El sol ya empezaba a elevarse con algo de fuerza, y el calor se hacía sentir en la piel como una caricia ardiente. Erik llegó a los cultivos tras despedirse de Hada. Arlea ya estaba allí, arrodillada entre las hileras, regando con paciencia y método. Cuando lo vio acercarse, sonó sin disimular su alegría.
— Justo a tiempo —le dijo, alzando la vista—. Si terminas de ayudarme rápido, promete que no te haré plantar más vegetales.
Erik soltó una peque?a risa, mientras se acercaba para tomar un cántaro para empezar a trabajar.
— Con esa promesa, me dan más ganas de ayudar —dijo con una leve sonrisa.
Se pusieron a trabajar juntos en silencio al inicio, ella regando mientras él transportaba los cantaros de agua, mientras avanzaban regando juntos. A cada paso, el cuerpo de Erik se flexionaba bajo la piel delgada y húmeda de su polera. Arlea no podía evitar notarlo. El sol y el esfuerzo hacían que sus músculos se marcaran más de lo habitual, y por primera vez, Arlea no apartó la vista con vergüenza, sino que lo observaron detenidamente, con una curiosidad distinta.
—“ ?Siempre fue así de fuerte?”, pensaba, —“?O ??es que antes no lo miraba con estos ojos…?”
Se obligó a bajar la mirada, algo avergonzada, pero pronto volvió a levantarla. A su modo, también quería que él la mirara. Su escote no era profundo, pero su busto, generoso por naturaleza, parecía llamar la atención aun sin proponérselo. Lo había notado muchas veces, pero ahora le interesaba que fuera Erik quien lo notara. Y no era solo eso: su rostro, su forma de hablar, su dulzura torpe… él la atraía completa.
Y Erik, aunque disimulaba, no era ajeno a su presencia. Cada tanto, la miraba de reojo mientras trabajaban. A veces, le hablaba solo para oír su voz. Y sí, sus ojos solían detenerse en sus pechos antes de subir a los ojos, y aunque lo hacía rápido, pero era inevitable. Arlea era hermosa, incluso más en los peque?os gestos cotidianos. Le gustaba verla agacharse entre las hileras, regando con cuidado, con el cabello recogido y gotas de sudor bajando por su cuello.
— ?Todo bien? —preguntó Arlea de pronto, notando que él se había quedado quieto unos segundos más de la cuenta.
— Sí —respondió Erik con rapidez—. Solo pensaba en cómo podríamos hacer que sea más eficiente.
Ella molesta, no del todo convencida de que pensaba solo en eso.
— Claro, claro… siempre tan trabajador.
El ambiente se llenó de una tensión agradable, como si ambos supieran que algo flotaba en el aire pero ninguno lo nombrara. Trabajaron un poco más, y en un momento, al coincidir para cargar agua, sus manos se rozaron. Erik se separó con torpeza. Arlea no dijo nada, pero sonriendo para sí misma.
El sol caía a plomo sobre los cultivos y el sudor mojaba las frentes, empapaba las ropas, pesaba sobre la piel. Erik, aunque agitado, no se veía demasiado afectado. Estaba acostumbrado a temperaturas extremas más altas.
Pero cuando miró a Arlea, notó algo distinto. Ella seguía trabajando, determinada como siempre, pero su respiración era más pesada, su rostro más enrojecido, y de tanto en tanto se detenía para secarse el sudor con el antebrazo. Su cabello se pegaba a la frente y su mirada se notaba un poco más cansada.
—?Estás bien? —preguntó Erik, acercándose con un cántaro.
—Sí… —respondió ella, pero sin mucho convencimiento. Se enderezó y se pasó la mano por el cuello—. Solo es el calor. Aunque ya bajo aun me afecta un poco.
Erik la observó un momento en silencio. Luego, sin decir palabra, se llevó la mano a la polera, tiró suavemente de ella por detrás, y la sacó por la cabeza en un solo movimiento, dejando ver su torso, húmedo por el sudor y el trabajo.
Arlea se sobresaltó ligeramente, sorprendida por el gesto repentino, y aún más por lo que vino después: Erik metió su polera en el cántaro con agua para humedecerla y dobló la prenda con cierta torpeza y se la acercó.
—Toma. úsala para cubrirte la cabeza. Así no te golpea tanto el sol —dijo, con ese tono neutro que a veces usaba para disimular su timidez.
Arlea lo miró, desconcertada al inicio. Dudó un instante antes de tomarla con ambas manos.
—Pero... tú te quedarás desprotegido —dijo, más como una excusa que como una protesta real.
—Yo estoy bien. Créeme, he pasado cosas peores que un poco de sol —respondió con una sonrisa ligera.
Ella asintió, bajando la vista mientras tomaba la prenda con cuidado. El aroma de Erik impregnaba la prenda, y al colocársela en la cabeza como una especie de turbante improvisado, no pudo evitar cerrar los ojos un segundo, como si el gesto tuviera un peso mayor del que se atrevía a admitir.
—Gracias —susurró, más para sí que para él.
—De nada —respondió Erik, y volvió a llenar el cántaro con mas agua.
Arlea lo miró trabajar en silencio. Su torso desnudo brillaba por el sudor, cada músculo bien definido, tensándose y relajándose con cada movimiento. Sintió una punzada en el pecho, una mezcla de deseo, ternura y algo de tristeza. No era solo que lo admirara físicamente. Era ese tipo de gestos: espontáneo, sincero, protector… El tipo de gesto que te hacía enamorarte sin remedio.
—“Si me sigues tratando así, ?Cómo se supone que no me enamore más…?”, pensó, mientras sus dedos jugaban con un borde de la polera de piel ahora en su cabeza.
Y aunque no dijo nada, ese peque?o gesto —una prenda húmeda, una preocupación sencilla— se convirtió, para ella, en un tesoro silencioso.
Erik seguía trabajando, ajeno a lo que pasaba detrás de él. Su espalda, ya enrojecida por el sol, contrastaba con el brillo del sudor que lo recorría. Arlea lo observó en silencio, mordiendo suavemente su labio inferior. Lo veía moverse, sin protección alguna, y sintió una punzada de preocupación… mezclada con algo más.
—Ese tonto… —murmuró con una sonrisa—. Se va a cocer vivo y ni cuenta se da.
Tomó uno de los cántaros peque?os que habían llenado y lo alzó con cuidado. Su intención era mojarle suavemente la espalda, refrescarlo antes de que la piel se le empezara a irritar más. Se acercó con pasos lentos, tratando de no hacer ruido.
Pero Erik, entrenado por su par de a?os de alerta constante en el bosque prohibido, oyó el crujido leve de una raíz que estaba en la tierra bajo sus pies. Se giró con reflejo natural, rápido, sorprendiéndola.
—?Eh? ?Arlea?
