home

search

El peso de las decisiones

  Carlos volvió en sí con un parpadeo lento, pesado.

  La habitación del edificio en el que se escondían con Sandra estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz grisácea que se filtraba por una persiana mal cerrada. El aire olía a polvo y a noche vieja. Su cuerpo se sentía… raro. No exactamente dolorido, pero sí adormecido, como si alguien hubiera bajado el volumen de todas sus sensaciones y lo hubiera dejado a medio despertar.

  Respiró hondo.El pecho respondió bien.Las piernas también.

  El brazo derecho, en cambio, era otra historia.

  No dolía con intensidad, pero estaba inútil, torpe, como si no terminara de pertenecerle. Carlos giró un poco la cabeza. Sandra dormía a su lado, sentada en una silla con la espalda apoyada contra la pared, la cabeza ladeada y el ce?o ligeramente fruncido, incluso en sue?os. No parecía haber dormido bien.

  —Sigues vivo —dijo Shion en su mente, con su tono neutro habitual—. Eso ya es una mejora estadística.

  Carlos casi sonrió.

  —Por poco —pensó—. Me siento como si me hubieran dejado a medio cargar.

  Hubo un breve silencio, distinto. Más denso.

  —Aunque el coste sea alto —continuó Shion—, ?no sería prudente sanar tu brazo con ?

  Carlos bajó la mirada hacia él.

  El cabestrillo improvisado, las vendas, la piel amoratada que aún asomaba por los bordes. Un brazo así no era solo una molestia: era un ancla. Si algo salía mal, si tenían que huir, pelear o simplemente moverse rápido… los retrasaría. A él y a Sandra.

  Sabía lo que implicaba.

  —Va a doler —murmuró para sí.

  —Mucho —confirmó Shion, sin suavizarlo—. La regeneración forzada no es amable con los nervios.

  Carlos cerró los ojos un instante, respiró hondo y tomó una decisión.

  Con cuidado, se incorporó y se quitó la camiseta. La enrolló y se la metió en la boca, mordiéndola con fuerza, preparándose. No quería gritar. No aquí. No despertarla así.

  Extendió el brazo lo que pudo, concentró el maná y forzó la activación.

  El dolor no llegó de golpe.

  Primero fue una presión brutal, como si algo se hinchara bajo la piel. Luego, el infierno. Los músculos se contrajeron de forma violenta, los huesos crujieron con un sonido húmedo y antinatural, y los nervios ardieron como cables pelados conectados a una corriente imposible. La regeneración avanzaba demasiado rápido, reconstruyendo, empujando, encajando todo a la fuerza.

  Carlos se arqueó, los dientes clavados en la tela, los ojos abiertos de par en par sin ver nada. El sudor le empapaba la frente, el cuello, la espalda. Cada segundo parecía eterno.

  Sentía cómo su cuerpo se rehacía… y lo odiaba por ello.

  —Resiste —dijo Shion, firme—. Ya casi.

  Un último latigazo de dolor recorrió el brazo y, de pronto, cesó.

  Carlos se desplomó hacia delante, jadeando, con el corazón desbocado y la camiseta empapada entre los dientes. Le temblaban los dedos. Le temblaba todo.

  El brazo… ya no dolía.

  Lo movió con cautela. El hombro respondió. El codo. La mu?eca. Cerró la mano y la abrió de nuevo. La piel estaba intacta, los hematomas habían desaparecido, no quedaba rastro de la herida.

  —Funcionó —susurró, exhausto.

  —A un coste aceptable —respondió Shion—. Has perdido reservas, pero sigues operativo.

  Fue entonces cuando notó la mirada.

  Sandra estaba despierta.

  No había dicho nada. Estaba de pie frente a él, con los ojos muy abiertos, observándolo como si acabara de presenciar algo que no encajaba en ninguna explicación sencilla. Carlos, empapado en sudor, respirando con dificultad… y el brazo completamente sano.

  —Carlos… —dijo ella despacio—. ?Qué… qué hiciste?

  él levantó la vista hacia ella, todavía recuperando el aliento.

  Por un momento, no supo qué responder.

  —No te preocupes —dijo con voz ronca—. Solo… estaba mejorando un poco la situación.

  Sandra lo miró como si acabara de decir la mayor estupidez del día.

  —?“Mejorando un poco”? —repitió, alterada—. Carlos, hace unas horas ese brazo estaba literalmente para el arrastre. No podías ni moverlo. Y ahora… —se?aló— está como si no hubiera pasado nada.

  él se rascó la nuca, incómodo. En ese momento el cansancio empezó a caerle encima de golpe, pesado, traicionero. Las piernas le temblaron levemente y tuvo que apoyarse un segundo en la cama.

  —Solo sané mi cuerpo un poco —insistió—. De verdad, no te preocupes. No es nada peligroso.

  Sandra negó con la cabeza, pasándose una mano por el pelo.

  —?No es peligroso? —su voz bajó, tensa—. Te vi retorcerte. Te vi empapado en sudor, mordiéndote la camiseta como si te estuvieran arrancando el brazo. Y vi cómo… —tragó saliva— cómo se regeneraba de una forma brutal. Grotesca, Carlos. No fue “un poco”.

  él se quedó en silencio.

  El peso de sus palabras se le asentó en el pecho más que cualquier dolor físico. Miró el suelo unos segundos, respirando despacio, ordenando lo que sentía.

  —Lo siento —dijo al fin, sin levantar la vista—. No quería que lo vieras. De verdad. No así.

  Sandra suspiró largo, cansada. No era solo enfado; era estrés acumulado, miedo sin descargar, noches sin dormir.

