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Los ladrones de Antigua Luna (Parte 5)

  El sol comenzó a ponerse y Rex, Víctor y Verónica emprendieron su misión. Rex determinó que los hermanos Severino no podían alejarse mucho, pues debían haber establecido un punto de encuentro y éste tenía que ser aleda?o al lugar de su primer atraco. Se limitaron a investigar joyerías cerca del banco primero.

  Ya para aquel momento del atardecer, los rayos de sol eran selectivos sobre qué ventanas merecían ser acariciadas por ellos. Una en particular parecía ganárselo, pues de ella emanaba una linda melodía que decoraba el cielo. Se trataba de un peque?o hostal, a los límites de la ciudad, donde las cuerdas de una jarana eran tocadas delicadamente.

  Una mujer de cabello cobrizo y piel llena de peque?os lunares improvisaba una canción sobre su familia.

  Había una vez tres bandidos

  Con fugas que siempre lograban

  Eran simples, de hecho

  Pues usaban los techos

  Pero aquello nadie descifraba

  Fue interrumpida por su hermana mayor.

  —?Qué quieres de cenar?

  —Pollo frito.

  —Ayer comimos pollo frito.

  La chica, entonces, se tomó más tiempo para pensar.

  —No sé. Escoge tú por mí.

  Un grito masculino sonó en toda la habitación, cual oso voraz defendiendo su territorio. Era la estruendosa y gutural voz de Jerónimo, quien en realidad no estaba gritando, pues su voz siempre sonaba así y las hermanas ya estaban acostumbradas.

  —?No! —terminó de alegar—. Te lo dije. Te prefiere a ti que a mí.

  —?De qué hablas?

  —Siempre le cedes el voto a Liz, lo cual quiere decir que Liz vota dos veces. Yo, una. ?Y tú, cero!

  —?Pues es que tú siempre quieres cenar pan!

  —No peleen —dijo la hermana mayor, y demandó de nuevo una respuesta.

  —Ya te dije que no sé. Escoge tú por mí.

  El hermano volvió a alegar.

  —?Bueno! Cabeza de chorlito, elige tú.

  “Pan” exclamó Jerónimo.

  —Encárguense de esto, por cierto —se?aló Liz, refiriéndose a un montón de lingotes de oro—. No quiero que la mucama entre y nos descubran.

  —Lo estamos contando.

  —Pues terminen de contarlo en lo que voy por la cena —indicó Liz, y salió a caminar a la ciudad.

  Liz Severino ya se había percatado de que ella y sus hermanos capturaban la atención de los periódicos. Aunque, más que asustarle, alimentaba su ego. Eso sí, no había coincidido con gente que hablara sobre el tema a sus espaldas. Al parecer, Antigua Luna estaba fascinado con los hermanos Severino, especialmente porque se escondían entre ellos a plena luz del día, y las personas que estaban formadas en la panadería, atrás de Liz, eran el perfecto ejemplo.

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  —Actores de circo, ?puedes creerlo?

  —Hay que ser un nuevo nivel de escoria para alejarse de un trabajo que ya es digno y empezar a dedicarse al crimen.

  “Ignóralos” se dijo a sí misma.

  —De por sí la economía está difícil. Uno no puede encontrar trabajo en estos tiempos. Y ellos que ya tenían, lo abandonan.

  —La pobre madre. ?Supiste? Murió porque se enfermó y ellos no la cuidaron.

  Liz sintió un agujero en el estómago. Sopló aire por la nariz.

  “?Saben qué?” se imaginó volteando, “Yo escuché que la madre escondió su enfermedad a sus hijos, porque era una fanática religiosa y prefería evitar el tratamiento para estar con el papá”. Pero lo único que realmente salió de su boca fue el encargo de comida para el joven del mostrador.

  Los hombres a sus espaldas siguieron charlando en voz alta, haciéndola enojar más. “Menos mal” dijeron, “Nadie se ha llevado el último pastel de pi?a”.

  —Me da también el pastel de pi?a —dijo Liz.