Ella, que venía justo en el momento más inestable, se sobresaltó, tropezó con su propio pie, y cayó hacia adelante con un peque?o grito ahogado.
—?Ah!
Erik reaccionó al instante, dejando caer el cántaro que sostenía y estirando ambos brazos hacia ella. Logró sostenerla justo antes de que se golpeara contra él, pero el impulso fue demasiado. Ambos cayeron al suelo entre las hileras de cultivos, con un ruido sordo, polvo y agua derramada alrededor.
Erik abrió los ojos, aturdido, sintiendo el peso sobre su pecho. Arlea estaba encima de él, con el rostro cerca del suyo. La respiración de ambos era entrecortada. El calor del día, el esfuerzo físico y la caída los había dejado casi sin aliento… y el contacto repentino con los pechos de Arlea no ayudaba.
Sus miradas se encontraron, y ninguno de los dos desvió los ojos. Arlea, aún sobre él, sentía el corazón retumbarle en el pecho. El rostro de Erik tan cerca, sus manos sobre su cintura. Por un instante el mundo pareció detenerse. El momento era tan intenso que, Arlea comenzó a inclinarse hacia él, sin apuro, sus ojos fijos en los de Erik. Pero justo cuando sus labios parecían cruzar el umbral, un sonido seco quebró el momento.
?Crack!
—?Qué fue eso…?
Arlea se incorporó con un movimiento brusco y miró hacia abajo. La parte superior de su prenda, ya vieja por el uso constante y el esfuerzo que hiso al caer, había cedido. Un hilo desgastado había terminado de romperse, y el nudo que la sujetaba se había soltado del todo. Sus pechos quedaron expuesto, apenas cubierto por los restos de cuero que se resbalaban.
Pero ella no se apresuró a cubrirse.
Erik, por reflejo, desvió la mirada y se cubrió los ojos, sonrojado hasta las orejas.
—?L-lo siento! —dijo, con voz tensa, como si se disculpara con el cielo.
—?Aún sigues sin poder mirarme? —preguntó ella con una sonrisa divertida, ladeando la cabeza.
Erik, respirando más tranquilo pero aún rojo en las mejillas, alzó la vista solo un poco.
—No es que no quiera… solo que… —murmuró, sincero, con las manos en los ojos.
Arlea se cruzó de brazos, sin importarle en absoluto la falta de cobertura en sus pechos. Sus ojos lo miraron con calidez.
—No me importa que me mires, Erik. No tienes que sentir culpa por eso. Si fueras alguien vulgar o deshonesto, no estaría diciéndote esto… pero tú no eres así. Por eso me siento tranquila contigo.
Erik tragó saliva y la miró esta vez con algo más de valor. Sus ojos se encontraron con los de ella, y aunque intentó no bajar la mirada… no pudo evitarlo del todo. Se le escapó una mirada fugaz, rápida, a sus pechos expuestos, pero pronto volvió a sus ojos, algo avergonzado.
Arlea sonrió con ternura, más halagada que ofendida.
—Algún día —dijo con tono tranquilo, como si hablara de una estación que vendría con el tiempo— dejarás de sonrojarte y apenarte tanto.
Entonces, mientras miraba su prenda rota caída, se dio cuenta del estado de esta. Llevaba tiempo pidiendo reemplazo, ahora colgaba inútil, rota por completo.
—Mmm… genial —dijo con tono resignado—. Tendré que ver si Lera puede arreglarla otra vez… aunque ella ya me había dicho que era mejor dejarla morir.
Erik se sentó al oírla. Con ella aun sentada encima de sus piernas.
—Tal vez ya sea hora de estrenar la ropa nueva que ella te hizo. ?No dijo que estaba lista?
—Sí —respondió Arlea, mirándolo de reojo mientras recogía una hoja mojada que le había quedado en la pierna—. Pero aún no la probé. No sé si me ajustará bien…
—Seguro que sí. Si Lera la hizo pensando en ti, será perfecta —dijo Erik, con una sonrisa tímida.
Ella lo miró un instante. Luego, sin decir más, se levanto con cuidado, se giró y volvió al trabajo, ahora con otro cántaro sobre el hombro y con los pechos descubiertos.
La prenda de piel ya no servía, y ella estaba allí con la piel húmeda, revelando con total naturalidad sus pechos grandes, firmes, redondeados, hermosos bajo el sol.
—No puedes seguir trabajando así —dijo Erik, tragando saliva—. Deberías ir a cambiarte, Arlea.
Ella sonrió, sabiendo que la razón no era solo por su comodidad, sino por lo incómodo que él parecía al tenerla así tan cerca.
—?Estás seguro? No falta tanto para terminar… —dijo con un tono juguetón, acercándose hacia el.
—Justamente por eso —respondió él, dando un paso atrás con una media sonrisa nerviosa—. Yo puedo terminarlo solo, así que ve tranquila —lo dijo nerviosamente, sabiendo que no podrá concentrarse con semejante vista.
Arlea rió suave, como si ya hubiera conseguido lo que quería.
—Está bien, está bien. Me iré a cambiar. Y ya que terminaras el trabajo acá, aprovecharé para empezar con la comida del mediodía —dijo mientras se giraba despacio, dándole la espalda, sin apuro.
Antes de marcharse, se detuvo, giró la cabeza sobre el hombro y le lanzó una última mirada, provocadora, traviesa.
—Y cuando me veas… quiero que me digas cómo me veo con la ropa nueva. —agregó con un gui?o descarado.
Erik abrió la boca para decir algo, pero no encontró palabras útiles. Solo la vio alejarse, con paso seguro, la piel expuesta brillando al sol, sin ninguna vergüenza. Caminaba como quien sabe lo que tiene y lo que puede provocar.
Ya solo, Erik suspiró y se pasó una mano por la frente y el rostro. El calor no ayudaba, pero sentía que era otro tipo de calor el que lo dejaba sin aire.
—“?Ella estuvo a punto de besarme…?” pensó, volviendo a ese instante en que sus rostros se acercaban.
Y sí. También pensó en sus pechos. Era imposible no hacerlo. La forma en que se había apoyado en él, el aroma de su piel, la cercanía… todo había sido demasiado y en cómo su corazón empezaba a enredarse cada vez más..
Pero algo le decía que, cuando volviera a ver a Arlea, el resto del día no iba a ser más tranquilo.
Tras terminar de regar los últimos surcos, Erik dejó el cántaro vacío a un lado, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y soltó un suspiro largo, volviéndose a colocar su polera de piel. El calor ya no era tan extremo como en dias anteriores, las casi dos semanas que pasaron ya había bajado la temperatura, pero ese sol de este mundo tenía algo extra?o, como si le robara energía de a poco, sin que uno se diera cuenta.
