home

search

El Fin del Escudo y cansancio de una elfa

  Día 100

  Gazazo observaba cómo los cielos se iluminaban con el crepúsculo matutino. La gran extensión de ganado, y la visión de cultistas pastoreando ejércitos de cabras gigantes, lo confirmaban: algunos se veían demasiado cercanos a sus animales. Demasiado cercanos.

  —?Oh, Clem, te quiero tanto! He de matar a Bill, te lo juro. Solo aguarda, amor mío —escuchó.

  Ese hombre le estaba hablando a una cabra. Frases como esas, que captaba al pasar cerca de los pastores, le recordaban a Gazazo que estaba entre gente mal de la cabeza. Aún no estaba seguro de quién sería ese Bill del que todos hablaban, pero solo esperaba que no fuera una especie de código.

  Mientras avanzaba, Gazazo debía recordar cómo había terminado haciendo de guardia para escoria cultista. Siempre volvía al mismo plan: convertir a esta escoria en su fuerza personal para poder negociar desde una mejor posición con Namys. Rick tenía razón: él era el padre. Debería ser reconocido, al menos por los futuros hermanos de Togaz, no como un simple samurái.

  Sus ojos no perdieron de vista a los lobos que intentaban ocultarse entre los árboles caídos. Gazazo fue tras ellos con rapidez, eliminándolos con tajos de su espada. Cada vez que se detenía, para su molestia, podía observar cómo los cultistas se agrupaban en peque?os números sobre tocones de árboles. Con su oreja aguda, se concentró en escuchar.

  —El gran jefe… está raro, ?no creen? Trajo a ese orco consigo —un anciano era quien hablaba, sus gestos minuciosos atrayendo a un peque?o grupo a su alrededor—. Se ve más… pícaro. Menos salvaje. Algo cambió en su sangre.

  —No estoy seguro —respondió un joven que usaba una toga de un hombro, un nombre elegante para una sábana con un cinturón—. Se transformó, mas la esencia ?es la misma? El agua de un río cambia, pero el río sigue siendo el río. O eso dicen.

  —Yo no estoy con el viejo —habló un hombre sin un brazo, su rostro sin cejas, pero sus ojos demasiado centrados, sin parpadear—. Este me gusta más. Me salvó el cuero en la última redada contra esos malditos nobles. Eso no se olvida. Un jefe que te cubre las espaldas vale más que diez que te dan órdenes desde lejos.

  Gazazo se movía entre los grupos. Los temas de conversación seguían siendo los mismos: algunos más en contra de Rick en su actuación de Leónidas, otros más felices de que el líder fuera más calmado.

  Las siguientes horas fueron bastante aburridas, vigilando que ningún animal salvaje se acercara o que algún vagabundo intentara algo. Todo esto hasta llegar a otro punto, donde fue relevado de su puesto. Gazazo estaba feliz con ello y se dirigió a su siguiente tarea.

  Con paso rápido, se reunió en las afueras de la aldea de Hybris, donde varios equipos de asalto estaban en sus últimos preparativos. Al verlos tan entusiasmados, se sorprendió de que estuvieran listos para una misión de ataque, considerando que en la última muchos habían muerto.

  Se acercó a su escuadrón, donde le informaron que su objetivo era una aldea donde el culto a Ludus guardaba un botín. Gazazo sintió que ese nombre le sonaba de algo, pero no pudo ubicarlo. Se encogió de hombros y se subió al vehículo.

  Gazazo analizó sus fuerzas: tenía a diez hombres con escopetas de caza y pistolas de bajo calibre, y a una mujer con cabeza de cabra y pelaje verde. Se iba a arrepentir de esto, pero sabía que tenía que hacerlo si quería que este clan lo obedeciera.

  —?Por qué tu clan me odia? —directo al punto, sin tapujos o tonterías. Gazazo quería acabar con ese acto infantil. No sabía mucho de este clan, solo que eran duros de matar.

  —?Ignorante bastardo! Mataste a dos hijas de la Hybris —la mujer-cabra lo miró con esos ojos asquerosos, su tono de voz chillón, una burla de un tono más serio—. No como el líder Leónidas, que permite que el asesino de sus hijas trabaje, o viva. Mas no esperes nada de mi clan. Ni pan, ni sal, ni sombra. Tu nombre está manchado para nosotras.

