Carlos recordó de repente que podía ir a la casa de Sandra antes de dirigirse al instituto, así que cambió de dirección sin pensarlo demasiado. Sin embargo, mientras caminaba, no pudo evitar sentir un escalofrío recorrerle la espalda. Al mirar un reflejo en un escaparate, vio por un instante la sombra que siempre asociaba con Shion. Esta le sonrió con una mueca oscura y burlona, algo que le hizo apretar los dientes y acelerar el paso sin apartar la mirada del reflejo, aunque sabía que no podía tocar la sombra ni que esta pudiera hacerle da?o directamente. La sensación de incomodidad y peligro lo acompa?aba, como un recordatorio persistente de que Shion nunca estaba muy lejos, aunque fuera intangible.
Al llegar a la casa de Sandra, Carlos llamó su nombre con la voz ligeramente temblorosa por la anticipación y el nerviosismo. Esperó unos segundos, pero no obtuvo respuesta. Caminó más cerca de la puerta y vio que estaba entreabierta, algo que inmediatamente lo puso en alerta. En ese instante, la voz de Shion apareció de nuevo en su cabeza, riéndose con un tono que parecía retorcido y calculado. Un frío intenso se extendió por todo su cuerpo, haciendo que cada paso se sintiera más pesado y su respiración se acelerara.
Instintivamente, Carlos dejó caer la maleta y corrió hacia la entrada de la casa, adentrándose en el interior con cuidado. La casa estaba inusualmente silenciosa, sin el sonido de los muebles, las risas o los pasos habituales de Sandra. Cada crujido del suelo bajo sus pies parecía amplificado, y él avanzaba con la tensión al máximo, sus sentidos alerta a cualquier movimiento o sonido inesperado. Caminaba lentamente por los pasillos, girando la cabeza hacia cada esquina, asegurándose de que no hubiera nadie escondido.
Al llegar a las escaleras que conducían al segundo piso, se detuvo un momento para respirar y después comenzó a subir, pisando con cuidado, midiendo cada paso para no hacer ruido. Al girar por un pasillo, vio una puerta que se estaba cerrando lentamente. Sin pensarlo demasiado, Carlos se dirigió hacia ella con cautela, manteniéndose pegado a la pared, y fue entonces cuando lo vio: un encapuchado vestido de negro, levantando un cuchillo en actitud amenazante. El tiempo pareció detenerse por un instante.
El corazón de Carlos latía con fuerza y su mente entró en crisis. La adrenalina se disparó, y sin reflexionar demasiado, saltó contra el atacante. El encapuchado resistió el embate, forcejeando violentamente mientras Carlos intentaba desarmarlo. Fue un instante caótico, con golpes y empujones que resonaban por la habitación silenciosa.
Sandra, que dormía en su habitación, se despertó sobresaltada por el ruido de la pelea. Quedó paralizada en la cama, atónita al ver a Carlos luchando con una persona extra?a en su propia casa. Sus ojos se agrandaron y su mano se llevó instintivamente a la boca, incapaz de procesar completamente lo que estaba ocurriendo.
Mientras tanto, Carlos luchaba con todas sus fuerzas. Intentó sujetar al atacante y arrastrarlo lejos de Sandra, pero el enemigo se liberaba con cada intento. En un momento, el atacante empujó a Carlos y trató de escapar escaleras abajo, pero Carlos no lo permitió. Se lanzó tras él, logrando atraparlo y arrastrarlo hacia el suelo, cayendo ambos por las escaleras en un golpe brutal que sacudió la madera y dejó a Carlos aturdido por un instante.
Cuando terminaron de caer, Carlos se levantó rápidamente y comenzó a golpear la cara del atacante sin parar, liberando toda la adrenalina acumulada. Los golpes eran implacables, golpe tras golpe, hasta que finalmente el hombre dejó de resistirse y quedó inconsciente en el suelo. Carlos respiraba con dificultad, su cuerpo temblando por la tensión y el esfuerzo físico, mientras miraba hacia las escaleras donde Sandra seguía observando, inmóvil y con expresión de horror.
—?Carlos! —susurró Sandra finalmente, con la voz temblorosa, pero él no respondió inmediatamente, concentrado en asegurarse de que el atacante no se moviera.
Fue entonces cuando la voz de Shion volvió a resonar en su cabeza, esta vez riéndose con un tono más intenso y maligno.
—Parece que cometiste un peque?o error —dijo, su tono cargado de burla.
Carlos frunció el ce?o, confundido y sin entender de inmediato lo que Shion insinuaba. Sin embargo, pronto empezó a sentir un dolor creciente en el abdomen, una sensación de quemazón y punzada que se extendía por su costado. La adrenalina comenzaba a bajar, y con ello, el impacto de la herida que no había notado durante la pelea.
—?No… puede ser! —pensó, mientras la realidad se hacía evidente—.
El cuchillo del atacante, de alguna manera desafortunada, se había clavado en todo el lateral de su abdomen durante la caída por las escaleras. El frío intenso de la sorpresa y el miedo se mezcló con el dolor punzante, y Carlos tambaleó hacia atrás, intentando mantenerse consciente y estable mientras la voz de Shion se reía aún más fuerte en su cabeza.
—Ah… qué divertido —susurró Shion, casi deleitándose en el sufrimiento de Carlos—. Mira cómo la adrenalina desaparece y deja espacio para el dolor real…
Carlos jadeaba, sintiendo el calor de la sangre y el dolor agudo que lo atravesaba. Se obligó a respirar profundo, aunque cada movimiento le hacía doblarse un poco más. Sin apartar la vista de Sandra, que seguía inmóvil en la parte superior de las escaleras, Carlos comprendió que debía actuar rápido. No podía permitirse perder el control, ni permitir que la herida lo debilitara mientras la persona encapuchada seguía inconsciente a sus pies.