Con paso algo lento, se dirigió a su caba?a y se sentó en la sombra que daba la estructura de madera. Se apoyó en la pared, cerrando los ojos un momento. El aire caliente se movía despacio, como una caricia perezosa. No se quedó dormido, pero por unos minutos su mente quedó suspendida, respirando profundo, bajando el ritmo de su cuerpo.
El murmullo de voces femeninas y el aroma familiar de la comida del mediodía lo sacaron de ese estado. Se puso de pie y caminó hasta zona de comida, donde varias chicas ya estaban reunidas. Al acercarse, sus ojos fueron directamente hacia ella.
Arlea.
Ya no llevaba las prendas de piel que solía usar. Ahora llevaba una blusa hecha de la nueva tela tejida por Lera. Ajustada al torso, con costuras visibles que delineaban su figura robusta sin exageración, remataba en un escote que dejaba ver sus clavículas. Y sí, ahí estaban. Los generosos pechos de Arlea, ahora mucho mejor sujetos y definidos gracias al sostén que Lera hiso guiándose de los patrones que Erik le había dibujado con manos temblorosas.
Pero lo que más llamó la atención no fue la blusa, sino la prenda inferior, unos pantalones cortos marcaban con firmeza sus caderas anchas y su cintura definida, dejaban libres sus rodillas, tan necesarios para su conexión con la tierra, Eran funcionales, resistentes, pensados para el trabajo rudo…
El contraste con las demás chicas era evidente. Algunas, como Becca o Hada aún usaban sus ropas de piel, más rústicas y calurosas, lanzaban miradas furtivas de curiosidad y quizás también un toque de envidia amistosa hacia la nueva vestimenta de Arlea.
Erik tragó saliva y se quedó un segundo inmóvil.
—Es hermosa… es tan… sexy —pensó, sin poder evitarlo. El pantalón corto le daba libertad de movimiento y, al mismo tiempo, revelaba justo lo necesario de sus piernas largas. La blusa, ligera y fresca. El sostén que realzaba sus pechos con firmeza, generando una curva imposible de ignorar en su escote.
Trató de sentarse con naturalidad, pero casi se tropieza. Finalmente logró acomodarse, aunque torpemente, y entonces notó una mirada clavada en él.
Era Mika.
Desde su izquierda, lo observaba con esa mezcla suya de sarcasmo tierno. No estaba molesta, pero le lanzó una mirada como diciéndole: “?Qué tanto miras?”... y a la vez, en sus ojos brillaba una especie de aceptación cómplice. Como si se alegrara, en el fondo, de ver cómo Erik empezaba a ver a las demás con los mismos ojos que la veía a ella. Con ese amor tonto, torpe, sincero.
Entonces Arlea se acercó. Erik sintió cómo se le tensaban los hombros. Ella no dijo nada de inmediato, solo caminó hasta donde él estaba sentado. Luego se inclinó hacia él, apoyando las manos sobre la mesa, lo suficiente como para que su escote quedara justo al nivel de su mirada.
—?Y? —preguntó con voz suave, pero firme—. ?Cómo me veo?
Erik sintió cómo su cerebro se desconectaba unos segundos. El aroma a tierra, a sol y a tela nueva lo envolvió. Su mirada luchaba entre mantener el contacto visual y no bajar a donde sus ojos querían mirar.
—Te… te ves… —balbuceó—. Muy bien. Realmente bien.
Arlea sonrió, satisfecha, inclinándose un poco más, como si buscara asegurarse de que él lo dijera con sinceridad. No lo hacía de forma descarada, sino con ese gesto dulce y seguro que solo ella tenía.
—?De verdad? —insistió.
Erik asintió, algo rojo en las mejillas.
—Sí. Me alegra que por fin uses la ropa nueva.
Arlea volvió a sonreír y se incorporó lentamente, poniendo las manos en sus caderas, dándole una última mirada antes de alejarse hacia su asiento. Pero mientras lo hacía, una de sus manos rozó apenas el brazo de Erik al pasar.
él se quedó inmóvil.
Y Mika, desde su lugar, sonrió sola para sí.
A su derecha, como siempre, Suri, que no tardó en lanzar su comentario:
—Yo también quiero una ropa así —dijo con esa dulzura decidida que la caracterizaba, sin dejar de mirar a Arlea con admiración—. ?Se ve muy linda!
Erik casi se atraganta con su propio aire.
—“?Un infarto me va a dar si Suri usa algo así!,” —pensó con alarma interna. Trató de mantener la compostura mientras asentía con una sonrisa forzada, como si la idea no le hubiera congelado el cerebro.
Mika notó su reacción y soltó una risita discreta, mientras lo miraba de reojo con ese brillo burlón y encantador en los ojos. Estaba acostumbrada a su torpeza. Y le encantaba. Le dio un leve codazo.
—Tranquilo —le susurró al oído, divertida—. En diez a?os talvez le dejemos usar algo así y te vas a acostumbrar…
Erik sonrió con nerviosismo. Se acomodó en su asiento. Y trató de no imaginar a una Suri dentro de 10 a?os en esa ropa. Spoiler: no pudo evitarlo.
Mientras Arlea se sentaba, Hada y Becca no pudieron evitar quedarse mirando con atención su nueva ropa, especialmente la parte superior.
—Oye, ?es eso el famoso “sujeta-pechos”? —dijo Hada, entrecerrando los ojos con curiosidad—. Bueno, sostén, como le llamaste tú, ?no?
Arlea asintió con una sonrisa.
—Sí. Y es mucho más cómodo de lo que imaginaba. Ya no tengo que preocuparme cuando corro o me agacho mucho, se quedan en su lugar.
—Pues… —murmuró Hada, con su tono burlón habitual— sí que parece que te las levantó un poco más. Se ven… más grandes, diría yo.
Becca soltó una risita mientras fingía examinar también.
—No está mintiendo —a?adió con picardía.
Entonces Hada, con su humor punzante, miró de reojo a Mika y soltó:
—Quizás si tú usaras uno también, Mika, parecerían más grandes.
La broma fue como una pedrada directa. Mika giró el rostro bruscamente hacia ella, visiblemente molesta y completamente sonrojada.
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—??Hada!!
—Vamos, Mika, es solo una broma. Siempre lo decimos.
—?Pues ya me harté de ser siempre la broma! —exclamó Mika, poniéndose de pie con los ojos brillosos.
El repentino silencio fue casi doloroso. Hasta las aves parecieron detener su canto por un segundo.
Erik, que estaba sentado entre ella y Suri, la vio marcharse con pasos rápidos, y luego miró a Hada. Su rostro no fue agresivo, pero sí muy claro: una mezcla de decepción y reproche. Sin decir una palabra, la miró con esos ojos que decían: Hada esta vez te pasaste.
Hada sintió el peso de esa mirada y bajó la cabeza, mordiéndose el labio con culpa.