  El resto del viaje, Gazazo intentó recordar, pero no había matado a ninguna mujer con cara de cabra. Nunca. Además, ?cómo que hijas de Leónidas? O sea, ?cómo estaba usando Rick a la esposa de Leónidas ? Cuanto más pensaba, Gazazo sentía que este plan necesitaba arreglos.

  Estos pensamientos lo mantuvieron ocupado en el trayecto pero no tanto para no salir en el momento que llegaron a su destino,con una visión rápida ubico a los pocos aldeanos intentando cultivar pero no tiene futuro el abismo profundo con frio se esta adelantando en el calendario tendrán suerte si mueren juntos como familia.

  Gazazo suspira porque a máxima potencia llegó a la aldea pero de las cazuchas unos cultistas le disparan con fiereza antes que pueda reaccionar apenas pudo crear una barrera de viento pero le falta mucho y tuvo que retirarse con el ce?o fruncido, cuando volvió con sus hombres se paró firme aunque tenga varias balas incrustadas en sus huesos o órganos.

  — los enemigos ya están mostrando, vayan a hacer su trabajo bestias — Gazazo con dolor sostiene su caminar al camion dándole la espalda pero siente como el totem está expulsado las balas en su cuerpo, Gazazo con dolor se sienta y se molesta como cayo en esa emboscada como sabia que vendría o fue simplemente mala suerte.

  — No creo que sea la mejor senda — Gazazo giró la cabeza con exasperación y miró a la mujer cabeza de cabra, que permanecía quieta, sin mover un músculo. — Esto huele a juego sucio. A una trampa de esas ratas del Ludus, del padrino del juego.

  Gazazo observa como ninguno de los hombres sea movido todo los ve a el y a la mujer en su peque?o duelo de miradas,con un suspiro por los rencores.

  — me humillare ante tu clan si esto te hace feliz — intente con todas mis fuerzas sonar molesto o resignado pero no se arrepiente porque sinceramente está seguro que lo confunden con alguien más de seguro son racistas y mestizo orco es igual a un orco me están echando la culpa.

  — Eso es lo menos que puedes esperar, bestia — la mujer cara de cabra sonrió, o al menos Gazazo supuso que aquel estirar de labios y alzar del hocico era una sonrisa. — Nosotras iremos por el botín. Tú quédate aquí. Ya no tienes función entre los nuestros. Tu parte ha terminado.

  Antes que Gazazo pudiera responder está mujer se fue con los hombres detrás de ella,sabe que esa mujer le quitó la autoridad final ya puede imaginar que al llegar a la base rumores van a correr como locos, especialmente porque tendrán que disculparse por algo que no es culpable.

  Gazazo suspira y niega con la cabeza este clan de cara de cabra es un incordio que deberá ser eliminado pero aún necesita información sobre su uso en el culto, considerando que al parecer Leónidas/Rick está casado con miembro significa que es importante.

  Si la mata ahora puede decir que fue una emboscada si la mata deberás matar a todos los hombres para evitar testigos si los mata significa que hubo una amenaza y el no pudo hacer nada o directamente el no participo en la batalla,que incordio no puede matarla porque todo es tan complicado.

  Gazazo observa como vuelven heridos cargando grandes bolsas llenas de huevos de alguna especie de insectos,si su visión no es mala deben ser huevos de gusanos de agua todo lo que recuerda es su padre los usaba como purificadores de agua,se carga en el Camión se llega a la base se descargo en el almacén y sin más se unión a grupo de hombres con joroba de camello para su siguiente tarea.

  — ?Oh, hermano mío! ?Cómo estás? Sabía que hoy tendríamos a un verdadero hombre a nuestro lado — con su apariencia grotesca se acercaron con una felicidad muy clara. Gazazo agradeció que tuviera cabeza humana, aunque su piel fuera tan gruesa y arrugada como una pasa.

  — Gracias cuál es la misión — intentado mantener la compostura pero agradecido de que la gente al fin le aprecie y un plan se forma en su cabeza lentamente.