Su mente trabajaba a toda velocidad, evaluando sus opciones: podía intentar llevar al atacante fuera de la casa, buscar algo con lo que inmovilizarlo, o asegurar primero a Sandra y luego lidiar con la herida. Cada decisión parecía vital, y Shion seguía ahí, riéndose y observando, como si disfrutara de la incertidumbre que lo mantenía al límite.
Carlos respiró hondo, concentrándose en ignorar la voz de Shion por un momento, y centró toda su energía en proteger a Sandra y estabilizarse a sí mismo. Cada movimiento era calculado, lento pero preciso, mientras el dolor en su abdomen se volvía punzante con cada paso. Sabía que no podía fallar: no podía dejar que la situación se descontrolara, ni que el miedo o el dolor lo superaran.
El silencio de la casa se volvió absoluto salvo por su respiración y los leves gemidos de dolor, y Carlos entendió algo fundamental en ese instante: que la realidad de los dos mundos podía ser brutal, que las consecuencias de un descuido podían ser inmediatas, y que Shion siempre estaba ahí, observando, esperando el momento perfecto para recordarle lo vulnerable que podía ser, incluso como mago luchador y aventurero.
Mientras sostenía su abdomen y miraba a Sandra con ojos llenos de determinación, Carlos sabía que debía levantarse y actuar, porque la pasividad no era una opción. La voz de Shion podía burlarse, podía intentar quebrarlo mentalmente, pero Carlos no estaba dispuesto a ceder. Cada segundo contaba, y el tiempo para reaccionar era ahora.
Carlos se apresuró a preguntarle a Sandra si estaba bien, su voz sonando más firme de lo que su cuerpo realmente permitía.
—?Estás bien? —preguntó, respirando con dificultad—. Sandra… llama a la policía, ahora.
Sandra descendía las escaleras casi en automático, como si su cuerpo se moviera sin que su mente lo alcanzara. Sus ojos no se apartaban del uniforme de Carlos, empapado de sangre a la altura del abdomen. Cada escalón parecía más pesado que el anterior. Intentó hablar, pero las palabras no salían; su garganta estaba cerrada por el miedo, por la imagen imposible de asimilar: Carlos, el chico al que conocía desde siempre, herido de gravedad, de pie solo por pura fuerza de voluntad.
—No… no te preocupes —a?adió Carlos, forzando una sonrisa que se deshacía al instante—. Puedo aguantar.
Era una mentira evidente. El dolor lo atravesaba como un hierro candente, doblándolo por dentro. Cada latido hacía que la herida ardiera más, y el mareo comenzaba a nublarle la vista. Aun así, se mantuvo erguido, interponiéndose inconscientemente entre Sandra y el cuerpo inconsciente del atacante.
En su cabeza, Shion se reía.
No era una risa suave ni distante. Era clara, cercana, deleitándose en cada segundo de tensión.
—Mírate… —susurró—. Tan valiente, tan patético. Creíste que eras fuerte solo porque en otro mundo juegas a ser un héroe.
Carlos apretó los dientes. No podía permitirse responderle. No ahora. No delante de Sandra.
—Sandra… por favor —insistió—. El móvil. Llama.
Ella reaccionó al fin, como si esa palabra la sacara del estado de shock. Asintió rápidamente y rebuscó con manos temblorosas en el bolsillo, marcando el número de emergencias mientras sus ojos volvían una y otra vez a la herida.
Carlos empezó a sentir cómo el suelo parecía inclinarse. El zumbido en sus oídos se intensificó. No podía desmayarse. No todavía. El peligro no había terminado hasta que la policía llegara, hasta que alguien más tomara el control de la situación.
Respiró hondo, apoyando una mano contra la pared para no caer. La sangre seguía manando, caliente, real, demasiado real.
Y entonces pensó en ello.
Si tan solo pudiera usar magia…
La idea surgió como un reflejo desesperado. Si fuera Loranm, aunque solo fuera por unos segundos… Podría sellar la herida, endurecer su piel, reforzar su cuerpo. En Loranm, el dolor era distinto. Allí tenía recursos. Tenía maná. Tenía poder.
Aquí solo era Carlos.
—Qué irónico —rió Shion—. Ahora sí lo entiendes, ?no? Aquí no eres especial. Aquí sangras como todos.
Carlos cerró los ojos un instante, luchando contra el mareo. Recordó las sensaciones del otro mundo: el flujo del maná, el pulso interno que respondía a su voluntad. Intentó buscarlo, como quien estira una mano en la oscuridad esperando tocar algo familiar.
Nada.
Solo dolor. Solo debilidad.
—Cállate… —murmuró entre dientes, más para sí mismo que para Shion.
Sandra hablaba con la operadora, su voz quebrada pero urgente. Decía la dirección, explicaba entre sollozos que había un intruso, que su amigo estaba herido, que había mucha sangre.
Carlos se deslizó lentamente hasta sentarse en el suelo, con cuidado de no perder el conocimiento. Cada segundo se sentía más pesado que el anterior. Sabía que estaba al límite.
Si me desmayo… pensó.
?Volveré al otro mundo?
La idea le atravesó la mente como un rayo. Si perder el conocimiento significaba despertar como Loranm… ?sería eso una salvación o una condena? ?Y qué pasaría con su cuerpo aquí? ?Con Sandra?
Shion guardó silencio por un momento, como si saboreara esa duda.
Carlos abrió los ojos con determinación. No. No podía huir. No podía escapar a Loranm mientras esto ocurría. Tenía que resistir. Tenía que permanecer consciente, aunque fuera solo un poco más.
Apretó el pu?o con la poca fuerza que le quedaba y se obligó a mantenerse alerta, fijando la vista en la puerta de entrada, escuchando cada sonido, esperando las sirenas.
Entre dos mundos, sin pertenecer del todo a ninguno, Carlos comprendió algo con absoluta claridad: ser un mago luchador aventurero no significaba ser invencible… significaba elegir levantarse incluso cuando no había magia que lo salvara.