  —No me gusta enterarme de estas cosas así —murmuró—. Pero… —se frotó el rostro— ya está. He visto cosas peores últimamente, supongo.

  Se dejó caer en la silla y lo miró de nuevo.

  —?Qué hacemos hoy? —preguntó—. Angélica no va a quedarse quieta. Seguro que está ahí fuera planeando algo.

  Carlos asintió despacio.

  —Por eso no podía permitirme seguir con el brazo inútil.

  Horas después, caminaban por callejones estrechos, lejos de las avenidas principales. El sol apenas se colaba entre edificios viejos y fachadas descascaradas. El lugar olía a humedad, basura vieja y metal oxidado.

  Carlos iba atento, demasiado atento. El cansancio del le pesaba en los hombros, pero lo disimulaba. Cada esquina era revisada, cada reflejo en una ventana rota le hacía tensar los músculos.

  —Tenemos que encontrar bebidas estimulantes —dijo de pronto.

  Sandra frunció el ce?o.

  —?Energizantes? —preguntó—. ?Para qué?

  Carlos se asomó con cuidado a una esquina, observando la calle transversal antes de avanzar.

  —Quiero probar si puedo evadir un poco el cansancio con ellas —respondió Carlos en voz baja.

  Sandra frunció más el ce?o.

  —?Qué cansancio? —preguntó—. Estás caminando bien… bueno, dentro de lo normal para todo lo que llevamos encima.

  Carlos apretó la mandíbula. Por un segundo dudó. Luego recordó que no le había contado esa parte.

  —Mis poderes no son ilimitados —dijo rápido—. No como los de Angélica. Te lo explico cuando volvamos, ?vale?

  Sandra abrió la boca para insistir.

  No llegó a decir nada.

  Carlos reaccionó por puro instinto. Le tapó la boca con la mano y, con la otra, la empujó suavemente más adentro del callejón, pegándola contra la pared húmeda y oscura. No fue brusco, pero sí urgente.

  Sandra se tensó, sobresaltada, a punto de protestar… hasta que lo sintió.

  Pasos.

  Lentos. Arrastrados.

  Una figura cruzó frente a la boca del callejón. Era una persona —o algo que lo parecía— caminando con los hombros caídos, la cabeza ladeada, los movimientos torpes, como si cada paso le costara un mundo. La piel pálida, los ojos apagados. No estaba herida. No estaba borracha.

  Estaba vacía.

  La figura se detuvo un segundo, girando levemente la cabeza hacia el callejón. Sus ojos pasaron por ellos… pero no se fijaron en nada. No hubo reconocimiento. No hubo reacción.

  Siguió caminando.

  El sonido de los pasos se fue perdiendo calle abajo.

  Carlos no retiró la mano de la boca de Sandra hasta estar completamente seguro. Solo entonces la soltó, despacio.

  —Eso —susurró— es exactamente por lo que tenemos que ir con cuidado.

  Sandra respiró hondo, claramente molesta, pero asintió.

  —Podrías haber avisado —murmuró, apartándole la mano.

  —No había tiempo —respondió él—. Si hacemos ruido, nos pillan rápido.

  Ella apretó los labios, conteniendo una réplica, y finalmente volvió a asentir.

  —Vale —dijo, con evidente fastidio—. Silencio.

  Carlos se giró de nuevo hacia la salida del callejón, el cuerpo aún tenso.

  —Y mantente cerca —a?adió—. Muy cerca.

  Sandra no discutió esta vez.

  Algo en la forma en que aquella persona había pasado de largo, sin verlos realmente, le había dejado un nudo incómodo en el estómago.

  Y ambos sabían que eso solo era una advertencia.

  La tienda apareció al final de la calle como un oasis triste: un local estrecho, luces fluorescentes parpadeantes y un cartel medio fundido que anunciaba “24h” aunque nadie creería que aquello siguiera abierto toda la noche.

  Carlos se detuvo antes de entrar.

  —Vale —murmuró—. Coge todas las bebidas que te quepan en esta bolsa.

  Le tendió una bolsa reutilizable, bastante resistente. Sandra la tomó, aún con el ce?o fruncido por lo de antes.

  —?Y tú?

  Carlos se subió la capucha y sacó una mascarilla del bolsillo, colocándosela con cuidado. Justo cuando iba a entrar, se detuvo de nuevo, como si algo le picara en la conciencia. Metió la mano otra vez en el bolsillo y le tendió una mascarilla a Sandra.

  —Póntela.

  Ella parpadeó, sorprendida.

  —?Ahora te preocupa eso?

  —Ahora mismo me preocupa todo —respondió él—. Hazme caso.

  Sandra suspiró, pero se la puso.

  Entraron.

  El dependiente era un hombre mayor, canoso, con gafas gruesas y una camiseta que había conocido tiempos mejores. Estaba detrás del mostrador, hojeando un periódico viejo.

  —Buenas… —dijo levantando la vista—. ?En qué puedo ayudarles?

  Carlos no respondió con palabras. Se llevó un dedo a la boca, pidiendo silencio, y negó lentamente con la cabeza.

  El hombre frunció el ce?o, confundido.

  Mientras tanto, Sandra se dirigió a la nevera del fondo. La abrió con cuidado. El zumbido del motor sonó exageradamente alto en el silencio del local. Empezó a sacar bebidas energéticas una tras otra, metiéndolas en la bolsa con rapidez contenida.

  El dependiente lo vio.

  Sus ojos se abrieron un poco más.

  —Oigan… —empezó, mirando de Sandra a Carlos—. ?Qué creen que están haciendo?

  Carlos se quedó quieto frente al mostrador, las manos visibles.

