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Capítulo 15: El Oro de Jericó (La Belleza, la Amenaza y el Harem)

  Después de una semana de viaje, finalmente llegamos a Jericó. La ciudad era radicalmente diferente a Hai: más ruda, más cálida, con el polvo y el brillo del desierto.

  —Por fin llegamos, ?estás lista? —preguntó Hadram, observándome con expectación.

  —Sí —respondí, sintiendo una mezcla de alivio y adrenalina.

  —Bien, deben abrir las puertas —ordenó el Rey Zekeriel, montado en su caballo, su figura imponente.

  —?ATENCIóN! ?ABRAN LOS PORTONES DEL REINO, AHORA! —gritó el Soldado Tibar.

  Los enormes portones se abrieron con un chirrido resonante, revelando el interior de la ciudad.

  —Ahora conocerás lo más único en el mundo —dijo Hadram.

  —Yo estoy feliz.

  El pueblo, al ver que su Rey llegaba, corrió a inclinarse ante él. El Rey Zekeriel, montado, saludaba a toda la gente con gestos amplios. Hadram también saludaba a lomos de su caballo, y de inmediato, las jóvenes se enamoraron de él. Te preguntarás, ?por qué están enamoradas de él si es un Casanova? Hadram siempre cortejó a las chicas diciéndoles cosas bonitas, por eso.

  —?Príncipe Hadram, lo amamos!

  Al ver que mi marido era tan popular entre las jóvenes, solo podía sentir un raro sentimiento, como asqueroso. Podía ser eso lo que sentía: la posesividad de la esposa. Pero Hadram era feliz saludando a cualquier chica. Ellas, al estar tan enamoradas de mi marido, no sabían que yo había llegado, pero decidí que no me vieran, porque cuando me anunciaran, sentiría placer al presenciar su decepción.

  El Rey Zekeriel, Hadram y Lizarel llegaron hasta el Palacio.

  —?ATENCIóN! ?ABRAN LAS PUERTAS DEL PALACIO! ?EL REY LLEGó! —anunció el Soldado Tibar.

  Las puertas se abrieron y entramos.

  —Vamos —dijo el Rey Zekeriel.

  —Wow, es más diferente aquí. Nunca vi tanta belleza —dije, observando el patio interior.

  —Lo sé, es diferente —respondió Hadram, orgulloso.

  —Sí, es asombroso.

  —Vamos. ?Te parece a la Sala del Trono, sí?

  —Claro.

  Caminamos por el corredizo. Era amplio, más colorido que en Hai, y con ventanas sin vidrio, abiertas al aire libre, permitiendo que la brisa cálida circulara.

  —Wow, es muy diferente a lo que pensé.

  —Así es. Mira lo majestuoso, ?no?

  —Y tiene un poco más de oro.

  —Sí. Nosotros, cuando vamos a la guerra, nos llevamos el oro que nos pertenece, no miento —dijo él, sin ningún pudor.

  —Es fantástico, en serio.

  —Yo lo sé, amor.

  —Sí, pero es más amplio el corredizo.

  —Debo admitir que sí.

  —Es muy hermoso, como la vista.

  —?Sabes qué es lo más lindo?

  —?Qué es, dime?

  —Tú, ?lo sabías? Eres el oro más precioso que he tenido. Quien ose tocarte, lo mataría, porque tú eres más valiosa que nadie, ?lo sabías?

  —Lo sé, pero...

  Hadram me dio un beso. Al no poder terminar mis palabras, sentí el amor fluir al estar en los brazos de mi amado.

  —?Dónde están mi hijo y mi nuera? —preguntó el Rey Zekeriel, impaciente.

  —Creo que... —empezó el Soldado Tibar.

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  —Ve por ellos.

  —Claro, con su permiso.

  —Debe ser que andan ardientes, jajaja. Ay, estos jóvenes.

  El Soldado Tibar nos encontró enseguida. —Príncipe, ay, perdón...

  —?Hey, Tibar! No puedo besar a mi esposa aquí en el corredizo, chismoso —reprendió Hadram, pero con una sonrisa.

  —Perdón, Príncipe, pero su padre supo de su lejanía, por eso...

  —Ah, ya entendí, claro.

  —Vamos, yo...

  —Espera, deja darte un beso.

  —No, sería falta de respeto. Vamos.

  —Pero yo quiero uno, solo uno.

  —?NO! Cuando digo no, es no, ?entendido?

  —Sí, claro, mi amor —dijo Hadram, resignado, pero con la fascinación grabada en el rostro.

  —Aquí están —dijo Tibar.

  —Mi nuera linda, ?lista? —dijo Zekeriel.

  —Perdón por la tardanza. Al ver su Palacio, me cautivó, por eso disculpe.

  —No te preocupes, sí. Vas a conocer la Sala del Trono, ?lista?

  —Claro, Soberano.

  —?Abran las puertas! —ordenó el Soldado Tibar.