Y esta vez, tenía que hacerlo como Carlos.
Sandra apareció de pronto desde la cocina con un trapo empapado en agua, corriendo de forma torpe, casi tropezando consigo misma. Se arrodilló frente a Carlos sin pensar, presionando con fuerza el tejido contra la herida de su abdomen. Sus manos temblaban tanto que apenas podía mantener la presión constante.
—No te muevas… por favor, no te muevas… —repetía, más como una súplica que como una orden.
El contacto hizo que Carlos soltara un gemido ahogado. El dolor era punzante, profundo, como si cada nervio estuviera expuesto. La sangre seguía filtrándose entre los dedos de Sandra, caliente, imparable.
Y entonces, Shion volvió a reír.
No era una risa descontrolada, sino contenida, calculada, disfrutando cada segundo del caos.
—Esto se te está yendo de las manos —dijo con falsa preocupación—. Aunque debo admitir que es entretenido… pero no me conviene que mueras ahora.
Carlos apenas podía enfocar la vista. El mundo se le volvía borroso, los sonidos se mezclaban. La voz de Sandra parecía venir de muy lejos.
—Escucha —continuó Shion, bajando el tono, casi confidencial—. Si yo pude cruzar la barrera entre mundos… ?por qué crees que lo que usas allí no podría hacerlo también?
Carlos tragó saliva. Su mente estaba hecha un caos. No confiaba en Shion. Nunca lo había hecho. Cada palabra suya parecía esconder una trampa, una intención retorcida. Pero el dolor no le dejaba pensar con claridad. La presión en el pecho, el frío que comenzaba a extenderse por sus extremidades… sabía lo que eso significaba.
Estaba muriendo.
Su cabeza empezó a vaciarse de pensamientos racionales. Solo imágenes sueltas, recuerdos, fragmentos de cosas que había visto, leído, imaginado. Y entre ese ruido, una escena concreta cruzó su mente: un protagonista usando una curación brutal, no suave, no compasiva, sino forzada. Una magia que no reconfortaba, sino que obligaba al cuerpo a seguir adelante.
—Si funciona… —pensó—. Aunque duela…
No tuvo fuerzas para dudar más.
Cerró los ojos con fuerza y, por puro instinto, intentó “alcanzar” aquello que sentía tan natural en el otro mundo: ese flujo interno, esa presión cálida que respondía a su voluntad. No lo invocó con palabras. No trazó símbolos. Simplemente empujó.
Y algo respondió.
Un calor brutal estalló desde dentro de su cuerpo.
No fue gradual. No fue amable. Fue como si su sangre comenzara a hervir de golpe, como si una llama verde se encendiera en lo más profundo de sus entra?as. Carlos gritó. No pudo evitarlo. Su espalda se arqueó y sus dedos se clavaron en el suelo.
La magia no cubrió la herida desde fuera.
La invadió.
Los músculos desgarrados se contrajeron violentamente, retorciéndose al recomponerse a la fuerza. La carne se cerraba a tirones irregulares, como si alguien la cosiera sin cuidado. Los nervios ardían, gritaban, mientras eran reconectados uno a uno. No había alivio, solo una presión constante, aplastante, que no daba tregua.
Era una curación dise?ada para seguir luchando, no para sentirse mejor.
Sandra retrocedió de golpe, aterrada, al ver un brillo verdoso filtrarse entre sus manos. El calor era tan intenso que casi quemaba el trapo.
—?C-Carlos…? —susurró, con la voz rota.
Carlos apenas era consciente de ella. Todo su mundo se redujo a ese dolor incandescente, a la sensación de que su cuerpo estaba siendo reconstruido a la fuerza, pieza por pieza, sin permiso, sin descanso.
No lo hizo bien. No del todo.
La herida no se cerró completamente. La piel quedó irregular, aún abierta en algunos puntos, la sangre seguía brotando, aunque mucho más despacio. Pero algo había cambiado. El frío que lo estaba invadiendo se detuvo. Su respiración dejó de ser tan errática. El vacío que lo arrastraba hacia la inconsciencia retrocedió.
Había salido de la línea de muerte.
Carlos cayó de espaldas, jadeando, empapado en sudor, con el cuerpo temblando por el esfuerzo. Cada músculo le dolía como si hubiera corrido hasta romperse.
En su mente, Shion volvió a reír, esta vez con una satisfacción distinta.
—Interesante… —murmuró—. Muy interesante.
Las sirenas de la policía comenzaron a oírse a lo lejos.
Carlos sonrió débilmente, los ojos entrecerrados, todavía consciente… pero sabiendo que había cruzado un límite del que ya no habría vuelta atrás.
Carlos comenzó a comprender, apenas, la magnitud de lo que había hecho. Pasar cosas entre mundos, intervenir de esa manera, no era gratuito. Cada acción tenía un precio, y él acababa de pagarlo sin siquiera saber cuánto ni en qué medida. La fatiga que lo aplastaba, el vacío que recorría sus venas, no era un simple agotamiento físico: era la consecuencia directa de haber forzado la magia y las reglas del mundo que no era el suyo. Se preguntaba qué estaba sacrificando exactamente. Su energía vital, su resistencia, ?o acaso algo más profundo, más intangible, que aún no comprendía? Todo daba vueltas, el dolor punzante en el costado, la presión en los músculos, la cabeza palpitando con cada respiración. Su mente era un torbellino de confusión y miedo.
El sonido de la policía entrando en la casa, llamando a los médicos, gritos y órdenes se filtraba a través del velo de semiinconsciencia en el que estaba sumido. Sintió manos que lo levantaban, lo movían, y en un instante, estaba siendo colocado en una camilla. Antes de que lo trasladaran, con un hilo de voz y un esfuerzo sobrehumano, logró susurrarle a Sandra que no pasaría nada, que todo estaba bajo control, aunque cada palabra le dolía como un pu?al. La miró, apenas consciente, y vio la mezcla de terror y alivio en su rostro, el trago de adrenalina aún no disipado, y sintió una punzada de culpa y preocupación: no quería que ella sufriera más de lo necesario por él.
