home

search

Capítulo 50 - El precio de la insubordinación

  Desastre... destrucción y caos.

  Gritos desgarraban el aire mientras el olor a sangre y humo se mezclaba con el polvo levantado por los golpes. Voluntarias inocentes eran empujadas contra el suelo sin piedad, algunas apenas lograban cubrirse el rostro antes de recibir patadas brutales. Ni?os lloraban, reducidos con violencia, arrastrados como si no fueran más que objetos sin valor.

  Y en medio de todo ese infierno, una sola mujer seguía en pie.

  Abel.

  Con el cuerpo cubierto de heridas, la respiración agitada y el cansancio acumulado pesándole en cada músculo, se mantenía firme frente a los bandidos. Sus ojos ardían con una determinación feroz mientras intentaba, con lo poco que le quedaba, detener aquel caos.

  —Oye, vieja, ya deja de resistirte y entrega a los ni?os que tienes encerrados ahí —escupió uno de los bandidos, sonriendo con desprecio.

  Dos hombres se lanzaron contra ella con las espadas en alto, confiados, ansiosos por terminar el trabajo.

  No llegaron ni a tocarla.

  Dos estacas de hielo se formaron al instante frente a Abel y salieron disparadas con violencia, atravesando los cuerpos de los atacantes. La sangre salpicó el suelo mientras ambos caían sin vida, con expresiones congeladas de sorpresa y terror.

  —No crean que porque son más me podrán doblegar, míseras y asquerosas alima?as... —gru?ó Abel, sosteniéndose apenas en pie.

  —?Mísera vieja asquerosa! —gritó otro bandido—. ?Maten a una mujer para que entienda que hablamos en serio!

  Uno de ellos se giró de inmediato hacia una de las voluntarias, que estaba de rodillas, temblando, incapaz de moverse. Alzó la espada lentamente, disfrutando del miedo en su rostro.

  El filo nunca descendió.

  Un cuchillo se hundió con fuerza en su espalda, atravesándolo de lado a lado. El bandido soltó un gemido ahogado antes de desplomarse.

  Había sido uno de los jóvenes. El mismo que, tiempo atrás, había intentado intimidar a Kael.

  —?Váyanse al infierno, malditas cucarachas! —gritó, con la voz quebrada por el miedo y la rabia.

  Apretando con ambas manos un cuchillo de cocina, se plantó frente a ellos, decidido a resistir aunque supiera que no tenía ninguna posibilidad real.

  —Mocoso del demonio... no te necesitamos, así que será fácil matarte —dijo un bandido, con una sonrisa torcida.

  Tomó una piedra del suelo y la lanzó con una precisión brutal. El proyectil impactó de lleno en la frente del joven.

  El golpe fue seco.

  El muchacho cayó de espaldas, casi inconsciente, con la sangre escurriendo lentamente por su rostro.

  El bandido avanzó sin apuro, levantando la espada con intención clara de rematarlo.

  —Muere, moco de mierda...

  En ese instante, varias estacas de hielo salieron disparadas hacia él. El bandido logró esquivarlas por poco, rodando hacia un costado.

  —Vieja de mierda, ya maten a ese vejestorio —rugió.

  Varios bandidos se abalanzaron sobre Abel, obligándola a retroceder, dándole así el tiempo suficiente al otro para volver junto al joven caído.

  El muchacho, aún aturdido, apenas podía moverse. Sus ojos se cerraron un segundo, resignándose a su cruel destino.

  Entonces, una peque?a sombra apareció detrás del bandido.

  Un golpe seco resonó.

  Un báculo impactó con fuerza brutal en la cabeza del hombre, dejándolo inconsciente al instante, desplomándose como un saco vacío.

  Los bandidos se quedaron perplejos.

  Un ni?o.

  Un simple ni?o había dejado fuera de combate a uno de los suyos.

  —?Joven amo! ??Qué hace aquí?! —exclamó Abel, con los ojos abiertos de par en par.

  —?Llegó el lechero, perras! —gritó Kael, con una sonrisa peligrosa.

  Kael se acercó al joven herido y lo observó rápidamente. Había sangre, pero seguía consciente.