Erik se levantó sin decir nada y fue tras Mika. La siguió hasta que la encontró justo dentro de una caba?a vacia, algo apartada de la zona de comida, donde ella se había sentado en el suelo, abrazando sus rodillas.
—Mika… —dijo suavemente al acercarse—. Lo siento por lo que dijo Hada.
—No es tu culpa —respondió ella sin mirarlo—. Pero estoy cansada de que siempre sea lo mismo… Que si soy plana, que si no tengo senos como lo que tienen las demás…
Se frotó los ojos con fuerza, negándose a dejar que las lágrimas cayeran. Erik se arrodilló frente a ella.
—Tú sabes que para mí eso no importa. ?Verdad? —su voz era firme, sin tambalear—. Me importas tú. Tal como eres. Eres fuerte, valiente… hermosa.
Mika alzó por fin la vista. Sus ojos estaban rojos, pero también suaves, abiertos, buscando sinceridad.
—?De verdad? —susurró.
Erik asintió.
Y Erik la abrazó. No como un acto impulsivo, sino como un refugio. Ella se dejó abrazar esta vez sin tensarse.
Erik mantenía a Mika entre sus brazos, su respiración acompasada, mientras el silencio de la caba?a los envolvía ese instante. Mika no decía nada, solo se dejaba sostener.
—Sabes… —dijo Erik con voz baja, acariciándole suavemente el cabello—. Eres perfecta para mí. Hermosa tal como eres. No cambiaría nada de ti.
Ella tragó saliva, sin levantar la mirada.
—Pero las demás…
—No me importan las comparaciones —la interrumpió él con firmeza, con esa seguridad cálida que la hacía temblar—. Te amo así como eres, Mika. Y como tu pareja, tengo que decírtelo: si tus pechos fueran grandes como de las demás, no podrías usar tu arco como lo haces. No podrías cazar como cazas. No podrías ser tú.
Mika alzó los ojos, brillantes.
—?Eso crees de verdad?
Erik asintió.
—Arlea misma dijo una vez que deseaba no tenerlos tan grandes. Le dolía la espalda, se sentía torpe para algunas tareas. Te admira, ?sabes? Todas lo hacen, incluso si a veces te molestan con cari?o.
Mika rió por lo bajo, con una lágrima cayendo por su mejilla.
—Tú sí que eres tonto…
Erik le levantó el rostro con suavidad, y la besó. No como una caricia fugaz, sino como un beso que llevaba tiempo guardado, con el peso de todas las veces que no pudo decirle cuánto la amaba. Mika respondió con el mismo fuego contenido, aferrándose a su cuello, presionando su cuerpo contra el suyo con ansias que por fin encontraba permiso para salir.
Ambos se recostaron sobre el piso de la caba?a, sus manos explorando el rostro, el cuello, la espalda del otro, buscando más de ese calor compartido. Mika se subió ligeramente sobre Erik, con las piernas a los costados de su cadera, las caderas de Mika se movieron casi sin pensar, buscando más de esa conexión. Sus manos acariciaban la espalda de Erik, se aferraban a él, al mismo tiempo que un hormigueo eléctrico subía por su cuerpo, sus labios se encontraron una y otra vez, más profundos, más intensos.
Pero entonces, Erik se detuvo. Su mano se apoyó suavemente en su cintura, frenando el impulso sin apartarla.
—Mika… espera.
Ella respiraba agitada, con las mejillas rojas y los labios entreabiertos, no respondió de inmediato. Su corazón latiendo más rápido de lo habitual. En su pecho, algo nuevo crecía… una sensación cálida, intensa, que ya había sentido una vez. Aquel cosquilleo confuso, una inquietud en su cuerpo que no había logrado comprender. Ahora, sin embargo, esa misma sensación se manifestaba con más fuerza, casi como un llamado que nacía en lo profundo de su vientre. Sus pensamientos estaban nublados, su cuerpo respondía con ansiedad, con deseo. Pero aún no sabía llamarlo por su nombre. Solo sabía que quería a Erik más cerca, más tiempo.
Mika seguía abrazada a Erik, sus corazones aún agitados por el momento que acababan de compartir. Entonces, con un suspiro tembloroso, se separó un poco, evitando por un momento su mirada.
—Lo siento —dijo con voz baja—. No sé bien qué me pasó… solo sentí que… quería estar más cerca de ti. Mucho más cerca. Mi cuerpo… yo no lo entiendo.
Erik tragó saliva, también algo sonrojado. Sabia perfectamente lo que le paso a Mika, se frotó la nuca mientras trataba de buscar las palabras adecuadas.
—No tienes que disculparte —murmuró con dulzura—. Lo que sentiste es… es normal. Algo que… a veces aparece cuando estás cerca de alguien que amas. Es como… como un calor dentro del cuerpo. Un impulso. Algo bonito pero… intenso.
Mika lo miró con ternura, justo cuando por la puerta de la caba?a se asomaba una figura conocida.
—?Interrumpo algo muy caliente… o llegué justo a tiempo para apagar el fuego? —dijo Jerut, con una ceja alzada y una sonrisa ladeada en su rostro.
Ambos se separaron de golpe, como si los hubieran pillado robando frutas del árbol sagrado. Mika se cubrió el rostro de la vergüenza, y Erik se sentó rápido, tosiendo con torpeza.
Jerut entró sin apuro, con esa energía suya entre juguetona y sabia. Los observó con una mezcla de comprensión y picardía en sus ojos maduros.
—Tranquilos, muchachos —dijo, levantando las manos en se?al de paz—. No estoy aquí para rega?ar… solo para recordarles que hay tiempo y lugar para todo. Y este, me temo, no era ninguno de los dos —gui?ó un ojo con complicidad.
Mika se levantó aún ruborizada, pero ya más tranquila. Se acercó a Erik, le dio un beso suave en los labios y le susurró:
—Gracias… por detenerme.
Luego miró a Jerut, bajando la cabeza con respeto.
—No diré nada —dijo Jerut con una sonrisa amable—. Pero ve a lavarte con agua fría, jovencita.
Mika rió nerviosamente y salió de la caba?a con paso rápido, dejándolos a solas.
Erik aun sentado el suelo, dejo escapar un largo suspiro. Jerut lo observó un momento en silencio y luego se acercó, sentándose a su lado con movimientos calmados.
—?Y bien? —preguntó Jerut, con su voz rasposa pero serena—. ?Vas a decirme lo que pasó, o prefieres que lo adivine?
Erik se removió incómodo. Sabía exactamente lo que le paso a Mika. Y también sabía qué era lo que su cuerpo había empezado a responder… demasiado claramente. Tragó saliva.
—Ella… quiso… bueno más. Y yo… también lo sentí. Pero no era el momento —dijo con honestidad, sin poder mirarla a los ojos.