Dentro de la ambulancia, el mundo entero se volvió inestable. Todo giraba a su alrededor, los colores y sonidos mezclándose en un torbellino que no podía controlar. Las manos de los paramédicos se movían rápidas sobre su torso, presionando la herida, asegurando que la hemorragia no empeorara, hablando entre ellos en tonos profesionales, algunos con ce?o fruncido, otros simplemente cumpliendo con su trabajo como una rutina mecánica. Carlos apenas podía distinguir palabras, cada sonido se filtraba como a través de agua. Sintió el movimiento de la ambulancia, el frenado brusco y las curvas, y su cuerpo, ya agotado, no respondía más que de manera automática. Intentó concentrarse en algo, cualquier cosa, pero nada permanecía estable. La sensación de que estaba flotando, de que su existencia estaba suspendida entre mundos, se hacía más intensa.
No sabía cuánto tiempo había pasado en ese estado de semiinconsciencia. Cada momento parecía estirarse eternamente, y a la vez, desvanecerse como humo entre sus dedos. Recuerdos fragmentados de la pelea, de la sangre, de la voz burlona de Shion, se mezclaban con la sensación de frío, de humedad, del peso de su cuerpo sobre la camilla. Se sentía extra?o, no completamente presente en ningún lugar, ni en su mundo humano ni en Loranm, como si hubiera quedado suspendido entre realidades, pagando el precio de su imprudencia.
Finalmente, la ambulancia frenó y se escucharon pasos apresurados sobre el suelo del hospital. Voces más cercanas, órdenes más claras: médicos y enfermeras trabajando para estabilizarlo. Sintió el cambio de superficie bajo él, la camilla moviéndose con cuidado, y el ruido de la puerta del hospital cerrándose a sus espaldas. Apenas podía enfocar la vista, los colores eran demasiado brillantes, los sonidos demasiado fuertes, y su cuerpo parecía incapaz de reaccionar. Cada respiración era un esfuerzo consciente, cada parpadeo un acto de voluntad.
Al cabo de lo que le pareció un tiempo indefinido, sintió que su cuerpo se detenía. Las manos que lo sostenían lo acomodaron en otra camilla, y el caos del traslado se disipó lentamente. El dolor seguía presente, un recordatorio constante de su límite, pero la gravedad del mareo y la fatiga comenzó a disminuir apenas un poco. Las voces se volvían más claras, los movimientos más nítidos, aunque su mente seguía atrapada entre el sue?o y la vigilia. Recuerdos vagos de lo ocurrido se filtraban como fotografías borrosas: la pelea, la sangre, Sandra, la risa de Shion, el frío que lo recorrió cuando supo que la adrenalina había bajado.
Ahora, Carlos estaba tumbado en una camilla de hospital, rodeado por un olor a desinfectante, a tela limpia y a hospital que lo hacía sentirse irreal. La luz blanca del techo le resultaba cegadora, y la sensación de su propio cuerpo, entumecido y dolorido, era casi más alarmante que el recuerdo de la herida. Sentía que cada respiración le costaba un esfuerzo enorme, que cada movimiento de los párpados era una victoria mínima sobre su propio cuerpo cansado.
No había certeza de cuánto tiempo había pasado desde que la policía entró, desde que la ambulancia arrancó, ni desde que los médicos comenzaron a trabajar sobre su herida. Solo había conciencia fragmentada, un hilo de pensamiento que le decía que había sobrevivido, que estaba vivo, y que la línea entre mundos, entre reglas y consecuencias, era más frágil de lo que había imaginado.
Shion, por su parte, permanecía en su mente, invisible pero presente. Esta vez, sin risa, solo un silencio pesado que lo recordaba de su existencia. Carlos no podía moverse, no podía reaccionar, pero sabía que la voz seguía allí, acechante, esperando, midiendo cada fibra de su ser mientras él luchaba por mantenerse consciente. Comprendió que lo que había aprendido sobre los mundos y sus reglas era solo el inicio: la magia, las acciones, incluso las buenas intenciones tenían un precio, y él aún tenía mucho por pagar y descubrir.
En medio de la confusión, del dolor y del cansancio extremo, solo una certeza quedó clara en la mente de Carlos: sobrevivir a este momento no era suficiente. La batalla apenas había terminado, y los sacrificios que habría de hacer para seguir cruzando mundos, usando su magia y enfrentando a Shion, apenas comenzaban. El camino hacia la comprensión de las reglas, y de sí mismo, sería más arduo de lo que jamás había imaginado.
Carlos se incorporó un poco más, apoyando la espalda contra el respaldo de la camilla. El movimiento le arrancó un jadeo involuntario cuando la punzada en el costado le recordó, de forma cruel, que seguía herido. Bajó la mirada y vio el vendaje grueso, limpio, demasiado blanco para todo lo que había pasado. Una habitación de hospital como cualquier otra: paredes blancas, olor a desinfectante, un monitor apagado a un lado y un reloj redondo clavado en la pared marcando un tiempo que le resultaba ajeno. Suspiró despacio, intentando acompasar la respiración.
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Entonces Shion habló.
—?Y bien? —dijo la voz, suave, casi complacida—. ?Qué se siente al ser algo más que un simple humano?
Carlos no respondió. Sus ojos siguieron fijos en el vendaje, como si observarlo le permitiera anclarse a algo real.
—Vamos —continuó Shion—. Debe ser embriagador, ?no? Tener poder. Romper las reglas. Cambiar el curso de las cosas cuando te da la gana.
Carlos apretó la mandíbula, pero siguió en silencio.
Shion soltó una risa breve.