  — ?Claro, claro, claro, mi buen hermano! — el hombre camello se montó en otro vehículo, y Gazazo se preguntó cómo tenía tantos; ya había contado al menos cinco o seis. — El amo ha sido muy claro: hay que traer comercio a nuestro hogar, dar a conocer nuestras bendiciones. Es la mejor senda para nuestro clan.

  Stolen content alert: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences.

  Gazazo ya en el vehículo se recuesta en su asiento intentando pensar en como usar a estos camellos ellos tiene una deuda con el por lo tanto podría hacer que lo apoyen contra las cabezas de cabra además tendrá a Rick de su lado si esto puede funcionar.

  — Me llamo Héctor. El que sostiene el clan — la conversación siguió para el desconcierto de Gazazo, que esperaba silencio como siempre. — Mi trabajo es mantener el clan bien provisto, lleno de suministros. Mientras tú luchabas en esa guerra bajo el sol cruel, yo logré salvar a mi hijo en la última operación. La suerte sonrió, mas no fue sin costo.

  — no hay nada de que — seco con una lija Gazazo intenta pensar en una respuesta ahora debe mejorar la relación con la gente mo basta con hacer el trabajo — y como está .

  Y así pasaron las siguientes horas hablando de su hijo otros hombres se unieron sobre problemas rebeldes o ni?os mimados,cuando hablo de Togaz todos callaron,pero a él no le importo sigue contando.

  — es una peque?a criatura.... Muy golosa siempre lista para una aventura lista para conocer gente, no tiene miedo — Gazazo sonríe con soltura recuerda esos días en la cueva cuando no podía crear que hubiera tenido una hija cuando Togaz solo era una más de las crías.

  En ese momento no sabía que hacer estaba en su modo ahorro así que ahora no recuerda muy bien los detalles de la situación pero desde que la conoció Gazazo recordó que era ser un escudó cumplir su función en la vida destino a romperse a ser olvidado pero proteger siempre.

  — ?Oooooh, hermano mío! Esa sangre tuya ha de ser encantadora — le habló Héctor con grandes gestos y sonrisas, casi perdiendo el control del carro. — Tráela para mi Nikolaos. Aunque es algo tímido, sin duda harán buena pareja. ?Es un bendito de la Hybris, un hijo afortunado

  A Gazazo no podía importarle menos esa palabrería. Pero esta conversación había sido más que productiva, cálida, y la idea de Togaz con amigos hacía que sintiera que una llama crecía en su interior. Todo por ella. Por su causa. Por su sangre. Por Togaz.

  Ya cuando se pararon en medio de un camino, Héctor escupió cantidades enormes de agua con las que formó barricadas de lodo. Gazazo se preguntó si la bendición de Hybris valía el precio de tal deformación, aunque, ?para qué mentirse? Si no hubiera conseguido su máscara de águila, habría acabado aceptando cualquier poder.

  Se quedaron preparados, con armas listas, deteniendo a todos los comerciantes. Les dieron dos opciones: pagar un peaje, o acompa?arlos a la base para que Leónidas —o Rick— les hablara de oportunidades de negocio. Muchos comerciantes prefirieron pagar unos solárium sin dudar.

  Los que intentaron atacar con sus guardias tuvieron que pagar un extra por las molestias.

  Gazazo no sabía qué esperar, pero las horas pasaron lentamente, como un caracol. El sol ya estaba bajando cuando, por fin, un comerciante con sus tres hijas no pudo pagar el peaje. Por lo que escuchó, las hijas habían gastado parte del dinero de su padre en un salón de belleza. Aunque esto le causó gracia, se preguntó si Togaz querría ir a un salón de belleza algún día.

  Así, sin más, acompa?aron gentilmente a la familia hasta el campamento. Héctor mantuvo una conversación muy animada con el padre, hablando de carne y leche en abundancia, lo que interesó al hombre secuestrado.

  Gazazo no pensó mucho en ello hasta llegar al campamento, donde la sirvienta, que había estado desaparecida todo el día, se hizo presente. Con un saludo muy sincero, se separó del grupo de hombres con joroba de camello —grotescos, pero muy amigables.

