Verónica se acercó a Víctor para susurrar.
—?Qué hacemos ahora?
—?Cómo que qué hacemos? —preguntó él.
—Pues nos ganaron la recompensa.
Víctor miró a los hombres en el poste.
—Todavía queda Blackwater.
—?Y crees que nosotros tres vamos a encontrarlo antes que estos cinco?
Víctor se encogió de hombros. Había estado pensando en lo mismo, pero seguía buscando posibles soluciones. Un grupo tan grande no repartiría las recompensas con tres extra?os, y ciertamente no podían asaltarlos y robarles a los dos criminales que ya habían capturado. Echó una mirada a Rex solo para asegurarse de que no estuviera pensando en nada violento, pero el hombre solo estaba observando a Manitoc y Chu con una mano en el mentón, como si tratara de reconocerlos.
—?Y no han dicho nada? —preguntó Rex al anciano.
—Solo groserías y amenazas —contestó.
—?Y qué métodos han utilizado? —preguntó con un tono un poco más sombrío.
Víctor tuvo que reprimir su suspiro.
—Nada tan malo. No somos esa clase de cazarrecompensas —explicó el viejo.
Rex sacudió la cabeza de manera casi imperceptible. Quizás estaba desaprobando el grupo; quizás estaba pensando en otra cosa. Siempre era difícil saberlo.
—Bueno. No los molestamos más —habló el ex forajido. Luego se dirigió a sus acompa?antes—. Nos vamos.
Rex subió a su caballo, esperando que Víctor y Verónica hicieran lo mismo. La se?orita Lombarde montó a su yegua, pero Víctor tardó un poco.
—Hijo —les advirtió el anciano—, Ridge es nuestro.
Algunos acompa?antes del anciano pusieron las manos en sus fundas para respaldar las palabras de su líder y hacer una amenaza silenciosa.
—No lo dudo —dijo Rex, y aunque su tono era tranquilo, sus ojos estaban saltando de hombre en hombre haciendo un conteo rápido de las armas y los ángulos.
Víctor se interpuso entre Rex y los campistas con su caballo.
—Buena suerte con su búsqueda —les dijo, y echó una mirada a su compa?ero. “No.”
A rega?adientes, Rex echó a andar junto a sus compa?eros. Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos, maldijo.
—Nos amenazaron, Víctor.
—No lo hicieron de verdad. Era un farol —explicó él, aunque también sonaba frustrado.
—?Esto pasa seguido? —preguntó Verónica.
—?Que te roben las recompensas? —gru?ó Rex—. Sí. Aunque hay un remedio para eso.
—?No vamos a matar a un anciano y a un ni?o! —lo rega?ó Víctor.
Rex resopló. Luego guardó silencio.
—Tal vez podamos encontrar a Ridge nosotros —sugirió Verónica sin mucho entusiasmo.
—Pues no van a hablar —explicó Rex, sonando bastante seguro—. Y no van a gastar su agua y comida en mantener a dos prisioneros en las planicies. Volverán a San Domingo a más tardar ma?ana por la noche para cobrar las recompensas de ellos dos.
This tale has been unlawfully lifted without the author's consent. Report any appearances on Amazon.
Víctor lo miró, entendiendo su implicación.
—?Y crees que Blackwater irá por ellos?
Rex se encogió de hombros.
—Es un pueblo peque?o. Sería sencillo.
—Pero Miroslava dijo que nunca iban al pueblo —a?adió Verónica.
—No, pero ponerles una recompensa es meterse con el toro.
Víctor y Verónica intercambiaron una mirada de preocupación.
—Suenas muy convencido —dijo la mujer.
—Víctor sabe cómo son esta clase de hombres —dijo con un tono amargado, refiriéndose a su plática de antes—. ?Me equivoco?
Víctor suspiró. Quisiera o no, Rex tenía razón. De todos los defectos que tenían los bandidos —y eran bastantes—, el orgullo era uno de los más grandes. Ponerle un cartel de “Se Busca” a alguien era la manera más pública de decirle “no te queremos cerca”, lo que los bandidos interpretaban como provocación.
—Es posible que Ridge se aparezca —habló solemne.