  Uno de los hombres dijo una maldición, lo que terminó de pintar una sonrisa en el rostro de Liz. Pagó una moneda por los panes, y cuando el joven le ofreció los centavos de cambio, ella solo sacudió la cabeza y le dijo que se lo quedara; después de todo, era el dinero del banco.

  La mujer salió de la panadería y miró las nubes te?idas de anaranjado. Su sombra, alargada por el atardecer, desaparecía bajo aquellas de los altos edificios. Eso era algo que le gustaba de las ciudades: los días terminaban antes y las noches duraban más. Los faroles de la calle, a pesar de alumbrar la vía pública, a?adían a la noción de la noche. Los citadinos eran gente de rutina, y una vez que el sol se ponía, su vida se detenía. Se volvían dóciles. Blancos fáciles.

  Caminó tranquilamente por la calle principal de Antigua Luna con la confianza de quien es due?o del lugar. Se encontró a sí misma tarareando la tonta canción que Enya había estado cantando antes y sonrió con picardía, como quien ya ha ganado en el ajedrez. Al pasar por un grupo de mujeres cuchicheando, su satisfacción aumentó.

  —?Escuchaste? Los hermanos Severino tienen a Hepburn’s en la mira —dijo la primera.

  —?Y qué están haciendo los oficiales? —preguntó la segunda.

  —Oí que pondrán algunas patrullas más. Por si acaso.

  —?Tanta seguridad por un chisme? —dijo una tercera mujer.

  —No es cualquier chisme —explicó la primera—. Mildred Bustamante los vio. Ella es de fiar.

  “Si tan solo lo supieran,” pensó Liz, aguantándose las ganas de presumir su plan maestro.

  De vuelta en su peque?a habitación, Liz arrojó la bolsa del pan sobre la mesita que ya estaba despejada de los lingotes de oro.

  —La cena —anunció, masticando un cuernito.

  Jerónimo se abalanzó como un coyote muriendo de hambre y pescó su pan del papel, acabándoselo de un bocado.

  —Ya era hora —habló con la boca llena.

  Enya tomó su cono relleno y se acercó a Liz.

  —Hermana…

  —Dile lo de Mildred —interrumpió Jerónimo, pescando un segundo panqué de la bolsa.

  —Estoy diciéndole, bobo. Déjame hablar.

  —?Qué con Mildred? —preguntó Liz, sentándose en el borde de la cama.

  —Vino mientras no estabas.

  La hermana mayor alzó una ceja, intrigada y cautelosa. Se suponía que no tendrían más contacto hasta después del atraco a la joyería.

  —?Qué quería?

  —Dijo que…

  —Unos cazarrecompensas le preguntaron por nosotros —interrumpió el hermano de nuevo, quitándose las migajas de su pa?uelo.

  Enya le lanzó dagas con los ojos. Liz se interesó más.

  —?Cazarrecompensas? No tenemos ninguna en Antigua Luna —dijo más para sí misma—. ?Nos habrán seguido desde San Marcos?

  La hermana menor sacudió la cabeza.

  —Uno de ellos es un oficial de Los Llanos. Vienen del oeste.

  —?Y qué hacen hasta acá?

  Enya se encogió de hombros.

  —?Los matamos? —preguntó Jerónimo con despreocupación, como quien habla del clima.

  —No —dijeron ellas al unísono.

  El hermano alzó las manos en rendición. No iba a discutir con las dos al mismo tiempo.

  —?Les dijo de Hepburn’s? —quiso saber Liz.

  La hermana menor asintió. Eso fue un alivio para la mayor.

  —Bueno. Entonces no hay de qué preocuparse —aseguró, nuevamente más para sí que para sus hermanos. Quería convencerse de que en verdad no había razón para inquietarse.

  Enya y Jerónimo decidieron tranquilizarse por la seguridad de su hermana y volvieron a lo suyo: él estaba cargando las pistolas y ella terminaba de peinarse.

  —Iré por un traguito, entonces —dijo la hermana menor cuando terminó de acicalarse.

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