  —La ama Namys pide tu presencia lo más rápido posible. En el templo de la Gran Madre, donde reside la se?orita —la elfa, cuyo nombre nunca había aprendido, se giró sin esperar su respuesta.

  Con un suspiro, Gazazo se montó en el Jeep y se dirigió a donde Namys.

  No estaba seguro, pero Namys debería saber que ahora tenía algo con lo que negociar: tenía a Rick en el papel de Leónidas, líder del culto; tenía a los hombres camello; y los hombres brazos de serpiente le eran neutrales. Los únicos problemáticos eran los caras de cabra. él podía hacerlo. Y en el peor de los casos, tendría que estar de acuerdo con ser solo el samurái por un tiempo, hasta que llegara su oportunidad.

  Se detuvieron en su casa para darse un ba?o y un cambio de ropa. Se puso un haori nuevo y unos pantalones sencillos. Salir de su hogar le dio un sentimiento nostálgico; hacía semanas no lo hubiera considerado así. Cómo había aprendido modales, cómo prepararse para una reunión... A su padre nunca le importó eso de ba?arse o arreglarse para un encuentro.

  Su camino por el pueblo lo llevó entre muros altos cubiertos de enredaderas que trepaban por todo, edificios más altos, callejones estrechos donde la flora crecía entre las grietas del cemento. árboles se retorcían en formas imposibles y flores brotaban directamente de las paredes. Podía escuchar el rumor de la vida: ollas, risas, gritos. El pueblo estaba tan vivo. En cada esquina, un farol iluminaba el camino.

  Al pasar las murallas internas, observó el castillo propiamente dicho de los elfos. Ya no era aquel intento de mercado; todo estaba en una reconstrucción activa, pero a Gazazo no le importó. Su destino era el templo donde su hija dormía, que desde la distancia parecía una gran hoguera erguida contra el cielo crepuscular.

  Había una belleza terrible en ello. Las llamas de Togaz ya se elevaban por encima de las nubes, y su fuego naranja cubría gran parte del patio del templo, lamiendo la piedra antigua con luz viviente. Al salir del Jeep y enfrentar aquel espectáculo, sintió como si todo su cuerpo se llenara de una energía vibrante y ominosa. Pero con cada paso hacia la entrada, un frío intenso lo invadió, como si la muerte ya estuviera acechando en los pliegues del aire caliente. En su visión, vio a Obob, su amigo duende que mató junto a Byke por lastimar a Togaz. En un banco de piedra, vislumbró figuras de rostros familiares, pero Gazazo desvió la vista. Ellos le dieron la espalda. Su familia ya no estaba.

  Gazazo se burló de sí mismo. Era un escudo que había fallado. Ni siquiera podía recordar con claridad los rostros de su familia. Qué cobarde. En la puerta del templo, la silueta de su padre se materializó en su mente: un rostro que siempre recordaría, una mezcla de amor frío, desalmada preocupación, un hombre más grande que la vida… y al que él traicionó. Había fallado otra vez.

  Gazazo se preguntó por qué todos sus errores acudían ahora. Siempre se escapaba para no pensar en ellos, para no tener que enfrentar nada. Su mente debería estar centrada en el futuro, nunca en el pasado. Y el futuro era Togaz. Ella sería diferente. él había aprendido de sus errores. Ahora no estaba solo.

  Frente al capullo de Togaz, un manto de flores y llamas palpitantes, estaba Namys. Sentada sobre un almohadón, con una espada corta y una katana dispuestas frente a ella como una ofrenda ritual. Gazazo se sentó a su lado. Había un aire de quietud tan absoluta que parecía que sus pulmones no tenían que luchar, que no había necesidad de decir nada.

  —Morirás este día, Gazazo —Namys le habló con ese tono sereno suyo, y le recordó la primera vez que vino al templo, cuando no sabía quién era ella, cuando pensó que era una simple doncella, una elfa amable.

  —Cometiste un acto de guerra contra una orden de caballería. Y si fuera más joven, lucharía. Pero ya quiero descansar —continuó. Entonces lo entendió: sus errores por fin lo habían alcanzado. No pudo correr lo suficientemente rápido. En cierto modo, Togaz lo había condenado, pero sin ella no habría sido nada.