  —Como hagan lo que creo que van a hacer —continuó el hombre, alzando la voz— llamo ahora mismo a la policía.

  La mano del dependiente se deslizó, nerviosa, hacia el teléfono.

  Carlos soltó un suspiro largo.

  Levantó ambas manos, despacio, en un gesto claro de rendición.

  —Eh, eh… —dijo el hombre, algo más seguro al ver aquello—. Así está mejor. Chica, deja eso ahora mismo—

  No terminó la frase.

  En un movimiento rápido, limpio, Carlos cruzó la distancia y lo agarró del cuello, empujándolo contra el mostrador. No hubo gritos. Solo el golpe seco y el sonido ahogado de una respiración cortada.

  El dependiente forcejeó, sorprendido, las manos golpeando débilmente el antebrazo de Carlos. Sus pies se movieron torpemente, buscando apoyo. Carlos apretó lo justo, con el rostro tenso, los dientes clavados en el labio inferior.

  No miró a Sandra.

  No dijo nada.

  Segundos después, el cuerpo del hombre se aflojó. La resistencia desapareció. Carlos lo sostuvo un instante más, asegurándose, y luego lo dejó caer con cuidado detrás del mostrador, inconsciente pero respirando.

  El silencio volvió a adue?arse del local.

  Sandra estaba paralizada, con la bolsa ya llena en sus manos.

  —Carlos… —susurró.

  él se pasó una mano por la cara, respirando hondo, como si acabara de salir de debajo del agua.

  —No lo he matado —dijo en voz baja—. Solo… duerme.

  Se giró hacia ella.

  —Vámonos. Ya.

  Sandra no discutió. Cerró la bolsa, se la colgó al hombro y caminó rápido hacia la salida. Carlos echó un último vistazo al dependiente, comprobando de nuevo que su pecho subía y bajaba, y salió tras ella.

  La puerta se cerró suavemente detrás de ellos.

  Y la ciudad siguió, indiferente, como si nada hubiera pasado.

  Carlos tomó la bolsa de las manos de Sandra y, sin soltarla, la agarró también de la mu?eca.

  —No te quites la mascarilla —dijo en voz baja, pero firme.

  Y empezó a correr.

  No fue una huida elegante ni calculada. Fue una carrera desesperada, torpe, con el cuerpo aún pesado por el heal y la adrenalina empujándolo hacia delante a la fuerza. Las zapatillas golpeaban el asfalto húmedo, el aire le quemaba los pulmones y el brazo recién sanado le latía como si protestara por haber sido usado tan pronto.

  Sandra tuvo que correr a su ritmo, tropezando un par de veces.

  —?Carlos! —jadeó— ?Por qué hiciste eso? ?Qué necesidad había? ?Podíamos haber… no sé…!

  él no respondió.

  Siguió corriendo, girando por calles cada vez más estrechas, evitando las avenidas iluminadas, metiéndose por pasajes que parecían no llevar a ninguna parte. No miró atrás ni una sola vez.

  Dentro de su cabeza, Shion habló.

  —Has cruzado otra línea —dijo, sin burla esta vez—. No por las bebidas. Por lo fácil que te resultó.

  Las palabras le cayeron como un golpe seco en el estómago.

  Carlos apretó los dientes.

  No se detuvo.

  Cuando por fin llegaron al edificio abandonado, Carlos empujó la puerta oxidada y entraron casi cayendo dentro. Cerró tras ellos y apoyó la espalda contra la pared un segundo, respirando con dificultad.

  Sin decir nada, abrió la bolsa, rebuscó un instante y le lanzó algo a Sandra.

  —Toma.

  Ella lo atrapó por reflejo. Era un bollo envuelto en plástico.

  —?Qué es esto…?

  —Necesitas comer —dijo Carlos—. Hace horas que no comes nada decente.

  Sandra miró el bollo, luego a él.

  —?Esto también lo robaste?

  Carlos sacó otro bollo del bolsillo de su sudadera. Se sentó en una caja vieja y empezó a comerlo sin responder, masticando despacio, con la mirada perdida en el suelo.

  El silencio se volvió espeso.

  Sandra apretó el bollo con fuerza entre los dedos.

  —Carlos —dijo, conteniéndose—. Te he preguntado algo.

  If you encounter this story on Amazon, note that it's taken without permission from the author. Report it.

  él no la miró.

  —Si lo aprietas así —comentó con voz neutra— lo vas a reventar. Luego será más difícil de comer.

  Eso fue suficiente.

  Sandra se levantó de golpe.

  —?Me importa una mierda el bollo! —le gritó—. ?Acabamos de robar! ?Estrangulaste a un hombre hasta que se desmayó! ?Te das cuenta de eso?

  Carlos siguió masticando.

  Tragó.

  No levantó la vista.

  —No estaba planeado —dijo al fin—. Pero era eso o dejar rastros. Gritos. Policía. Cámaras. Preguntas.

  Sandra dio un paso hacia él.

  —?Desde cuándo piensas así?

  Carlos se quedó callado.

  Shion no dijo nada esta vez. No hacía falta.

  —Respóndeme —insistió ella, con la voz temblando—. ?Desde cuándo decides cosas así sin siquiera hablarlo?

  Carlos apretó el bollo entre los dedos, deformándolo ligeramente.

  —Desde que entendí —murmuró— que no siempre hay una opción limpia.

  Sandra lo miró, incrédula.

  —Eso no te da derecho a—

  —?No dije que me diera derecho! —alzando la voz por primera vez.

  Se levantó despacio, el cansancio cayéndole encima como un abrigo mojado.

  —Dije que era necesario.