—?Qué pasa? ?Te he dejado perplejo? ?O es que ahora, después de todo, no sabes qué pensar?
Nada.
—?Te han comido la lengua? —insistió la voz, con un tono burlón—. Antes parecías mucho más valiente.
Carlos soltó el aire lentamente, como si expulsara algo que le pesaba en el pecho.
—Sea como sea… —dijo al fin, con la voz baja pero firme— me libraré de ti.
El silencio que siguió fue extra?o. No inmediato, no natural. Un par de segundos largos, densos, como si incluso el aire se hubiera detenido.
Luego Shion se rió.
No fue una carcajada abierta, sino una risa contenida, profunda, que resonó en el fondo de la mente de Carlos como un eco desagradable.
—Qué cosa tan humana —respondió—. Creer que basta con querer algo para que desaparezca.
Carlos no reaccionó. No gritó, no apretó los pu?os. Simplemente levantó la vista, clavándola en la pared blanca frente a él, y habló con una calma que no sentía del todo.
—Dime algo —preguntó—. ?Qué hiciste para que hoy atacaran a Sandra?
La risa se apagó de golpe.
—?Yo? —replicó Shion, con fingida sorpresa—. ?De verdad me estás culpando de eso?
Carlos giró la cabeza apenas, como si pudiera mirarlo.
—No fue casualidad.
Shion chasqueó la lengua, divertido.
—Carlos, por favor… —dijo—. Soy solo una voz en tu cabeza. Una sombra. ?De verdad crees que podría mover a alguien, empujar a un desconocido a hacer algo así?
Carlos sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Demasiado ligero. Demasiado seguro.
—Entonces explícame por qué estabas riéndote —murmuró—. Por qué parecías… disfrutarlo.
—Oh, eso —respondió Shion sin apuro—. Disfruto de muchas cosas. Del caos. Del miedo. De verte dudar. No necesito ensuciarme las manos para apreciar un buen desastre.
Carlos cerró los ojos un instante. La imagen del encapuchado, del cuchillo alzándose, del cuerpo cayendo por las escaleras, volvió a su mente con una claridad dolorosa.
—Si le vuelve a pasar algo… —dijo, abriendo los ojos—, no me importará el precio. Haré lo que sea para detenerte.
Shion no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz ya no sonaba burlona, sino suave, casi indulgente.
—Eso es lo que me preocupa de ti —susurró—. Que aún no entiendes qué estás dispuesto a sacrificar… ni a quién.
Antes de que Carlos pudiera replicar, la puerta de la habitación se abrió con un leve clic. Una enfermera entró, revisando una tablilla sin levantar la vista.
—Veo que ya estás despierto —dijo con profesionalidad—. Intenta no moverte demasiado. Has tenido suerte.
Carlos asintió despacio.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, la habitación quedó en silencio.
Shion ya no hablaba.
Pero Carlos sabía que no se había ido.
Y por primera vez desde que todo comenzó, tuvo la certeza de que lo ocurrido ese día no había sido un accidente aislado, sino el primer aviso de algo mucho más grande… algo que ya había puesto los ojos en él y en las personas que más le importaban.
La enfermera terminó de ajustar el gotero y, con un gesto tranquilo, se apoyó ligeramente en el carro metálico que tenía al lado de la camilla.
—Has tenido mucha suerte —dijo—. El cuchillo entró en un ángulo muy malo… o muy bueno, según se mire. No llegó a perforar ningún órgano vital por muy poco. Un par de centímetros más y estaríamos hablando de otra historia.
Carlos asintió despacio, con el ce?o ligeramente fruncido. Miró de nuevo el vendaje. Limpio. Demasiado limpio.
Sabía la verdad.
No dijo nada, pero en su cabeza la imagen era clara: el calor brutal, la sensación de que algo dentro de él se retorcía y se reconstruía a la fuerza. Aquello no había sido suerte. Aquello había sido… heal. El nombre le vino solo, casi natural. Una curación imperfecta, incompleta, improvisada, pero suficiente para sacarlo del borde.
—Aun así —continuó la enfermera—, el da?o muscular existe. Vas a necesitar reposo. Nada de esfuerzos durante al menos un par de días. Si todo va bien, te daremos el alta después de eso.
—Entiendo… —murmuró Carlos.
Ella revisó unas anotaciones más antes de levantar la vista.
—?Recuerdas algo más después de que te sacaran de la escena?
Carlos parpadeó. Dudó un segundo.
—?Alguien más… resultó herido? —preguntó, midiendo sus palabras.
La enfermera negó con la cabeza.
—Por lo que figura aquí, no. Tú fuiste el único ingresado. El resto… bueno, eso ya quedó en manos de la policía.
Carlos soltó el aire que llevaba conteniendo desde que despertó. El nudo en su pecho aflojó un poco.
—Me alegra oír eso.
En su mente, la risa de Shion resonó como una gota de veneno.
—Qué pena… —susurró la voz, con falsa decepción.
Carlos apretó los dientes, pero no reaccionó. No aquí. No ahora.
La enfermera siguió hablando, repasando indicaciones: evitar movimientos bruscos, avisar si sentía mareos, no tocar el vendaje, dieta ligera, descanso absoluto. Carlos asentía de vez en cuando, aunque apenas procesaba la mitad de lo que decía. Su atención estaba en otra parte.
En la magia.
En cómo había sido posible.
Cuando la enfermera terminó y salió de la habitación, el silencio volvió a instalarse, pesado pero más soportable. Carlos cerró los ojos un momento y dejó que su respiración se calmara.
La magia funcionaba aquí.
No como en el otro mundo. No con la misma fluidez. No con la misma sensación de “naturalidad”. Aquí había dolido. Aquí había exigido algo a cambio.
—Un precio —murmuró.
—Exacto —respondió Shion, satisfecho—. Empiezas a entender.
Carlos abrió los ojos y miró al techo.