  Gazazo miró a Namys profundamente. Solo sintió una desolación vasta, como si su cuerpo se moviera por inercia. La sensación no le era desconocida. Siempre había sido así: un escapista que siempre buscaba volver para fallar y escapar de nuevo.

  —Gazazo, he luchado en guerras. He combatido a seres nacidos de lo divino, cuando un ni?o divino quiso jugar a conquistar el mundo —sus palabras sonaban a disparate para Gazazo, que apenas conocía los confines de este mundo. Esta no era una prueba más; era una lección final.

  —Quiero dormir. Quiero disfrutar de mi jubilación. Y tú eres un estorbo. Tu hija es grandiosa, pero no puedo más —por un instante, Gazazo quiso levantarse, pero sintió que Namys quería decir algo más. Supo, por alguna razón visceral, que debía esperar—. Todo esto nace de mi ambición. Haré una fiesta, y ya he hablado con ese cambiacaras, Rick, para que se la lleve. Después de la fiesta, tendrá mi apellido, un nombre élfico y el reconocimiento del Imperio Esmeralda. Será una ciudadana.

  Gazazo miró la espada corta, pero Namys le dio un papel con un lápiz. En él escribió su amor. Intentó ser poético, pero no pudo; no era su hermana, lo sabía. No era su padre. No era nadie. Lágrimas corrieron por su rostro, salpicando el papel y difuminando las torpes letras que apenas lograban decir ?para Togaz, mi todo?.

  —Eres un hombre con honor. Morirás como un guerrero. Seré tu kaishakunin en este viaje —declaró Namys, tomando la espada larga que yacía junto a ella. Le ense?ó el ritual: debía cortarse el abdomen de izquierda a derecha. Las lágrimas de Gazazo mancharon la hoja de la espada corta, pero no dudó. Con un movimiento rápido y decisivo, hundió la punta justo por debajo de las costillas.

  Un dolor blanco, absoluto, estalló en su núcleo. No fue un corte limpio, sino una rendición visceral. Sintió cómo el filo atravesaba capas de carne, músculo y membrana, cómo sus entra?as cedían ante la intrusión metálica. Un calor húmedo e inmediato inundó su regazo. La sensación no fue de desgarro, sino de un vacío que se expandía, como si su cuerpo, por fin, dejara de ser una fortaleza para convertirse en un saco roto. Vio, más que sintió, cómo sus propias manos empujaban la hoja hacia el lado, completando el tajo horizontal. El mundo se redujo a ese ardor íntimo y a la figura serena de Namys, que se alzaba detrás de él, su katana lista.

  Las llamas de Togaz se abalanzaron entonces, un remolino naranja de pánico y dolor ajeno que se estrelló contra él, intentando sanar, detener, contener. Pero el corte era demasiado profundo, el propósito demasiado firme. Sin que Gazazo tuviera que decir nada, las llamas se detuvieron, retrocedieron y, ante sus ojos nublados, se transformaron.

  Todo el templo pasó de ser una hoguera viviente a una superficie de hielo silencioso y translúcido. En ese cristal, vio reflejados, no como sombras, sino con una claridad punzante, a toda la familia que abandonó, a los amigos que traicionó o dejó atrás. Y en el centro de ese mosaico helado, vio a Togaz en el suelo, confundida, pero con una sonrisa trémula y llena de un entendimiento que trascendía las palabras.

  —Que nos veamos otro día, Gazazo —susurró la voz de Togaz, no desde el capullo, sino desde su propio lado. Sintió una mano peque?a y cálida tomando la suya, una presión reconfortante en la frontera misma del dolor.

  Y de un momento a otro, ya no sintió el frío del hielo ni el ardor del vientre abierto. Pudo mirar hacia abajo y ver su propio cuerpo desplomándose, sostenido por las manos firmes de Namys, que alzaba su katana en un arco plateado y silencioso. Una curiosidad serena lo invadió. Se preguntó, por última vez, en qué aventura estaría a punto de embarcarse.

  Fin.

Recommended Popular Novels