  —Oye, amigo, te necesito fuerte —dijo con tono firme—. Yo me encargo de esos gusanos. Tú encárgate de reunir a los demás y huyan.

  El joven lo miró completamente desconcertado. No podía procesar cómo un ni?o de casi cuatro a?os lo había defendido con tal profesionalismo. Aun así, asintió, apretó los dientes y se alejó tambaleándose para cumplir la orden.

  Tres bandidos saltaron al mismo tiempo sobre Kael, intentando reducirlo por pura superioridad numérica.

  Kael se movió.

  Con su báculo, aplicando técnicas básicas pero perfectamente ejecutadas, logró dominar a los tres. Golpes precisos, uso del equilibrio, aprovechando cada error. En cuestión de segundos, los dejó fuera de combate, tirados en el suelo.

  // -- carajo... estas pa ponerte el meme de te luciste pa.... -- //

  Kael (pensamiento):

  Por supuesto... con mi cubo dimensional puedo guardar todas mis armas y armaduras. Y con lo último que me ense?ó Drakum, mis propias armas son las más poderosas de mi arsenal...

  —?Qué mierda...? ?Cómo un mocoso como él se la pudo con tres bandidos? —murmuró uno, retrocediendo.

  Abel observaba la escena completamente perpleja. Algo sabía por lo que Redda le había contado, pero jamás imaginó que el joven amo fuera tan bueno.

  Esta vez fueron cinco.

  Kael sintió que debía ir un paso más allá. Comenzó a canalizar magia en su cuerpo, reforzando músculos y reflejos. Se movía con agilidad, precisión y una frialdad que no correspondía a su edad.

  Dos cayeron inconscientes tras golpes certeros.

  Al tercero lo esquivó con un giro limpio y, con un movimiento rápido, le dio un golpe directo en la nuca. El hombre cayó sin emitir sonido alguno.

  This story has been taken without authorization. Report any sightings.

  Los otros dos intentaron aprovechar el instante, pero cayeron misteriosamente al suelo, con profundas heridas en la frente, completamente inconscientes.

  Quedaban diez bandidos.

  Rodearon a Kael y a Abel, cerrando el círculo.

  Abel se colocó junto a él, respirando con dificultad.

  —Mi ni?o, por favor, no te expongas más —dijo con urgencia—. Haré una magia de ataque. úsala para escapar...

  Kael la miró con absoluta tranquilidad.

  —Tía Abel, tranquila... ya ganamos.

  Abel lo miró, incrédula.

  Kael sacó de su mochila diez dardos peque?ísimos. Cada uno tenía una ranura microscópica en la punta, donde brillaba un líquido espeso de color ámbar: extracto concentrado del hongo Amanita muscaria.

  Kael (pensamiento):

  Nambe... qué belleza. Este mundo tiene demasiadas similitudes con el nuestro. Hasta estos malditos hongos sirven igual: bloquean los nervios y dejan a la gente tiesa como tabla.

  Los dardos comenzaron a flotar alrededor de Kael, girando suavemente mientras canalizaba aire comprimido en cada uno. La presión interna vibraba como un zumbido bajo, casi imperceptible.

  Kael apuntó con un gesto mínimo de su mano.

  —Va uno... —susurró.

  Los proyectiles salieron disparados como balas de aire.

  Apenas uno de los dardos rozó el hombro del primer bandido, este alcanzó a levantar la espada por reflejo...

  y de golpe, sus dedos se abrieron sin control. La hoja cayó al suelo con un tintineo seco y el hombre se desplomó como si alguien le hubiera desconectado el cuerpo.

  —?Q-qué...? Mis brazos... no... —balbuceó otro al recibir un impacto leve en el muslo.

  Sus piernas simplemente dejaron de obedecerle. Cayó de rodillas, completamente consciente, mirando sus extremidades como si ya no le pertenecieran.

  Uno tras otro, los diez bandidos cayeron al suelo. Ninguno murió. Todos respiraban. Todos podían ver y escuchar... pero eran incapaces de mover un solo dedo.

  El silencio que siguió fue espeso, incómodo, roto solo por gemidos ahogados y respiraciones agitadas.

