El bosque se volvió una tumba en movimiento.
Los árboles crujían como huesos torcidos bajo la presión del viento, y la luna apenas era una astilla temblorosa entre las nubes. Grek caminaba adelante, su farol lanzando destellos amarillos que parecían ahogarse en la niebla. El kobold mascullaba para sí mismo, lanzando maldiciones en un idioma que solo los demonios y los mineros recordarían.
—Nunca confíes en un camino que se limpia solo —rezongó, observando cómo el polvo se apartaba antes de cada paso—. Esto es magia vieja... o magia hambrienta.
Kael caminaba detrás, el manto oscuro ce?ido a los hombros, observando sin parpadear. Sus ojos parecían ver algo más allá del bosque: figuras, sombras, o recuerdos que nadie más podía percibir.
Dorian iba último, apoyando la lanza en su hombro, silbando una melodía que sonaba indecente y triste al mismo tiempo. En su otra mano llevaba la cantimplora medio vacía; cada tanto, le daba un trago y ofrecía otro con un gesto burlón.
—?Quieres probar, princesa? —preguntó, girando hacia Elarith con una sonrisa torcida.
Ella lo miró sin detener el paso. La armadura de placas élficas brilló apenas un instante con la luz del farol.
—Soy una clériga, Dorian. —Su voz era firme, pero el tono tenía una grieta—. Y hace mucho dejé de aceptar regalos de hombres que huelen a vino y problemas.
Dorian soltó una carcajada baja.
—Entonces solo te queda el vino. Los problemas ya te encontraron, Ellie.
Elarith parpadeó, sorprendida.
—?Qué dijiste?
—"Ellie". —él encogió los hombros, disfrutando el sonido—. "Elarith" suena a alguien que da órdenes. "Ellie" suena a alguien que se atreve a romperlas.
Grek bufó, riéndose entre dientes.
—Le diste nombre, humano... ahora es tu responsabilidad.
Kael giró la cabeza, con esa sonrisa apenas dibujada que parecía esconder más de lo que mostraba.
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—Los nombres son poder. Ten cuidado, Dorian.
El guerrero se encogió de hombros.
—El poder no me asusta. El silencio sí. Y este bosque tiene demasiado.
Entonces el silencio se quebró.
Primero fue un susurro. Luego, un eco. Finalmente, una voz que no era voz.
Un murmullo de cien gargantas secas, repitiendo algo que no alcanzaban a entender.
Elarith levantó el símbolo sagrado, y el farol de Grek tembló como si algo soplara desde adentro.
Kael se detuvo, cerrando los ojos.
—No miren hacia atrás —dijo con calma.
Dorian, por supuesto, miró.
La niebla se estaba levantando, pero no hacia el cielo, sino hacia ellos. Se alzaba en columnas finas, como dedos buscando garganta. Entre las brumas, comenzaron a delinearse rostros. Rostros humanos... o lo que quedaba de ellos.
—Por todos los dioses... —susurró Elarith.
—No los invoques —le advirtió Kael—. No en este lugar.
Grek retrocedió, sacando una bola de fuego del tama?o de una manzana que chispeaba azul.
—Sombras del Camino. Espíritus de los que se perdieron aquí.
Dorian apretó la lanza.
—Entonces nos toca mostrarles el camino de salida.
El viento se volvió helado. Las sombras avanzaron como una marea espesa, arrastrando hojas, ramas y el aire mismo. Cada figura tenía los ojos vacíos, pero de sus bocas salía un zumbido que dolía en los dientes.
Elarith comenzó a rezar en voz baja. La luz sagrada brotó de su palma como una flor dorada, empujando la oscuridad apenas unos pasos atrás. Kael la observaba, el brillo reflejándose en sus pupilas de un verde imposible.
—No es suficiente —murmuró—. Estas cosas no temen a la fe. Temen al recuerdo.
—?Y qué demonios significa eso? —gritó Dorian, girando para cubrir el flanco—. ?Que les recitemos poesía!
—Que no olviden que aún respiramos. —Kael alzó la mano, y el aire se llenó de un zumbido eléctrico—. ?Grek, conmigo!
El kobold lanzó la bola de fuego. Estalló entre los árboles, iluminando la noche con un destello azul y un olor a ozono. Durante un segundo, las sombras retrocedieron, desintegrándose en la luz. Pero donde una caía, dos más surgían.
Elarith gritó una oración final, y un anillo de luz los rodeó. Dorian se puso frente a ella, lanza en alto, el cuerpo tenso, los ojos en el enemigo.
—Ellie, cuando te diga "corre", no cuestiones, ?entendido?
Ella asintió, sin darse cuenta de que su corazón latía al ritmo de la voz de Dorian.
Kael observaba, quieto, con esa calma antinatural, mientras las sombras los cercaban como un ejército silencioso.
Y entonces, el viento se detuvo.
Todo el bosque contuvo la respiración.
Las sombras se quedaron inmóviles, a pocos pasos de ellos. Las bocas abiertas. Las manos alzadas. Como esperando una se?al.
Dorian giró lentamente hacia Kael.
—?Por qué no atacan?
El hechicero alzó la mirada hacia los árboles, hacia algo que ninguno de ellos podía ver.
Una sonrisa, apenas perceptible, cruzó su rostro.
—Porque aún no les he dado permiso.
El farol de Grek se apagó.
La oscuridad cayó como un grito.

