarrado de la cabeza a las pezu?as. Parecía una estatua de brea con gafas.

  —Ya sé por qué no querías viajar solo —le dije al minotauro, limpiándome la nuca con asco.

  —?Buscas esto? —Sigrid me tendió el grimorio.

  Para mi sorpresa, estaba abierto. Pasé las páginas con rapidez, comprobando que el pergamino no se hubiera manchado. Suspiré de alivio al ver que las fórmulas mágicas seguían intactas. Me lo metí bajo el brazo, protegiéndolo como si fuera un tesoro.

  —?Habéis encontrado algo más que mugre ahí dentro? —les pregunté, mirando al monje de arriba abajo con una mezcla de asco y lástima.

  —Na... —escupió Sigrid, quitándose un trozo de "puerta" de la bota—. Vamos a buscar un río para quitarnos esta mierda de encima. Si no recuerdo mal, debería haber uno no muy lejos de aquí.

  Me quedé mirándola mientras se alejaba, con su andar rudo, dejando un rastro de gotas negras en el suelo.

  —?Estás segura? —pregunté, pasándome la mano por el pelo embadurnado de aquella... sustancia.

  —Por el camino que tendríamos que haber atravesado cruza un río —gritó ella sin mirar atrás—. Pero como nos hemos desviado por culpa de tu puntería con los conejos...

  Donovan se puso a mi lado. Cruzamos las miradas y compartimos un suspiro pesado, de esos que solo comparten los que saben que están condenados a aguantarse mutuamente. En ese momento supe que me esperaba un largo viaje... o quizás no llegaría vivo a la siguiente ciudad.

  ?Gracias por llegar hasta aquí!

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