  El silencio que siguió fue incómodo, casi doloroso.

  Sandra bajó la mirada al bollo aplastado en su mano. Lo soltó un poco, respiró hondo.

  —Te estás perdiendo —dijo más bajo—. Y me estás arrastrando contigo.

  Carlos cerró los ojos un instante.

  Cuando los abrió, había algo distinto en su expresión. No dureza. No rabia.

  Cansancio puro.

  —Lo sé —respondió—. Por eso necesito que comas. Que descanses. Que estés fuerte.

  La miró por fin.

  —Porque si algo sale mal… quiero que al menos tengas una oportunidad.

  Sandra no respondió.

  Se sentó de nuevo, despacio, y empezó a comer el bollo sin ganas.

  Y entre el crujido lejano del edificio viejo y el murmullo distante de la ciudad, Carlos entendió algo que no le gustó en absoluto:

  Cada decisión necesaria hacía que la siguiente fuera más fácil.

  El silencio era aplastante.

  No era solo la ausencia de palabras; era algo más denso, casi físico, como si el aire se hubiera espesado dentro de aquella habitación. Carlos sabía que no había forma de romperlo. No había disculpa válida, ni explicación que no sonara hueca. Cualquier palabra solo empeoraría las cosas.

  Cuando terminó el bollo, se levantó.

  No miró a Sandra. No porque no quisiera, sino porque no se atrevía.

  Se dirigió a la puerta con pasos lentos. Cada uno pesaba más que el anterior. Justo antes de salir, escuchó su voz a la espalda.

  —?A dónde vas?

  Carlos se detuvo, con la mano ya sobre el pomo.

  —A comprobar si nos han seguido —respondió, escueto—. Vuelvo enseguida.

  No esperó respuesta. Salió y cerró la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera delatarlo… o como si un portazo fuera demasiado honesto para lo que sentía.

  Subió hasta la azotea del edificio. El metal oxidado de la trampilla chirrió al abrirse y el viento frío le golpeó el rostro en cuanto salió.

  Desde allí arriba, la ciudad parecía ajena a todo. Calles normales, gente normal, luces encendiéndose poco a poco con la llegada de la tarde. Nada roto. Nada ardiendo. Nada que delatara el caos que llevaba dentro.

  Carlos se apoyó en el borde y miró hacia abajo. Escaneó las calles por costumbre, por reflejo. No había nadie sospechoso. No sombras repetidas. No miradas clavadas demasiado tiempo.

  —Te dolió —dijo Shion.

  La voz no tenía burla. Tampoco compasión.

  Era seca. Precisa. Cruel de una forma tranquila.

  —Lo que te dijo —continuó—. Sabía dónde golpear. Y acertó.

  Carlos no respondió. Sus dedos se cerraron un poco más sobre el borde del edificio.

  —Te vio como lo que eres ahora —prosiguió Shion—. No como alguien “haciendo lo necesario”. Te vio cruzar una línea… y le dio asco.

  Carlos apretó la mandíbula.

  —Cierra la boca.

  Shion soltó una risa baja, breve, sin humor.

  —?Te molesta? Bien. Significa que aún te queda algo de criterio. Pero no te enga?es: no fue el robo lo que la enfadó. Fue que no le pediste permiso. Que decidiste tú.

  Carlos cerró los ojos un segundo, respirando hondo.

  Entonces Shion cambió de tono. No avisó. No preparó el terreno.

  —Podríamos secuestrar a uno.

  Carlos abrió los ojos de golpe.

  —?Qué has dicho?

  —A uno de los que siguen bajo la influencia de Angélica —repitió Shion, imperturbable—. Hay varios. Los has visto. Caminan, obedecen, esperan órdenes.

  Carlos se giró, como si pudiera enfrentar físicamente esa voz.

  —No —dijo al instante—. Ni lo plantees.

  —?Por qué? —preguntó Shion—. Ya has demostrado que no te tiembla la mano cuando hace falta.

  —Eso no fue “hacer falta” —escupió Carlos—. Y lo sabes.

  —Fue eficiente —corrigió Shion—. Y eso es lo único que importa ahora.

  Carlos negó con la cabeza.

  —No somos así.

  —No —concedió Shion—. Aún no.

  Hubo una pausa. El viento silbó entre los edificios.

  —No hablo de matarlo —a?adió—. Ni siquiera de hacerle da?o… al principio. Solo retenerlo. Presionar. Hacer las preguntas correctas.

  Carlos sintió un escalofrío.

  —?Para qué? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

  —Información.

  La palabra cayó como una losa.

  —Dónde se mueve Angélica. A quién controla todavía. Qué planes tiene —enumeró Shion—. Ventaja. Supervivencia.

  Carlos apretó los pu?os.

  —Eso es exactamente lo que ella haría.

  —Y por eso sigue viva —respondió Shion sin vacilar—. Porque no se frena con escrúpulos.

  Carlos cerró los ojos con fuerza.

  —No voy a convertirme en eso.

  —No hace falta que te conviertas —dijo Shion—

  Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado. Ya no era afilado. Tampoco provocador. Era… demasiado sereno.

  —Déjamelo a mí —dijo.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?A ti? —repitió—. ?Qué se supone que significa eso?

  —Exactamente eso —respondió Shion—. Yo me encargaría de capturar a uno de los peones de Angélica.

  Carlos soltó una risa seca, breve, sin ningún rastro de humor.

  —Claro —dijo—. ?Y cómo piensas hacerlo? ?Gritándole desde dentro de mi cabeza? ?Asustándolo con pensamientos fuertes?

  Hubo una pausa.