—Ajá —asintió Jerut, inclinándose hacia él como si escuchara una historia muy jugosa—. ?Y?
Erik suspiró.
—Solo… no quiero que piense que no la deseo. Pero tampoco quiero… aprovecharme. No sé si me entiendes.
Jerut sonrió con ternura, colocando una mano firme en su hombro.
—Erik… por eso mismo, gracias. No todos habrían detenido ese impulso. Hiciste lo correcto. A veces, respetar es más difícil que ceder. Y lo hiciste con amor, no con miedo. Eso dice mucho de ti.
Erik alzó la mirada, sorprendido. ?Eso era todo? ?No iba a rega?arlo?
Pero entonces Jerut ladeó la cabeza con una sonrisa más amplia, y sus ojos se fueron con descaro hacia la zona pélvica de Erik, aún cubierto por su pantalón, con una gran evidencia de lo que había sentido.
—Ahora… dicho eso… veo que tú cuerpo también quería más que solo besos, ?eh? —dijo con una carcajada bajita, como si fuera un chisme—. No te preocupes, le pasa a todos. Hasta al más sabio le baila el amigote cuando el corazón late fuerte.
Erik se sonrojó aún más y se llevó las manos al regazo, cruzando las piernas con incomodidad.
—?Se?ora Jerut! —exclamó con una mezcla de vergüenza y resignación.
—Tranquilo, tranquilo —dijo ella, riendo suavemente—. Solo te lo digo para que no creas que lo escondes tan bien. Pero no es vergonzoso. Es humano. Natural en los hombres. Solo recuerda una cosa…
Se puso de pie y le gui?ó un ojo con picardía.
—Cuando llegue ese momento, que sea con ternura, con amor, con confianza… y en un lugar mas privado. No como ahora, con la puerta abierta para todos.
Erik soltó una risa nerviosa y, por un momento, se sintió más ligero.
—Gracias, se?ora Jerut… De verdad.
—Y ahora sí, muchacho —dijo mientras iba hacia la salida—. Mejor espera un rato mas, antes de unirte con las demás. No querrás que todas noten que tu amigote todavía está saludando.
Erik se dejó caer hacia atrás sobre el suelo, cubriéndose la cara con las manos.
—Esto es lo peor…
—?Esto es crecer! —respondió Jerut desde fuera—. Y lo estás haciendo muy bien.
Mientras tanto, Mika se agachó junto al peque?o arroyo que recorría los márgenes de la aldea. El murmullo del agua ayudaba a calmar el tambor de su pecho. Sumergió las manos, dejando que el frescor le recorriera los dedos, y luego se llevó varias veces el agua al rostro. El calor del momento no era solo del sol.
Aún podía sentir la cercanía del cuerpo de Erik. El modo en que sus labios se habían buscado. Y lo más confuso de todo: lo que ella misma había sentido. Esa ansiedad dulce, ese cosquilleo por todo el cuerpo, ese impulso que casi no pudo controlar. Ni durmiendo por varias noches con el había sentido esa sensación tan fuerte.
—?Qué fue todo eso…? —susurró en voz baja, sin esperar respuesta.
Se quedó en cuclillas, mirando cómo las peque?as ondas del agua deformaban su reflejo. En sus ojos había algo nuevo. No era tristeza ni enojo. Era… una mezcla de deseo, vergüenza, ternura… y un poco de miedo.
Recordó las ense?anzas de las mayores. Sabía, en teoría, lo que sucedía entre una mujer y un hombre cuando se amaban. Cómo unían sus cuerpos. Que no era solo para dar vida, sino también por compartir sus sentimientos de amor, para expresar lo profundo de su vínculo.
Pero una cosa era saberlo… y otra sentirlo así, con tanta fuerza, con tanto anhelo, tan de verdad.
—Yo quería… —se llevó una mano a los labios, cerrando los ojos—. Quería estar con él. Quería que fuera mío. Y yo ser suya…
Se quedó en silencio. No era una confesión escandalosa, era un descubrimiento. Uno que ardía suavemente en su pecho, como una chispa aún encendida. Pero lo que más la conmovía era que Erik… no la había alejado. No la había rechazado. Solo… la había detenido. Con dulzura. Con amor.
Y eso decía tanto más que mil palabras.
—Gracias, Erik —susurró, y una peque?a sonrisa se dibujó en sus labios—. Por esperarme… por cuidarme incluso de mí misma.
Se incorporó lentamente, aún tenía el corazón agitado, pero ahora era distinto. No era confusión, era claridad. Y aunque aún no comprendiera todo lo que sentía, sabía que estaba bien.
No tenía que correr. No tenía que temer.
Cuando llegara el momento… lo sabría. Y él también. Con paso tranquilo, volvió hacia a la aldea, se encontró de frente con Erik, que estaba parado algo cerca del área donde estaba ella.
Ambos se miraron por un segundo. Sin palabras, pero con algo compartido entre ellos que ya no necesitaba explicarse tanto.
—?Estás bien? —preguntó Erik, tomándola de las manos.
Mika asintió, un poco apenada, pero también más serena.
—Sí… mejor. Gracias por detenerme. Creo que… me habría arrepentido después.
Erik sonrió con dulzura.
—Yo no me habría arrepentido de estar contigo, Mika… pero sí de que no fuera el momento justo. Cuando llegue… lo sabremos los dos.
Mika lo miró, y algo cálido le subió al pecho. Esta vez no evitó su mirada.
—Quiero que llegue ese día —susurró, para si misma, casi como un pensamiento.
Erik la abrazo con suavidad, y luego la soltó. No hacía falta más.
—Vamos. Las demás nos esperan para comer.
Y así, sin decir más, caminaron juntos por el sendero de tierra. Sus pasos eran calmos, acompasados. A veces se rozaban los hombros, a veces simplemente caminaban en silencio. Pero la conexión entre ellos era evidente, y distinta.
Mika se veía más tranquila, serena, aunque sus mejillas aún conservaban un leve rubor. Erik, por su parte, iba más relajado, pero con una expresión suave, serena… y un poco más madura.
Jerut, que removía la olla de barro, alzó una ceja al verlos y con una sonrisa ladeada y un gui?o cómplice hacia ambos, como quien sabe exactamente qué decir… o cuándo no decir más.
Erik y Mika tomaron asiento y empezaron a comer. Hada, que hasta ese momento no había levantado la vista de su cuenco, se puso de pie con cierta incomodidad. Se acercó a Mika con el ce?o levemente fruncido, y los brazos cruzados en gesto de autoprotección.
—Oye, yo… —empezó a decir, y Mika la miró—. Quería pedirte perdón. Me pasé. Sé que siempre nos hacemos bromas, pero esta vez… no fue gracioso. Te dolió, y no era mi intención.