  Kael (pensamiento, inflado de ego):

  Y eso que es la dosis suave... la versión "light". Buenas noches, desgraciados.

  Abel observaba la escena sin poder cerrar la boca.

  —Lo que dijo Redda era verdad... —murmuró—. Tienes un dominio de la magia muy avanzado...

  —?A huevo que sí, mi ciela! —respondió Kael, orgulloso.

  No alcanzó a terminar la frase.

  La sombra se movió.

  Una magia oscura se manifestó de golpe bajo los pies de Kael. El suelo pareció licuarse, ennegreciéndose, y un tentáculo de oscuridad emergió con violencia, envolviendo su cuello y levantándolo del suelo.

  Kael soltó el báculo, ahogándose, pataleando en el aire.

  Abel reaccionó de inmediato, formando un hechizo desesperado, pero otro tentáculo negro emergió desde la muralla a su lado y la golpeó con brutalidad, lanzándola varios metros y reduciéndola por completo.

  // -- te dije grandísimo estúpido que eraextremadamente peligroso!!!! ????Es un mago de obscuridad!!!! -- //

  


  


  El aire se volvió pesado.

  Aquel hombre no era un simple bandido.

  Era un mago oscuro de alto nivel, un usuario de magia prohibida cuya sola presencia ennegrecía el entorno. Su figura era alta y delgada, envuelta en una túnica negra desgarrada en los bordes, como si estuviera hecha de sombras vivas. Sobre sus hombros caía una capa rojiza que parecía arder y apagarse al ritmo de su respiración, desprendiendo un fulgor infernal que iluminaba su rostro pálido.

  Su piel era tan blanca que rozaba lo cadavérico.

  Y su mirada...

  Fría. Vacía. Profundamente hostil.

  Bajo su largo cabello oscuro, sus ojos parecían dos pozos sin fondo, incapaces de reflejar compasión alguna. En su pecho colgaba un símbolo sacrílego, semejante a una cruz distorsionada, cargada de una energía que hacía vibrar las paredes del viejo orfanato.

  Cuando alzó la mano, la magia respondió de inmediato.

  Tentáculos de oscuridad, densos como brea, brotaron desde el suelo y las paredes, retorciéndose como criaturas vivas. No hubo cánticos ni preparación previa: solo la violencia pura de un hechizo liberado por alguien acostumbrado a matar sin dudar.

  Kael supo que este no era un mago normal.

  Por primera vez desde que había llegado a ese mundo, se enfrentaba a algo realmente amenazante. Algo que intimidaba incluso a él.

  Con la poca fuerza que le quedaba, logró mover uno de los dardos flotantes y lo lanzó impulsándolo con su magia.

  El proyectil impactó...

  pero chocó contra un aura oscura y retorcida que lo desvió, haciéndolo rebotar sin causar da?o real.

  El mago, visiblemente impresionado, sonrió.

  —Impresionante... —dijo con voz grave—. No necesito a estos malditos mocosos. Con tenerte a ti me basta. Eres una verdadera maravilla. Tan peque?o y usando magia... sin duda serás un increíble estanque de magia gratis para mis hechizos.

  —Jajajajajaja...

  Kael sintió cómo la furia le subía desde el estómago.

  Sabía exactamente a qué se refería.

  —No me mires en menos, mendigo gusano de mierda —escupió, con los dientes apretados.

  De su mochila comenzaron a salir proyectiles sólidos. No eran simples dardos esta vez. Eran verdaderas balas, hechas de acero compacto.

  Kael concentró una gran cantidad de oxígeno en diez de ellos y aplicó calor de forma controlada. La decisión estaba tomada.

  No había alternativa.

  Asesinar... o ser asesinado.

  El primer proyectil impactó contra el mago. La magia oscura lo repelió, pero el golpe fue lo suficientemente fuerte como para hacerlo retroceder un paso.

  —?Oye! ?Qué hiciste? Eso dolió —gru?ó el mago, sorprendido.

  Los otros proyectiles salieron disparados uno tras otro, impactando en distintas partes de su cuerpo. Cada golpe hacía que su concentración flaqueara, desestabilizando su hechizo.

  El tentáculo que asfixiaba a Kael se disipó.