—No fue mana —continuó—. O al menos no solo mana. Fue… otra cosa.
Recordó el golpe que había recorrido su cuerpo después. El vacío. La fatiga extrema, como si algo hubiera sido arrancado de raíz.
—Algo mío —a?adió.
Shion no respondió de inmediato.
—Este mundo es frágil —dijo al fin—. No está hecho para que ciertas cosas existan en él. Cuando fuerzas la puerta… la casa te pasa factura.
Carlos giró la cabeza hacia la ventana. Afuera, el cielo estaba gris, tranquilo, indiferente.
—Entonces tengo que aprender los límites —dijo—. Qué puedo hacer. Cuánto puedo hacer. Y qué me cuesta cada vez.
—?Y si el precio no siempre es el mismo? —preguntó Shion, con una curiosidad peligrosa—. ?Y si un día no es cansancio… sino algo más?
Carlos no respondió. Pero esa posibilidad se clavó en su mente como una espina.
Si la magia funcionaba aquí, aunque fuera de forma imperfecta, significaba que el muro entre mundos no era absoluto. Y si no era absoluto… también podía romperse de otras maneras.
Pensó en Sandra. En la sangre sobre el uniforme. En el cuchillo.
—No puedo permitirme fallar —susurró.
—Ahí está —dijo Shion, casi con orgullo—. Esa determinación. Esa grieta por la que todo entra.
Carlos cerró el pu?o con lentitud.
—No lo hago por ti.
—Nunca lo hacen —respondió la voz—. Y aun así…
El silencio volvió a caer.
Carlos se quedó mirando el reloj de la pared, viendo cómo el segundero avanzaba sin prisa. Tenía dos días. Dos días atrapado en una cama, con el cuerpo roto y la mente en guerra.
Pero también tenía algo nuevo.
Una certeza inquietante.
La magia no pertenecía solo al otro mundo.
Y si él podía traerla consigo… alguien más podría hacerlo también.
Ese pensamiento, más que el dolor o el cansancio, fue lo que realmente le impidió descansar.
Carlos dejó que el silencio del hospital se alargara, roto solo por el pitido suave de alguna máquina lejana y el murmullo apagado del pasillo. Las palabras de Shion seguían resonando en su cabeza como un eco incómodo.
Si fuerzas la puerta… la casa te pasa factura.
Repitió la frase una y otra vez, analizándola desde todos los ángulos posibles. La herida, el agotamiento extremo, la sensación de que algo le había sido arrancado desde dentro… todo encajaba demasiado bien con la idea de un precio. Un intercambio.
Cuanto más se forzaba esa puerta entre mundos, mayor era la factura.
Entonces llegó la pregunta inevitable.
—Entonces… —murmuró, con la mirada fija en el techo blanco—, ?qué pasa contigo?
El silencio fue inmediato. Denso. Expectante.
Carlos giró ligeramente la cabeza, como si Shion pudiera materializarse en algún reflejo inexistente.
—Yo uso algo que no debería existir aquí y pago por ello. Me duele, me debilita, casi me mata. —Tragó saliva—. Pero tú estás aquí todo el tiempo. Hablas, miras, te mueves entre mis pensamientos como si nada. No pareces pagar ningún precio.
La voz no respondió al instante. Por primera vez desde que Carlos la conocía, Shion parecía… pensativo.
—?Qué eres? —insistió Carlos, más serio que nunca—. ?Y por qué puedes cruzar esa puerta como si no existiera?
Una risa baja, suave, casi complacida, se deslizó por su mente.
—Qué pregunta tan peligrosa —dijo Shion—. Y qué tarde decides hacerla.
—Respóndeme.
Shion suspiró, exageradamente, como si estuviera cediendo a rega?adientes.
—Digamos que no todos cruzan la puerta de la misma manera —empezó—. Algunos la empujan. Otros la fuerzan. Otros la rompen.
Carlos frunció el ce?o.
—?Y tú?
—Yo… —Shion dejó la frase en el aire— no la crucé.
El corazón de Carlos dio un peque?o salto.
—?Entonces qué hiciste?
—Siempre estuve al otro lado —respondió Shion—. Y al de este también.
La respuesta no aclaraba nada. Solo empeoraba las cosas.
—Eso no es una explicación —dijo Carlos, con frustración—. Es una evasiva.
Shion rió de nuevo, esta vez con un matiz distinto, menos burlón y más… antiguo.
—Las explicaciones completas tienen un coste —replicó—. Y aún no puedes pagarlo.
Carlos apretó los pu?os sobre las sábanas.
—?Por qué yo?
—Ah —dijo Shion—. Esa es la pregunta correcta.
El aire pareció volverse más frío.
—Porque miraste sin apartar la vista —continuó—. Porque cuando la puerta se entreabrió, no huiste. Porque, incluso ahora, después de todo, sigues preguntando en lugar de cerrar los ojos.
Carlos sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eso no explica por qué tú no pagas —insistió—. Si hay reglas, tú eres una excepción. ?Por qué?
Hubo una pausa más larga. Demasiado larga.
—?Estás seguro de que no pago? —preguntó Shion finalmente, con una voz más baja, menos segura—. ?O simplemente no ves el precio?
Carlos abrió la boca para responder… y se detuvo.
—?Qué quieres decir?
—Que algunas facturas no se cobran en cansancio, ni en sangre, ni en dolor —dijo Shion—. Algunas se pagan con el tiempo. O con la identidad. O con aquello que dejas de ser sin darte cuenta.
El estómago de Carlos se encogió.
—Eso suena a amenaza.
—No —corrigió Shion—. Suena a advertencia.
Carlos cerró los ojos con fuerza. Cada respuesta de Shion abría tres preguntas nuevas. Cada pista parecía conducir a un abismo más profundo.
—Entonces dime esto —dijo al fin—. ?Eres parte de mí… o algo que se ha pegado a mí?