Mika la observó un segundo en silencio, luego asintió lentamente.
—Me dolió… sí. Pero ya pasó. Gracias por disculparte y decirlo, Hada.
Y antes de que Hada dijera algo más, Mika se levanto y se acercó y le dio un breve abrazo, inesperado pero genuino. Hada se quedó un poco rígida al principio, pero luego sonrió y la devolvió.
—Aunque igual sigo pensando que con un buen sostén, capaz y… —comenzó a bromear Hada, pero Mika la miró de reojo con un gesto fingidamente amenazante.
—No empieces.
Las dos rieron. La tensión se disipó.
Erik, que había presenciado el momento con una sonrisa leve, se giró al notar que Hada lo miraba. Se quedó sorprendido por la seriedad en sus ojos, muy distinta a su tono habitual.
—Erik… —dijo con voz un poco más baja de lo habitual, casi sin su tono seguro habitual—. Quiero disculparme. Sé que el chiste que hice fue tonto. No pensé… no quise hacer sentir mal a Mika.
La aludida, que estaba cerca, levantó un poco la mirada. No parecía molesta ya, solo algo reservada.
—Sé que entre nosotras jugamos así desde que éramos peque?as, pero… a veces no mido que hay cosas que duelen más de lo que parecen. Y tú, Erik… bueno… —Hada se detuvo un segundo, visiblemente nerviosa—. Mika es importante para ti. Se nota.
Erik la miró con cierta sorpresa al verla tan sincera. Luego asintió despacio.
—Gracias por decirlo, Hada. Te agradezco que seas honesta… y sí, Mika es muy importante para mí, como todas ustedes. Pero no estoy enojado contigo. Sé que tu broma no fue con mala intención.
Hada sonrió, un poco aliviada.
—La próxima vez trataré de pensar antes de soltar cualquier cosa.
Entonces, fue Becca quien tomó la palabra, su voz suave pero decidida:
—Y creo que todas deberíamos disculparnos un poco también… no solo por lo que dijo Hada hoy. A veces nos burlamos de cosas peque?as, sin darnos cuenta de cuánto pueden pesar para la otra.
Lera, que estaba a su lado, asintió con un gesto serio.
—Sí… en el fondo todas sabíamos que a Mika no le gustaban esos comentarios sobre sus pechos, pero como no decía nada, seguimos. Perdón, Mika.
Incluso Arlea, desde su sitio, habló con tranquilidad:
—No quisimos hacerte sentir menos. Es injusto que tú, que eres la más valiente de todas, sientas que no puedes mostrarte tal como eres. Lo siento.
Mika los escuchaba, apretando los labios. Le costaba que tantas palabras vinieran de golpe, pero también le hacían bien. Por fin, murmuró con voz bajita:
—Gracias a todas. De verdad. No quiero que dejen de bromear entre nosotras… solo… no conmigo con eso. No me gusta. Eso es todo.
Jerut, que servía una última porción de comida, alzó una ceja con picardía:
—Eso, chicas. Hay chistes y hay heridas. Y hay pechos… grandes, medianos, peque?os o en crecimiento — mirando a Suri. —Y si alguien tiene algo que decir sobre eso —miró a Erik de reojo—, que sea con respeto… y con sinceridad.
Las chicas rieron entre sí, aliviando la tensión, y Mika soltó una sonrisa leve pero sincera. Erik simplemente ladeó la cabeza, resignado y divertido al mismo tiempo.
El aire se volvió más liviano, más claro. Y mientras el almuerzo continuaba, una sensación distinta flotaba entre ellas: la de un lazo que se había tensado por un instante… y que ahora era más fuerte que antes.
Luego de que la última cuchara raspó el cuenco de madera, la sobremesa se disolvió en risas dispersas y peque?as tareas cotidianas. Las chicas comenzaron a levantarse de a poco, algunas para lavar, otras para llevar cosas de regreso a las despensas, y Mika, aunque todavía algo pensativa, se fue con Lera hacia su taller después que le dijera algo al oído como un gran secreto. Las mayores, por su parte, se dispusieron a ir a su caba?a, con Suri tomada de la mano de Jaia, dejando a Erik solo en su lugar.
Durante toda la comida, Erik había guardado una esperanza silenciosa: que alguien, cualquiera de ellas, le preguntara por lo que había quedado pendiente noches atrás. El relato de su familia, su infancia, y... en el umbral de una historia aún más difícil. Pero nadie lo había mencionado en días. Ni una sola vez.
Se apartó entonces con calma, caminando hasta sentarse en el tronco alargado que usaba como banco, justo frente a su caba?a. Desde allí veía cómo el sol filtraba su luz entre los árboles altos, cómo el viento movía con suavidad las cortina de tela que colgaba en la entrada de su caba?a. El calor no era tan sofocante, pero bastaba para hacerlo sentirse algo más lento, algo más... cansado.
Fue entonces que escuchó unos pasos suaves. No necesitó voltear: por cómo se hundía la tierra bajo el peso sutil, supo que era Becca.
Ella se sentó con lentitud a su lado, sin decir palabra al principio. Miró el mismo horizonte que él, como si también buscara algo entre los árboles. Luego dijo, sin mirarlo:
—Pensaste que alguna te iba a preguntar por lo de noches atrás, ?cierto?
Erik giró un poco el rostro hacia ella, sorprendido.
—Sí… supongo que se me notaba, ya pasaron varios días.
Becca asintió levemente. Se pasó una mano por su trenza y luego apoyó los codos en las rodillas.
—No es que no queramos saber. Al contrario. A veces es más difícil de lo que parece, pedirle a alguien que vuelva a abrir una herida… más cuando ya compartiste tanto esa noche. No queríamos presionarte. Ni lastimarte.
—No me dolería contarlo —respondió Erik con voz suave, mirando sus propias manos entrelazadas—. Digo, sí... dolería recordar, pero... me haría bien. Ya no estoy solo. Y quiero que lo sepan.
Becca lo miró entonces, con esos ojos profundos que parecían ver más allá de lo evidente.
—Lo sé. Y creo que las demás también lo saben. Pero... ?sabes? A veces necesitamos tiempo para reunir el valor. No solo para hablar... también para escuchar.
Erik sonrió apenas. Aquella frase tenía un peso inesperado. Le recordó a su abuela. A una de esas tardes lentas donde le ense?aba a no apurar el fuego cuando cocinaban en el campo.
Becca notó su gesto y, sin perder la calidez de su voz, agregó:
—Quizá esta noche. O cuando lo sientas. Tú avisa. Y ahí estaremos.
—Gracias, Becca. En serio.