  Kael cayó al suelo, jadeando, pero no perdió tiempo.

  Concentró su magia en su cuerpo y en su báculo, ahora reforzado, y se lanzó hacia adelante. Asestó un golpe directo con la punta del arma.

  El impacto fue brutal.

  El mago salió despedido hacia afuera del orfanato, atravesando muros y madera, destruyendo todo a su paso.

  —Maldito mocoso... eso me dolió... —gru?ó, levantándose entre los escombros.

  Kael, con un miedo incalculable clavado en el pecho pero con una valentía y determinación inquebrantables, se mantuvo firme. Su único objetivo era claro: salvar a los ni?os.

  —Cierra el pico, gusano —dijo con voz temblorosa pero firme—, porque hoy serás mi perra.

  —Mocoso engreído... —escupió el mago.

  Más tentáculos surgieron, lanzándose para atraparlo.

  Kael los esquivaba con gran profesionalismo y eficacia, moviéndose entre sombras y golpes. Cargó más proyectiles y los lanzó, buscando da?arlo lo suficiente para ganar tiempo.

  El mago, claramente fastidiado de alargar el conflicto, habló con voz cargada de odio.

  —Peque?o mocoso insolente... te convertirás en mi contenedor de magia personal por muchos a?os, hasta que te mueras.

  Comenzó a expeler una cantidad inmensa de magia oscura acumulada. El aire vibró.

  Kael sintió el verdadero terror.

  No era solo un enemigo. Era un monstruo que deseaba aniquilarlo de la forma más horrible y dolorosa posible.

  Kael se paró en posición defensiva, decidido a resistir cuanto fuera necesario, esperando desesperadamente que llegaran refuerzos.

  En el instante en que el mago se dispuso a atacar, una sombra apareció a su lado.

  Una patada.

  El cuerpo del mago salió volando contra los muros del orfanato, estrellándose con tanta fuerza que los destruyó por completo.

  El impacto fue devastador.

  El mago se estrelló contra los muros del orfanato con tal violencia que la piedra y la madera estallaron en todas direcciones. El estruendo sacudió el lugar entero, levantando una nube de polvo y escombros que cubrió el campo de batalla.

  Kael apenas alcanzó a parpadear.

  Aquella presencia...

  No era la del guardián tranquilo y educado que conocía.

  Era Enta.

  Pero no como siempre.

  Ahora, frente a él, había una bestia.

  Una verdadera pantera al acecho, con la energía desbordándose de su cuerpo como un vendaval indomable. Sus ojos brillaban con un fulgor peligroso, cargados de una furia asesina contenida durante demasiado tiempo. Cada movimiento suyo transmitía una intención clara: cazar.

  Enta se colocó rápidamente al lado del joven amo, adoptando una postura firme, protectora. Su rostro no mostraba rastro alguno de indulgencia.

  —Joven Kael... —dijo con voz grave—. Espero que esté preparado para el castigo que recibirá por cometer esta insubordinación.

  Kael lo miró fijo.

  No bajó la mirada.

  Tragó saliva, sintiendo el peso de sus propias decisiones, pero se mantuvo firme.

  —Sí, tío Enta... —respondió con determinación—. Me lo merezco. Cometí un insulto gigante y te puse en peligro a ti... no tengo excusa para decirlo, soy de lo peor... y no tengo derecho a pedir que me perdones. No lo merezco.

  Hizo una pausa, respirando hondo.

  —Pero con mi insubordinación... nadie del orfanato murió.

  Enta lo observó en silencio.

  Por un instante, algo parecido a sorpresa cruzó su mirada.

  —Eso lo veremos después —dijo finalmente—. Ahora eliminaré a este maldito gusano... su sola presencia me provoca náuseas.

  Enta comenzó a liberar su energía de viento con mayor intensidad. El aire a su alrededor se arremolinó violentamente, levantando polvo, restos de madera y fragmentos de piedra. Su cuerpo comenzó a crecer poco a poco, expandiéndose, liberando a la bestia que realmente era.

  La presión era sofocante.

  Era Enta.

  El se?or de las bestias.

  El leopardo.

  La sombra asesina.

Recommended Popular Novels