  Si Shion hubiera tenido rostro, habría sonreído.

  —Dejándome el control del cuerpo.

  El aire pareció tensarse.

  Carlos no respondió al instante. Se quedó mirando la calle desde la azotea, pero ya no veía edificios ni coches. Solo esa frase, repitiéndose.

  —Ni de co?a —dijo al fin.

  —Escúchame —replicó Shion, sin elevar la voz—. No hablo de arrebatártelo. Hablo de que me lo cedas.

  Eso fue suficiente para que Carlos soltara una carcajada. Esta vez más fuerte. Abierta. Casi histérica.

  —?En serio? —dijo entre risas—. ?Eso es lo que quieres? ?Que te dé mi cuerpo? ?Que te deje jugar a ser humano un rato?

  Shion guardó silencio.

  Carlos dejó de reír poco a poco. La sonrisa se le borró del rostro.

  —Si tienes la mínima intención de quitármelo —dijo con frialdad— puedes ir olvidándote. Puedes esperar otro millón de a?os si quieres.

  El viento sopló con más fuerza.

  —No quiero quitártelo —dijo Shion al fin—. Y lo sabes.

  Carlos apretó la mandíbula.

  —Siempre dices eso justo antes de cruzar otra línea.

  Shion suspiró. No sonó frustrado. Sonó… cansado.

  —Entonces hagamos un trato.

  Carlos negó con la cabeza al instante.

  —No soy tan idiota como para hacer tratos con el diablo.

  —No soy el diablo —respondió Shion—. Y aun así, escucha.

  Carlos no dijo nada, pero tampoco lo cortó.

  —Diez minutos —continuó Shion—. Solo eso. Yo tomo el control durante diez minutos exactos. Después, el cuerpo vuelve a ti. Sin condiciones ocultas. Sin extensiones. Sin trampas.

  Carlos cerró los ojos.

  —No —dijo—. No pienso aceptar nada de ti.

  —No te he pedido que aceptes ahora —replicó Shion con suavidad—. Solo que lo consideres.

  Carlos abrió los ojos de golpe.

  —?Qué parte de “no” no has entendido?

  —Todas —respondió Shion—. Porque no es una negativa definitiva. Es miedo.

  Carlos apretó los pu?os.

  —Es sentido común.

  —Llámalo como quieras —dijo Shion—. El trato seguirá ahí. Hoy. Ma?ana. Cuando Angélica se mueva. Cuando Sandra esté en peligro. Cuando no tengas otra opción.

  Carlos sintió un nudo en el estómago.

  —No vuelvas a decir su nombre —gru?ó.

  —No necesito decirlo —respondió Shion—. Tú lo haces por mí cada vez que miras alrededor esperando que algo salga mal.

  El silencio regresó.

  Pero ya no era aplastante.

  Era expectante.

  Carlos se quedó mirando la ciudad, con la sensación incómoda de que, por primera vez, Shion no estaba empujando una idea… solo había plantado una semilla.

  Y eso era mucho peor.

  Carlos suspiró.

  —?Sabes qué? —dijo al fin, con voz cansada—. Lo haré. Pero no te daré mi cuerpo.

  Shion no respondió de inmediato.

  Carlos se giró y caminó hacia la puerta de la azotea sin mirar atrás.

  —Ni diez minutos, ni uno —a?adió—. Esto lo hago yo.

  Entonces Shion rió.

  No fue una carcajada. Fue un sonido breve, bajo, satisfecho.

  —Eso es incluso mejor —murmuró—. Porque así, cuando cruces la línea… será por tu propia voluntad.

  Carlos no contestó. Bajó las escaleras, se puso la capucha, ajustó la mascarilla y salió a la calle.

  Esperó.

  El tiempo pasó lento, espeso. Se mantuvo en las sombras, fingiendo ser solo otra silueta más en una ciudad cansada. Observando. Midiendo pasos. Ritmos. Miradas vacías.

  Y entonces lo vio.

  Uno de ellos.

  La forma de andar era inconfundible: rígida, ausente. La mirada fija en la pantalla del teléfono mientras caminaba, murmurando respuestas automáticas. Un peón.

  Carlos supo al instante que no podía dejar que siguiera hablando.

  Se movió.

  Salió de su escondite y empezó a caminar hacia él con total naturalidad, como si nada. Como si fuera solo otro transeúnte más. Cuando estuvo a su lado, giró apenas el cuerpo.

  —Perdón —dijo, fingiendo un choque de hombros.

  Pero su mano ya estaba en acción.

  Arrancó el teléfono con un movimiento limpio, colgando la llamada de golpe, y en el mismo instante descargó un pu?etazo seco en el estómago. Preciso. Sin rabia. Sin dudar.

  El aire salió del cuerpo del peón en un jadeo ahogado.

  Carlos miró alrededor al instante. Nadie mirando. Nadie cerca. Perfecto.

  Antes de que pudiera reaccionar, lo sujetó y se lo llevó, rápido, decidido, perdiéndose entre calles secundarias.

  Cuando llegó al edificio, Sandra estaba levantándose de la silla.

  —?Dónde estabas? Tardaste tanto que pensé que… —se interrumpió de golpe.

  Sus ojos se abrieron de par en par.

  Carlos estaba allí, de pie, cargando a una persona inconsciente sobre el hombro.

  —Carlos… —susurró.

  Durante un segundo pensó que estaba muerto.

  El grito quiso salir, pero no pudo. Se le quedó atascado en la garganta, ahogado por el terror. Su cuerpo no reaccionó. Solo pudo mirar.

  No parecía estar viendo a su mejor amigo.

  No parecía estar viendo a Carlos.