Ella asintió, y justo cuando parecía que se iba a levantar, se inclinó un poco más hacia él. Su mano rozó suavemente su brazo, y sin decir nada, apoyó por un breve instante su hombro al de el, como si dejara allí una palabra no dicha. Luego se separó apenas, lo miró con una ternura contenida, y le dio un beso suave en la mejilla. Después, rodeó con un brazo su espalda en un abrazo corto pero cálido.
—No estás solo, Erik. Ya no —susurró.
Y con una sonrisa que no buscaba seducir, sino simplemente acompa?ar, se puso de pie. Dio unos pasos, y antes de alejarse del todo, volvió a mirarlo por encima del hombro:
—Voy con Hada. Te veo más tarde.
Erik la vio marcharse, sintiendo en la piel aún el calor de ese peque?o beso, y en el pecho la seguridad de que, sin importar qué viniera después, ya había encontrado algo parecido a un hogar.
El sol comenzaba a esconderse tras las copas de los árboles, ti?endo el cielo de un anaranjado suave que anunciaba el fin del día. En la aldea, la mayoría de las tareas ya estaban resueltas, y poco a poco las mujeres comenzaban a recogerse hacia sus caba?as, o a sentarse para conversar mientras la noche avanzaba.
Erik en su caba?a se lavó las manos y se afeito, y se lavo el rostro en el cuenco de agua fresca, como lo hacía cada noche, pero esta vez sus movimientos eran más lentos. No por cansancio. Sino por la forma en que le latía el pecho.
Lera le había pedido que pasara por su taller esa noche, para tomarle medidas. Solo eso, en apariencia. Pero algo en su mirada al invitarlo, y la forma en que sus dedos se habían demorado unos segundos de más sobre su brazo esa ma?ana, le decían que no era una cita cualquiera. Que podía ser una noche distinta.
Mientras se alistaba para ir donde Lera, una idea volvió a golpearlo como tantas otras veces: ?Estaría bien sentir algo por más de una mujer?
Desde ni?o le habían ense?ado que el amor verdadero era uno solo. Que cuando llegaba, sabías que era con esa persona y no con otra. Que todo lo demás eran enga?os, errores, infidelidades.
Y lo que sentía por Mika… era amor. Lo sabía. Habían ya dormido varias noches juntos, abrazados y aunque a veces sentía algo de timidez por dormir con una mujer casi desnuda a su lado. Se habían elegido en silencio, con respeto, con ternura. Por dentro, ya la consideraba su pareja, su novia. Tal vez su única pareja.
Pero entonces estaban las otras. No como tentaciones. Como afectos reales, diferentes, únicos. Como miradas que lo tocaban sin palabras, como gestos que le hablaban al alma. ?Era posible amar a más de una persona sin mentir, sin destruir nada?
En la Tierra, sería condenado por siquiera pensarlo. Pero aquí… esas reglas no existen y eran otras. El corazón también.
Respiró hondo, como si buscara dejar atrás la culpa. Y salió, con pasos lentos, hacia el taller de Lera.
Desde muy temprano había estado recordando que le había prometido a Lera pasar por su taller para que le tomara medidas para un nuevo pantalón. Y aunque en teoría era algo simple, práctico, sin complicaciones… por alguna razón sentía mariposas en el estómago.
—“?Y si me pide que me desvista, como lo hace con las demás chicas?”, pensó, sintiendo un leve calor subirle por el cuello.
Ya era completamente de noche cuando Erik por fin llegó al taller de Lera.
Las estrellas brillaban con claridad, derramando luz sobre los techos y senderos. Erik caminó con paso algo rápido, sabiendo que se había retrasado más de lo que debía. El calor residual del día comenzaba a disiparse, y una brisa fresca se colaba entre las ramas.
Al llegar, entro con cuidado.
Dentro, el ambiente estaba impregnado con el olor a cuero, aceites naturales y resina trabajada. Las luces tenues de varias velas de resina oscilaba, proyectando sombras suaves sobre las paredes repletas de herramientas, estantes con telas enrolladas, moldes colgados con alfileres de hueso y una gran mesa de trabajo algo despejada.
Lera se encontraba de espaldas, revisando algo entre los estantes. Al oírlo entrar, giró la cabeza apenas un poco.
—Llegas tarde —dijo en tono neutral, sin volverse completamente—. Pensé que habías olvidado tu promesa.
Erik se rascó la nuca con cierta incomodidad.
—Lo siento. Me entretuve con unas cosas… Se me fue la hora.
Lera suspiró, lo bastante fuerte como para que él lo notara, pero cuando se dio vuelta ya tenía una media sonrisa en el rostro.
—Supongo que estás aquí, al menos. Eso cuenta.
Erik sonrió de vuelta, con un dejo de culpa. Sus ojos se deslizaron por el interior del taller hasta detenerse en la mesa central, donde algo llamó su atención. Avanzó unos pasos.
—?Esa es…?
Sobre la mesa, perfectamente estirada y tratada, estaba la piel del animal que habían matado dias atrás con Mika. Aquella bestia que se asemejaba a un oso. Ahora, el cuero estaba limpio, curtido, con los bordes reforzados por una costura firme pero estética, la cara bien peluda por el pelo algo largo del animal y el interior suavizado al tacto. Era una alfombra terminada, tal como él le había pedido a Lera.
—?La terminaste?
—Si —dijo ella, y fue hasta el borde opuesto para ayudarlo a bajarla—. Ayúdame a extenderla.
Entre los dos colocaron la piel en el suelo, junto al rincón donde ella solía tomar medidas. El cuero crujió suavemente al contacto con la madera, y cuando se alisó completamente, reveló su textura robusta pero cálida.
—Quedó increíble —dijo él, genuinamente impresionado, tocando el borde con la yema de los dedos.—. Se nota que le pusiste mucho trabajo.
—Mucho más del necesario —murmuró ella, bajando la mirada un segundo antes de tomar una tira de cuero.
—Bien… ven. Te mediré para el pantalón nuevo —a?adió con voz más firme.
Erik asintió sin sospechar mucho, y se posicionó donde ella le indicó, cerca de la alfombra. Lera se colocó frente a él con la tira larga de cuero que usaba para medir en mano.
Pero desde el primer contacto, algo era distinto.
Sus manos parecían más lentas. Al pasar la tira alrededor de su cintura, lo hacía con delicadeza, como si cada centímetro tuviera importancia más allá de la función práctica. Sus dedos rozaban su abdomen, su espalda baja. La cinta bajó un poco más de lo necesario al rodearle la cadera, y sus ojos —que apenas levantaban la mirada— lo escaneaban con una concentración no habitual.
Erik comenzó a tensarse ligeramente. Notaba el calor de su cuerpo tan cerca, su respiración suave pero presente. Lera rodeó su pierna con la tira, bajando lentamente, y al subir, su mano se apoyó fugazmente sobre su muslo derecho. Fue apenas un gesto, pero suficiente para que él retrocediera medio paso.