—?En el pueblo? —quiso confirmar Verónica.
Rex asintió. Víctor no dijo nada.
★
El anciano los veía alejarse. Pensó para sí mismo en voz alta que aquel debía ser el peor grupo de cazarrecompensas que había visto.
Los hombres atados al poste, Drake Manitoc y Jerry Chu, empezaron a cuchichear con una sonrisa. En cuanto sus captores lo notaron, guardaron silencio nuevamente. Eso sí, manteniendo la sonrisa.
El joven rubio, Pepe, fue a alertar a su mentor de esto.
—?Qué pasa?
—Están hablando.
Los cinco hombres se acercaron a los atados en el poste. Patearon tierra hacia sus rostros y preguntaron qué era tan interesante. Los prisioneros tenían una nueva confianza establecida. Sabían algo que sus captores no.
—Ese era Rex Ford —dijo Drake Manitoc—. Dicen que viaja acompa?ado de un ex oficial y una mujer citadina. El jefe va a estar contento.
Uno de los hombres del anciano, Blanco, el más impulsivo, interrumpió.
—?Y?
—Y —continuó Manitoc—, estamos listos para hacer un trato. Les diremos dónde está Ridge si dejan a uno de nosotros irse.
Blanco hizo una mueca sarcástica.
—Pero si estaban determinados a quedarse callados. ?Qué cambió?
—Cambió que ahora Rex Ford está en San Domingo. Uno de nosotros tiene que decirle al jefe.
Otro cazarrecompensas, Cruz, el más analítico, se acercó lentamente a los atados en el poste. Se agachó a su nivel y decretó, enfatizando cada sílaba, que no negociaban con criminales.
Sin embargo, Raúl pidió que esperaran.
Acercándose a los hombres, tomó a uno del brazo y le desdobló la manga, revelando la cicatriz de una quemadura en forma de J.
—Su jefe es Ben “El Monstruo” James —dijo.
Los demás ignoraban por qué aquello era relevante. Raúl, de la misma forma que el estafador Drake Manitoc, era un charlatán. Hablaba no sólo con la boca, sino con las manos. Quienes lo conocían mejor sabían que ese carisma era, en realidad, soberbia. Alejó a todos de los prisioneros.
—Digo que les hagamos caso.
—?Qué? —reclamó Pepe—. ?Después de lo que nos costó atraparlos?
—?Su jefe es Ben James! ?Saben la recompensa que nos darían si atrapamos a Ben James?
Blanco habló.
—?Qué te hace creer que podemos atrapar a Ben James?
Los ojos de Raúl se llenaron de codicia.
—Obviamente “El Monstruo” James y este tal Rex Ford se tienen ri?a. ?Qué haría yo si fuera él? Iría a San Domingo, pero con la guardia baja. ?Baja! Sin ningún ejército. Sin nada de hombres. ?Por qué? Porque quiero el elemento sorpresa para sorprender a Rex, mi enemigo.
Blanco, con el rostro lleno de la misma codicia, terminó de decir la idea de su compa?ero.
—No nos vería venir.
—Seríamos cinco contra uno.
Los hombres del poste hablaron en voz alta, casi gritando.
—Sabemos que hacen esto por dinero. ?Ustedes creen que no hemos visto nuestros propios carteles de recompensa? Jerry vale cinco mil. Yo valgo tres. ?Pero Ridge Blackwater? Ridge Blackwater vale ocho. Si mis matemáticas no me fallan, Ridge combinado con uno de nosotros es más valioso que Chu y yo.
El anciano, Pepe, Cruz, Blanco y Raúl, convencidos no sólo de que podían cobrar la recompensa de Ridge sino también atrapar a James, confirmaron una última vez entre ellos.
—?Estamos seguros? —preguntó Cruz.
—?Tienes miedo? —lo provocó Blanco.
El anciano apretó los dientes. Le disgustaba que sus hombres se provocaran entre ellos. Sin embargo, Blanco tenía un punto. Lo única razón que les impedía ir por James sería el miedo. Y ellos no sucumbían ante el miedo.
Por lo que se dirigió hacia los prisioneros y habló.
—Hecho.