  Parecía estar mirando a un monstruo.

  Carlos lo notó. Claro que lo notó.

  Pero no dijo nada.

  Solo dejó al peón en el suelo con cuidado excesivo, casi contradictorio con lo que acababa de hacer, y levantó la vista hacia ella.

  —Está vivo —dijo—. Solo desmayado.

  Eso no ayudó.

  Sandra retrocedió un paso, temblando.

  —?Qué… qué has hecho? —preguntó al fin, con la voz rota—. ?Qué eres ahora mismo?

  Carlos abrió la boca para responder.

  Y la cerró.

  Porque, por primera vez desde que todo había empezado, no estaba seguro de tener una respuesta que no la hiciera alejarse aún más.

  —De verdad… duele que me preguntes eso —dijo, casi en un murmullo.

  Mientras hablaba, dejó el cuerpo inconsciente en el suelo y empezó a atarle las mu?ecas y los tobillos. Sus movimientos eran firmes, exactos, carentes de emoción. No temblaban. No dudaban. Y, aun así, evitó mirar a Sandra en todo momento.

  —Soy Carlos —a?adió al final—. ?Quién más podría ser?

  Sandra tragó saliva. La escena no encajaba. él no encajaba. El miedo la empujó a hablar antes de que pudiera pensarlo mejor.

  —Carlos no haría esto —dijo—. Carlos no secuestraría a nadie. No dejaría sin aire a un dependiente. No robaría así.

  Hizo una pausa. Le costó continuar.

  —Entonces… —su voz se quebró— ?quién eres tú?

  Carlos apretó el último nudo.

  Sus dedos se quedaron inmóviles sobre la cuerda.

  No respondió.

  No porque no quisiera, sino porque algo dentro de él se había partido. No con estruendo, sino con un crujido silencioso, profundo, como cuando se rompe algo que sostenía demasiado peso desde hacía demasiado tiempo.

  El dolor llegó de golpe.

  Le atravesó el pecho, le cerró la garganta, le quemó por dentro. La visión se le volvió borrosa durante un segundo eterno.

  Se puso en pie despacio, como si el cuerpo pesara más que antes.

  No miró a Sandra.

  No podía.

  Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. La abrió. Salió. La cerró detrás de sí con un cuidado casi reverente, como si temiera que cualquier ruido delatara lo roto que estaba.

  Subió las escaleras sin pensar, sin sentirlas bajo los pies.

  Shion no dijo nada.

  Ni una sola palabra.

  Y ese silencio fue peor que cualquier reproche.

  En la azotea, el aire frío de la noche le golpeó el rostro, pero no logró despejarle la cabeza. El corazón le latía con violencia, desbocado, como si quisiera escapar de su pecho. Cada respiración era corta, forzada. La presión no cedía.

  Dio un par de pasos… y se rindió.

  Se dejó caer junto a la pared y se encogió sobre sí mismo. Apoyó la frente contra las rodillas y se rodeó con los brazos, como si intentara sujetar algo que se le estaba escapando por dentro.

  No lloró.

  No gritó.

  No pidió ayuda.

  Solo se quedó allí, roto en silencio, intentando sobrevivir a un dolor que ya no sabía cómo contener.

  Shion habló al fin.

  —Ahora mismo tu cabeza parece un espejo roto —dijo—. Hay trozos por todas partes. Todos son tú… pero ninguno es Carlos.

  Carlos no respondió.

  No se movió.

  Siguió encogido contra la pared, con la frente hundida entre las rodillas, respirando despacio, como si cualquier movimiento de más pudiera terminar de desmoronarlo.

  —?Y qué esperabas? —continuó Shion—. ?Que una humana normal lo entendiera? Ella vive en un mundo sencillo. Líneas claras. Bien y mal. Antes y después. Tú ya no estás ahí.

  Su tono fue bajando poco a poco, perdiendo filo, volviéndose más cercano. Más peligroso.

  —Tú has visto cosas que ella no puede imaginar —susurró—. Has hecho cosas que no encajan en su idea de “Carlos”. Y eso no te convierte en un monstruo… te convierte en alguien distinto.

  Carlos apretó un poco más los brazos alrededor de su propio cuerpo.

  —Mírate —dijo Shion, casi con suavidad—. Roto, cansado, sangrando por dentro… y aun así avanzando. ?De verdad creíste que alguien como ella podría caminar a tu lado sin romperse?

  Shion bajó aún más la voz, como si estuviera inclinado justo a su oído.

  —Yo sí puedo entenderte.

  La frase se quedó flotando.

  —Porque yo sé exactamente lo que pasa por tu cabeza cuando nadie mira. Sé por qué haces lo que haces. Sé lo que te duele y lo que estás dispuesto a sacrificar… incluso cuando te odias por ello.

  Hizo una pausa breve, medida.

  —En este mundo, Carlos, solo nos tenemos el uno al otro.

  Silencio.

  Carlos no respondió.

  No le gritó.No lo negó.No lo apartó.

  Su mente buscó desesperadamente una objeción, un nombre, un rostro que desmintiera esas palabras.

  No encontró ninguno.

  No había nadie más que pudiera entender lo que sentía.Nadie que supiera lo que costaba seguir adelante así.Nadie que compartiera ese peso.

  No existía otro.

  Y esa certeza, más que cualquier palabra de Shion, fue lo que más le dolió.

  La presencia de Shion se sentía sobre él como un abrazo invisible, denso y envolvente. Su voz, apenas un susurro, llegó a los rincones más ocultos de su mente:

  —El uno sin el otro… ninguno de los dos sería lo que somos.