—Lera… —empezó a decir con tono incierto—. ?Estás segura de que esto es necesario?
Ella se detuvo, aún agachada. Y cuando alzó la vista, su expresión ya no era ambigua. Era clara. Clara y firme.
—No. No lo es —admitió en voz baja, dejando que la tira de cuero cayera al suelo como si ya no tuviera sentido alguno.
Se incorporó con lentitud, quedando muy cerca de él. Con los ojos casi a la misma altura. Lo miró directo a los ojos, y esta vez no desvió la mirada.
—Erik… Ya terminé el pantalón hace días. Todo esto fue solo una excusa para tenerte aquí, a solas.
él no respondió. Solo la miraba, paralizado entre la sorpresa, el desconcierto y algo más difícil de nombrar.
—Estoy cansada de fingir que no me pasa nada contigo —continuó Lera—. Cansada de guardar esto dentro, mientras tú... vives como si no te dieras cuenta.
Erik dio un paso hacia atrás cuando Lera se acercó demasiado, pero ella no le dio tiempo a escapar.
—No te vayas todavía —dijo con voz temblorosa, pero decidida, y lo abrazó con fuerza por la cintura. Fue firme, sincero, apretado. Como si temiera que él se escapara sin oírla.—. Siempre haces eso. Siempre te vas.
Erik permanecía de pie, el corazón golpeándole en el pecho, con los brazos apenas levantados, como si aún no supiera qué hacer con ellos. Lera seguía aferrada a él, sin aflojar el abrazo.
Erik se quedó quieto, sintiendo el calor de su cuerpo, el latido rápido en su pecho. Entonces, Erik tragó saliva. Iba a decir algo. Algo amable, tal vez para calmar la tensión, tal vez para disculparse. Pero no alcanzó a emitir palabra.
Lera Lo miró con dulzura, pero también con deseo contenido, y se acerco apenas para rozar sus labios con los de él en un beso firme, cargado de emociones que había guardado por demasiado tiempo.
Cuando se separaron, su voz tembló.
—Lera… no deberías… yo…
—No quiero reemplazar a Mika. Sé que están juntos… lo sé desde hace muchos días. La noche antes de la fiesta de Suri… te vi. Los vi tomados de la mano. Los vi besarse en la entrada de su caba?a.
Erik la miraba sin poder ocultar la sorpresa.
—No dije nada —continuó ella, con el rostro encendido—. Porque me dije que debía respetarlos… pero. No puedo quedarme callada. Yo también quiero sentir lo que siente Mika contigo. Quiero tu cari?o. Tu amor.
Lera volvió a acercarse. Esta vez con más confianza. Erik, confundido y con el corazón acelerado, intentó decir algo, pero sus palabras se ahogaron cuando Lera volvió a besarlo. El contacto fue más profundo, más íntimo. Erik no la rechazó, su cuerpo tembló con la emoción, el calor… y cuando Lera se impulsó ligeramente hacia él, ambos perdieron el equilibrio.
Con un suave golpe, cayeron hacia atrás, aterrizando sobre la alfombra peluda de piel. Lera quedó encima de él, con una rodilla a cada lado de sus piernas. Su respiración estaba agitada, sus mejillas encendidas. Los ojos de ambos se encontraron en un silencio cargado de deseo, ternura y confusión.
Aún sobre la alfombra, Erik rodeó a Lera con los brazos. No supo en qué momento exacto lo hizo, si fue por impulso, por deseo, por ternura o simplemente porque no quería herirla. Su cuerpo reaccionó antes que sus palabras, y durante un instante, se permitió sentir.
Lera, aún encima de él, bajó el rostro para volver a besarlo, más suave esta vez. Sus labios se rozaron con cuidado, como si quisiera memorizar aquel instante para siempre. Erik, con el corazón latiendo con fuerza, entrecerró los ojos y estuvo por decir algo, por aclarar lo que sentía, pero no alcanzó a abrir la boca cuando un sonido sutil los sacó de la burbuja.
—?Ploc!
Un golpe seco, como algo cayendo.
Ambos giraron al mismo tiempo hacia el lugar de origen del ruido era la entrada del taller, y ahí, de pie, con el rostro congelado en una expresión entre sorpresa, culpa y dolor… estaba Mika. Llevaba en sus manos un peque?o cuenco de madera con frutas, las favoritas de Lera.
La escena frente a ella era clara: Lera sentada sobre Erik, su ropa algo desordenada, sus cuerpos demasiado cerca. Por un segundo, nadie habló. Sólo los ojos de Mika lo dijeron todo.
Sus dedos temblaron, y varias frutas cayeron al suelo, rodando lentamente hasta quedar esparcidas sobre las tablas de madera.
—… Tonta… soy una tonta… —dijo Mika con la voz rota, antes de girarse y salir corriendo.
—?Mika ! —gritó Erik de inmediato, incorporándose.
La culpa lo invadió como una ola helada. El rostro de Mika, su voz, el sonido de las frutas cayendo… todo lo golpe de pronto. ?Qué había hecho? ?Por qué no se detuvo antes?
Se incorporó torpemente, aún con Lera sobre él, y con suavidad la apartó a un lado, sin brusquedad, pero con urgencia.
— Lo siento —alcanzó a decirle, sin mirarla.
En su apuro por seguirla, dio un paso torpe, resbalando con una de las frutas que Mika había dejado caer. El pie se le fue hacia atrás y cayó de rodillas. Al intentar apoyarse con el brazo derecho, su brazo cerca del hombro se raspó contra el borde de una herramienta que Lera había dejado sobre una banqueta. Un corte delgado pero firme se abrió en su piel, dejando un hilo de sangre.
Erik apretó los dientes por el ardor arrepentido, pero no se detuvo. Se levantó de inmediato, ignorando el dolor y la sangre que empezaba a manchar su piel. La culpa lo empujaba con más fuerza que cualquier herida.
Lera, aún sentada sobre la alfombra, estiró una mano hacia él, intentando detenerlo, deseando explicarle… algo. Pero sus palabras se ahogaron en el aire.
— Erik… espera, yo solo quería que s… —grito, pero él ya no estaba. No la escuches. No podía.
El corazón de Erik palpitaba con fuerza, no por el beso, no por el corte en su brazo, sino por la expresión de Mika. Ese rostro, esa frase… dolían más que cualquier herida.
él solo pensaba en Mika , en su dolor… y en lo que acababa de perder.
Afuera, la noche envolvía la aldea en sombras. La luz de las velas del taller se desvanecía a sus espaldas, mientras corría, con el corazón en llamas y un hilo de sangre bajando por su brazo, y un silencio que dolía.
ropa de Arlea, bueno algo parecido no pude sacarla igual como quería pero es la idea, y si se preguntan si tendrán más ropas todas