La risa de Shion volvió, suave, casi cari?osa.
—Cuando llegue el momento, tú mismo sabrás la respuesta —susurró—. Y créeme… ese día no estarás seguro de querer conocerla.
El silencio regresó de golpe.
Carlos abrió los ojos y respiró hondo, intentando calmar el temblor en su pecho. No había obtenido respuestas reales. Solo fragmentos. Sombras. Verdades incompletas.
Pero una cosa sí había quedado clara.
Shion no era un simple espectador.
Y si él podía romper las reglas sin pagar un precio visible… entonces el precio debía de ser algo mucho peor de lo que Carlos estaba preparado para afrontar.
Carlos frunció el ce?o, procesando las palabras con dificultad.
—Entonces… ?por qué yo puedo atravesar la puerta? —preguntó al fin—. ?Por qué mi consciencia puede pasar sin pagar un precio claro?
La respuesta no llegó de inmediato. Shion pareció disfrutar del silencio, estirándolo hasta que se volvió incómodo.
—Buena pregunta —dijo finalmente, con un tono casi aprobatorio—. Muy pocos llegan a formularla correctamente.
Carlos apretó los dientes.
—Respóndeme.
—Digamos que existes en un punto… inestable —comenzó Shion, eligiendo cada palabra con cuidado—. Hay seres que pertenecen a un mundo. Otros, a ninguno. Y luego están aquellos que, por error o por casualidad, nacen con un pie a cada lado.
Carlos sintió un leve mareo.
—?Estás diciendo que…?
—Que hay quienes llaman a eso portadores de mundos —continuó Shion, sin confirmarlo del todo—. Una rareza tan poco común que muchos la consideran solo un mito. Seres capaces de rozar realidades distintas sin desmoronarse al instante.
—?Capaces? —repitió Carlos—. Yo casi muero hoy.
Shion dejó escapar una risa breve, sin burla.
—Por eso he dicho que es ambiguo. Incompleto. —Hubo una pausa—. Tu consciencia cruza porque es ligera. Porque no arrastra masa, ni forma, ni peso real. Cuando intentas llevar algo más… el equilibrio se rompe. Y entonces aparece el precio.
Carlos bajó la mirada hacia su costado vendado.
—Pero es menor que el de otros —murmuró, más para sí mismo que para Shion.
—Eso parece —respondió la voz—. Lo suficiente como para sobrevivir. No lo bastante como para estar a salvo.
El silencio volvió a instalarse. Carlos levantó la vista, buscando algo que no estaba allí.
—?Y tú cómo encajas en eso?
Shion no respondió de forma directa. Su voz llegó suave, casi lejana.
—Hay cosas que no cruzan puertas —dijo—. Algunas simplemente… esperan a que alguien las abra.
Carlos sintió un escalofrío recorrerle la nuca.
—?Soy una puerta, entonces?
Shion dejó escapar una leve risa, imposible de interpretar.
—Eso —susurró— aún no lo sabes. Y quizá sea mejor así… por ahora.
El hospital volvió a quedarse en silencio. Carlos cerró los ojos, con el pecho cargado de preguntas sin respuesta. No entendía del todo qué era, ni qué significaba existir entre dos mundos, pero una certeza comenzaba a tomar forma en su mente:
no estaba roto por accidente.
Y si Shion decía la verdad, entonces su existencia no era una anomalía… sino algo que nunca debió ser sencillo.
Carlos permaneció en silencio durante varios segundos, con la mirada perdida en el techo blanco del hospital. El pitido rítmico de las máquinas era lo único que anclaba el momento a algo real. Las palabras de Shion seguían dando vueltas en su cabeza, chocando unas con otras sin terminar de encajar.
—Entonces… —murmuró al fin—, si existen portadores de mundos… ?podría haber más en este mundo?
La voz de Shion no respondió de inmediato. Como siempre, parecía saborear la pregunta.
—Podría —dijo finalmente—. O podría no haber ninguno más. No tengo ni idea.
Carlos frunció el ce?o.
—Vaya respuesta.
—Es la más honesta —replicó Shion, con un tono extra?amente neutro—. Los portadores de mundos son raros. Mucho más de lo que imaginas. Y no todos cruzan los mismos lugares. Hay infinitas realidades, infinitos destinos posibles. Que dos existan en el mismo mundo ya es improbable. Que además viajen entre las mismas dos realidades… eso roza lo imposible.
Carlos dejó escapar un suspiro lento.
—O sea que aunque hubiera otro aquí… puede que no vaya al mismo mundo que yo.
—Exacto —respondió Shion—. Podría trasladarse a un lugar completamente distinto. Un mundo que nunca tocarás. Una realidad que jamás sabrás que existe.
Eso dejó a Carlos pensativo. Giró un poco la cabeza, ignorando la punzada leve en el costado, y miró hacia la ventana. Afuera, la ciudad seguía con su rutina, completamente ajena a mundos, puertas y reglas rotas.
—Aun así… —dijo despacio—, encontrar a otro portador sería… reconfortante. Aunque no fuera del mismo mundo.
—Curioso —comentó Shion—. La mayoría sentiría miedo.
—Tal vez —admitió Carlos—. Pero ser el único… pesa.
Shion no respondió. Por primera vez, no hubo burla ni risa, solo silencio.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
—?Carlos!
Sandra entró casi corriendo, con el rostro pálido y los ojos aún enrojecidos. Se detuvo en seco al verlo incorporado, vivo, consciente.
—Eh… —Carlos esbozó una sonrisa débil—. Hola.
Sandra tardó un segundo en reaccionar, y luego avanzó hasta la cama.
—?Cómo estás? —preguntó de inmediato, mirándolo de arriba abajo como si esperara encontrar nuevas heridas—. ?Te duele mucho? ?Estás mareado? ?Te han dicho algo?
—Estoy bien —respondió Carlos—. Bueno… lo suficientemente bien.