  Carlos sintió cómo algo dentro de él se resquebrajaba. Era como si una avalancha de puro dolor emocional le cayera encima, aplastándolo desde dentro, arrastrándolo sin misericordia. Intentó contenerlo, resistirse… pero no pudo.

  Las lágrimas comenzaron a descender, una tras otra, incontenibles, como un río que arrastra todo a su paso. Se acurrucó aún más, hundiendo la cara entre los brazos, haciéndose más peque?o, buscando protegerse de la tormenta que era su propio corazón. Su cuerpo cedió, derrotado. Ahora, lloraba sin barreras, sin poder detenerse, ahogado en un dolor tan intenso que parecía romperle cada hueso, cada pensamiento.

  Shion, con una delicadeza extra?a y casi imposible de ignorar, le susurró:

  —Está bien… déjalo salir. Mejor afuera que dentro.

  Las palabras no le dieron consuelo; pero sí un permiso que Carlos necesitaba. Permitió que todo fluyera, que todo el dolor se manifestara sin control. Y mientras las lágrimas seguían cayendo, la fatiga y la vulnerabilidad lo vencieron. Sin darse cuenta, su respiración se ralentizó y se quedó dormido, acurrucado, con Shion a su lado.

  Cuando abrió los ojos, ya no estaba en esa azotea ni en su propio cuerpo. Estaba despierto en el cuerpo de Loranm, mirando el techo. El dolor emocional seguía allí, intacto, como un eco pesado dentro de él, y la sensación de vulnerabilidad se arrastraba junto con él.

  De repente, la puerta se abrió de golpe. Kaelis entró y, al verlo, frunció el ce?o con preocupación.

  —?Estás bien? —preguntó, notando lo pálido que se veía—. Te ves… mal.

  Carlos bajó la mirada, incapaz de fingir.

  —No… no me encuentro bien —respondió con voz débil.

  Kaelis guardó silencio, evaluando la situación. Finalmente, suspiró suavemente:

  —Entonces mejor descansa hoy. Ma?ana, cuando te encuentres mejor… entrenaremos.

  Carlos asintió, apenas, sintiendo que, aunque estaba en otro cuerpo, el peso del dolor y la presencia silenciosa de Shion lo seguían acompa?ando, recordándole que no estaba solo en lo que sentía.

  Carlos se acurrucó en la cama, sintiendo cómo el dolor seguía clavado en su pecho, pesado y persistente, incluso en este nuevo cuerpo. El cuerpo de Loranm era distinto, pero no lo salvaba de la sensación de vacío y de peso que llevaba dentro. Se envolvió entre las mantas, intentando hacerse peque?o, intentando que el mundo pasara de largo, y finalmente, dejó que el sue?o lo envolviera de nuevo, como un refugio temporal. No le importaba cuánto tiempo pasara; necesitaba que el día simplemente avanzara, que cada hora se deslizara hasta que el dolor disminuyera un poco, aunque fuera solo un respiro mínimo.

  Cuando se despertó de nuevo, la luz tenue del amanecer se colaba por las rendijas de las barandillas. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba otra vez en la azotea, el aire fresco de la ma?ana golpeándole la cara. Probablemente serían alrededor de las seis. Sus ojos estaban secos, con peque?as marcas en los párpados que delataban las lágrimas de la noche anterior. Se levantó lentamente, sintiendo el cuerpo extra?o bajo su control y el eco del dolor emocional todavía latiendo como un tambor en su pecho. Cada movimiento era pesado, pero se obligó a ponerse en pie.

  Shion, que se mantenía en silencio a su lado, habló finalmente con un tono que parecía casi prudente, preocupado de una manera extra?a.

  —Deberías ir a ver cómo está el peón que capturaron —dijo—. No tengo idea de si Sandra pudo haber hecho alguna insensatez mientras dormía o mientras tú estabas ocupado con tus… asuntos.

  Carlos asintió sin hablar, pasando un brazo por su cara, frotándose los ojos secos y tensos, como intentando borrar las marcas de la noche anterior. Sus pasos eran lentos, pero decididos, mientras se dirigía a la habitación donde habían dejado al peón. La tensión seguía en su pecho, mezclándose con un nerviosismo que no podía sacudir.

  Al entrar, la escena no era como la había dejado: Sandra seguía dormida en un rincón, con la respiración tranquila y constante, pero el peón había desaparecido. Carlos sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su mirada se disparó por la sala, rápida, buscando cualquier indicio de por dónde podría haber escapado. Su corazón empezó a latir más fuerte cuando vio un hueco en el suelo de la habitación: el hombre estaba intentando salir por allí, con movimientos cautelosos, tratando de no hacer ruido.

  Sin pensarlo, Carlos corrió hacia él con la rapidez y precisión que su entrenamiento le permitía. Sus manos se cerraron firmes sobre el tobillo del peón, arrastrándolo de nuevo hacia dentro de la habitación con un tirón rápido y decisivo. El hombre gritó, pero Carlos no le dio tiempo a reaccionar más; lo colocó en el suelo y le ajustó los nudos que lo ataban, asegurándose de que no pudiera moverse.

  Fue en ese instante que Sandra abrió los ojos, sobresaltada por el movimiento y los ruidos. Sus ojos se encontraron con la escena, y su rostro pasó de la confusión al pánico. Carlos, sin girarse completamente, la miró de reojo, respirando con dificultad, y solo dijo:

  —No te muevas —con voz firme, aunque cargada de cansancio y tensión—.

  Sandra tragó saliva, todavía sorprendida y un poco asustada. La sala estaba cargada de un silencio pesado, roto solo por la respiración del peón y el eco de la tensión que aún colgaba entre ellos. Carlos ajustó la posición del cuerpo atado, respiró hondo y se preparó para enfrentar lo que fuera necesario, consciente de que cualquier error ahora podría tener consecuencias graves. La ma?ana comenzaba, pero para él, la presión no había disminuido; apenas empezaba otro día lleno de decisiones que no quería tomar.

  Carlos se inclinó sobre el hombre, sujetándolo con firmeza. Sus manos eran frías, precisas, casi mecánicas.

  —Sandra —dijo, con voz grave y sin dejar tiempo a que ella respondiera—, necesito que me ayudes después de que haga esto.

  Sin esperar, giró el rostro del hombre hacia él, obligándolo a mirar. Los ojos de Carlos brillaron de un rojo intenso, un resplandor que parecía casi líquido, que llenaba la habitación con una sensación de peligro absoluto.

  Copió la habilidad de Angélica. La ejecutó contra el hombre, concentrándose en dominar su voluntad, en imponerse sobre su mente. Al instante, un choque invisible recorrió su propio cuerpo. No era como la primera vez: entonces había perdido completamente la vista; ahora, su visión se nubló, se oscureció en fragmentos, como si todo lo que veía estuviera cubierto de tinta negra.

  El dolor llegó después: un golpe que explotaba en su cabeza, su nariz comenzó a sangrar y el pulso en sus sienes parecía querer reventarle el cráneo. Carlos cayó al suelo, doblado, sujetándose la cabeza con ambas manos, gimiendo y gru?endo mientras la presión lo comprimía desde dentro. Cada respiración era un esfuerzo, cada parpadeo un suplicio.

  Sandra se quedó paralizada en una esquina, inmóvil, con los ojos abiertos como platos. No había palabras para describir lo que veía: su mejor amigo, su compa?ero, sometido al mismo tipo de violencia que él mismo infligía. Horrorizada, apenas respiraba, incapaz de moverse mientras el cuerpo de Carlos temblaba en el suelo, dominado por el dolor y la tensión extrema.

  El hombre bajo el control de Carlos apenas podía parpadear, su mente atrapada bajo una fuerza que no comprendía. Cada segundo que pasaba era un recordatorio brutal de hasta dónde podían llegar, de cuánto estaba dispuesto a soportar Carlos para lograr lo que necesitaban.

  El silencio en la habitación era casi ensordecedor, roto solo por los gru?idos de dolor de Carlos y la respiración contenida de Sandra, que sentía que estaba presenciando algo demasiado grande, demasiado oscuro para siquiera procesarlo por completo.

  Carlos sintió cómo algo dentro de él empezaba a romperse. Este no era el precio que esperaba; no era un cansancio ni un mareo: era una tortura concentrada, una avalancha que lo aplastaba desde dentro. Su cabeza latía violentamente, como si cada pensamiento fuera un martillazo, cada impulso nervioso un cable que explotaba dentro de su cráneo.

  No pudo soportarlo más. Su visión seguía borrosa, los bordes de todo se disolvían en sombras negras y rojas, y entonces, sin previo aviso, soltó un grito desgarrador, un grito puro de dolor que parecía arrancado de lo más profundo de su ser.

  Sandra no supo qué hacer. Se encogió en la esquina de la habitación, temblando, cubriéndose los oídos, tratando de bloquear aquel sonido que le perforaba el pecho. El horror la paralizó. Su amigo, su Carlos, estaba destrozándose frente a sus ojos y ella no podía hacer nada para detenerlo.

  El grito terminó, pero no lo que lo había provocado. El dolor disminuyó, lentamente, de forma casi cruel, como si la tortura quisiera recordarle a cada segundo que todavía estaba allí. Primero pasó a un dolor insoportable y constante, y luego se convirtió en un dolor de cabeza punzante, fuerte, pero soportable, como una marca que quedaba grabada en su mente y su cuerpo.

  Carlos seguía en el suelo, la respiración agitada, los ojos enrojecidos, incapaz de incorporarse por completo. Su visión no mejoraba; todo seguía borroso, fragmentado, y sabía que así permanecería al menos unas horas. Aun así, con la cabeza palpitando y el dolor martillándole el cerebro, se obligó a levantarse, con movimientos lentos, torpes, cada uno un recordatorio del precio que estaba pagando.

  Se inclinó sobre el hombre bajo su control, intentando reunir fuerzas para formular la pregunta más importante. Su voz, rasgada por el esfuerzo y la tensión, tembló un instante antes de salir:

  —Dime… ?dónde está Angélica?

  El hombre, bajo la influencia de Carlos, lo miró con ojos apagados y respondió con voz vacía:

  —Está… en la ciudad.

  La respuesta no servía de nada. Era vaga, inútil. Nada que pudiera aprovechar. Carlos sintió cómo la desesperanza empezaba a filtrarse, como un veneno silencioso que se extendía por su pecho. El dolor físico seguía allí, pero ahora también lo acompa?aba un peso emocional: frustración, impotencia, la sensación de que todo su esfuerzo podía ser en vano.

  Se apoyó contra la pared para no caerse, respirando con dificultad. La borrosidad de su vista no ayudaba, y cada parpadeo era un recordatorio de que todavía estaba pagando el precio.

  Sandra lo miraba desde la esquina, paralizada. No decía nada; no podía. Cada respiración de Carlos resonaba en la habitación como un tambor de advertencia. Y aunque él intentaba concentrarse, todo parecía escapársele: la información, la ventaja, la certeza de que podían controlar algo. Solo estaba allí, con el dolor martillando su cabeza y la decepción mordiendo su pecho.

Recommended Popular Novels