Ella no pareció del todo convencida, pero respiró un poco más tranquila.
Sandra bajó la mirada un instante, apretando los pu?os.
—Pensé que… —se detuvo, tragando saliva—. Pensé que te había pasado algo peor.
Carlos desvió la mirada, incómodo.
—Llegué a tiempo —respondió simplemente.
En el fondo de su mente, Shion observaba en silencio.
Carlos volvió a recostarse despacio, dejando que el peso del cansancio lo alcanzara de nuevo. Mientras escuchaba a Sandra hablar, no pudo evitar pensar en lo que había aprendido: puertas, precios, mundos… y la posibilidad, remota pero real, de no estar completamente solo.
Fuera lo que fuese en realidad, una cosa estaba clara.
Su vida ya no pertenecía a un solo mundo.
Miguel, su hermano, apareció con paso rápido en la habitación del hospital, llevando una lonchera cuidadosamente envuelta. Su expresión reflejaba prisa y preocupación al mismo tiempo.
—Los demás no pudieron venir —explicó—. Entre el susto, la policía y todo el caos… me mandaron a mí por todos. Dicen que les avises cuando te den el alta.
—Gracias —dijo Carlos sinceramente.
—Carlos —dijo mientras dejaba la lonchera sobre la mesita al lado de la cama—. Papa preparó lasa?a y me pidió que te la trajera. Come algo, te hará bien.
Carlos asintió y tomó la lonchera con ambas manos, agradecido por el gesto.
—Gracias, Miguel.
—Bueno, tengo que irme al trabajo —continuó Miguel, ajustándose la chaqueta—. Cuídate, y, por favor, trata de no meterte en tantos líos, ?vale?
—Tú también cuídate —respondió Carlos con una media sonrisa, mientras veía a su hermano alejarse por el pasillo del hospital—.
Con Miguel ya fuera, la habitación quedó en un silencio relativo, roto solo por el pitido constante de las máquinas y el suave crujido de la cama al acomodarse Sandra, que permanecía a un lado de Carlos. La joven lo miró con una mezcla de alivio y preocupación.
—?Ya se llevaron al atacante? —preguntó Carlos, su voz calmada pero todavía cargada de tensión.
Sandra asintió.
—Sí —dijo—. Al parecer era un hombre perteneciente a un culto extremadamente religioso. Se dedicaba a sacrificar gente en nombre de una diosa extra?a.
Carlos sintió un escalofrío recorrer su espalda. Un presentimiento extra?o se acomodó en su pecho, como si algo de todo aquello no encajara del todo. Su mirada se desplazó hacia la sombra silenciosa de Shion, que permanecía invisible, observando desde algún rincón de su mente, sin pronunciar palabra. Por un instante, Carlos tuvo la sensación de que Shion podría haber estado involucrado de algún modo, pero no había manera de confirmarlo.
Sandra inclinó la cabeza y lo estudió un instante antes de hablar:
—?Te duele mucho?
Carlos, con un gesto un tanto burlón, levantó ligeramente el pulgar y sonrió, tratando de restarle gravedad a la situación.
—No —dijo—. Soy fuerte. Estoy bien.
Sandra no pudo contener una peque?a risa, aunque su mirada todavía estaba cargada de preocupación.
—Me has tenido preocupadisima —murmuró.
Carlos bajó la mirada unos segundos, sintiendo el peso de la culpa mezclado con el alivio de verla bien.
—Perdón —susurró—.
Sandra negó con la cabeza rápidamente.
—No, no tienes que pedir perdón —dijo—. Soy yo quien debería hacerlo. Por estar así en el hospital… por mi culpa.
Carlos respiró hondo, dejando que las palabras calaran en su mente. Un silencio temporal se instaló entre ellos, lleno de tensión, preocupación y una extra?a sensación de calma, como si ambos necesitara simplemente estar allí, compartiendo aquel momento de quietud después del caos.
Shion, por su parte, permanecía en silencio, burlándose internamente pero sin intervenir, dejando que Carlos y Sandra procesaran la situación a su manera. La voz no decía nada, y eso, curiosamente, proporcionaba un peque?o respiro a Carlos, una tregua inesperada en medio de todo lo que había sucedido.
Mientras Carlos abría la lonchera y empezaba a comer con cuidado, su mente divagaba entre los sucesos recientes y las palabras de Shion. La sombra le había dejado mucho en claro: cada acción en su mundo tenía un precio, y atravesar las fronteras de la realidad no era un juego. La experiencia con el atacante y la herida abierta todavía palpitaban en su memoria, recordándole que cualquier error podía costarle demasiado.
—Gracias por quedarte —dijo Carlos, mirando a Sandra con sinceridad—. No sé qué habría hecho si no hubieras estado aquí.
Sandra sonrió suavemente, acomodándose en la silla al lado de la cama.
—Para eso estamos los amigos —respondió—. Solo prométeme que serás más cuidadoso de ahora en adelante.
Carlos asintió lentamente, mientras un cosquilleo de determinación se acomodaba en su pecho. Entre Shion, la herida reciente y la sensación constante de que el mundo no sería nunca igual para él, comprendió que todavía tenía mucho que aprender y que cada decisión tendría su peso.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era distinto. No era solo la calma después del peligro; era un silencio lleno de reflexión, de conexiones humanas y de un entendimiento tácito de que, a pesar de todo, había quienes velaban por él, y eso le daba un respiro que hacía tiempo no sentía.
Carlos cerró los ojos un instante, respirando profundo, mientras Sandra se recostaba levemente en la silla. La habitación blanca, los pitidos de las máquinas y la luz tenue del sol que entraba por la ventana se mezclaban en un escenario tranquilo, pero su mente sabía que esto era solo una pausa. Que el mundo, la magia y Shion esperaban más adelante, listos para recordarle que la verdadera prueba apenas comenzaba.