  Al caminar hacia el trono con mi suegro, que era carismático, sentí que la presencia del poder aumentaba. La Sala del Trono era amplia, las paredes de un dorado oscuro opulento, el techo labrado en oro, y la iluminación era perfecta. Pero lo más imponente era el trono: de color negro macizo, y atrás, imponente, estaba la efigie del dios Moth.

  —Wow, es, es muy diferente —dije, sintiendo la fascinación y el poder de aquel lugar.

  —Sí, ?verdad? Es digna.

  —Sí, Soberano.

  —Ven.

  Al caminar a la Sala del Trono, sentí algo dentro de mí, como si sintiera el poder al estar cerca del trono, el verdadero peso de una Reina.

  —Entonces, querida nuera, ?te gusta este Palacio?

  —Me gustó, Soberano y suegro. Es, es algo inigualable.

  —Amor, es más diferente, pero... —empezó Hadram.

  —?Shhh, silencio! Deja hablar a Lizarel, mi nuera. Dime, querida.

  —Es fantástico, es lo que nunca pensé estar en este reino, Soberano.

  —Sí, cierto. Bien, ?por qué no vas a relajarte, te parece?

  —Será un placer.

  —HADRAM, tú te quedas. Lizarel se va a relajar. Tenemos que hablar cosas más importantes ahora.

  —Pero, Padre...

  —Amor, después te veo, sí.

  Le di un beso en el cachete, haciendo puntillas, pero feliz.

  —Tibar, lleva a mi mujer al Harem, vigílala. Si le hacen algo, avísame.

  —Claro, Príncipe. Princesa, por aquí.

  —Claro.

  Lizarel y el soldado salieron de la Sala del Trono, dejando solo al Rey y al Príncipe.

  —?Qué pasa, Padre?

  —No te hagas, idiota.

  —?De qué, Padre?

  —Sé que estás feliz de algo y sé de qué. Tú sabes a quién me refiero. No creas que no lo veo. Yo sé que irás a ver a esa persona.

  —Papá, ya me casé y...

  —Puedes mentir a tu mujer, pero a mí no. Yo sé mejor que tú. Yo te conozco mejor que tú mismo. Si sigues viendo a esa persona, yo mismo mando a matarla, ?tú lo sabes, ?verdad? ?Entendiste? ?DIME!

  —Sí, Padre, sí.

  —Bien, entonces respeta a tu futura familia.

  —Sí, Padre.

  En el Harem, el lugar era un hervidero de intrigas y sedas.

  —A ver todas, esposas del Rey, deben saber que deben ensayar para bailar a su marido. Ay, por los dioses, ?qué voy a hacer con ustedes? Debo yo hacerlo todo. Miren... —dijo Amreh, el eunuco principal.

  Amreh empezó a dar pasos de baile con delicadeza, pero luego las esposas del Rey Zekeriel se empezaron a reír. Después las esposas empezaron a ensayar.

  —?Qué sucede? ?De qué se ríen? Dejen de reír y mejor empiecen ahora. ?Ay, qué delicadas! —dijo Amreh, con fastidio y un aire efusivo.

  —?Es aquí? —pregunté a Tibar.

  —Así es, Princesa.

  —Es muy diferente.

  —?Quién es ella? Hola, Tibar —dijo Amreh, deteniendo la lección.

  —Hola.

  —?Quién es ella? Es muy linda. ?Es tu novia, ?eh?

  —No es mi novio. Soy la Princesa de Hai.

  —?Usted es la esposa de Hadram!

  —Así es.

  —Wow, usted es muy hermosa, en serio. La verdad es más hermosa que las esposas del Rey Zekeriel.

  —él es... —empezó Tibar.

  —?Shhhh! No digas nada. Yo me llamo Amreh, el eunuco de este Palacio, ?lo sabías? —dijo Amreh, fresa.

  —No, es un placer conocerlo.

  —Encárgate de que se sienta cómoda —ordenó Tibar.

  —Claro.

  —Protégela. El Príncipe Hadram dijo que la cuidara y debes hacerlo. Sabes que, si alguien le hace algo a la futura Reina, serán ejecutados —dijo Tibar, con un tono serio.

  —Claro, no se preocupe.

  —Con su permiso, Princesa.

  —Espera, Princesa, sí.

  —Claro.

  —?ATENCIóN, se?oras! Les quiero presentar a alguien importante. No se pongan celosas, no piensen que es otra esposa de su amado Rey. Yo hablo de la esposa del Príncipe Hadram, ella...

  —Es un gusto conocerlas —dije, sintiendo sus miradas punzantes.

  —?Es muy hermosa! —murmuró una esposa.

  —Ella es la esposa del Príncipe Hadram. Parece más la esposa de nuestro amado Rey. ?No estarás mintiendo, eunuco? —dijo la Esposa Segunda, una mujer de porte altivo.

  —No estoy mintiendo. El Soldado Tibar, él sabe.

  —?Te llamas Lizarel?

  —Soy de Hai. ?Algún problema?

  —Sí, odio el Reino de Hai. Ellos invadieron hace a?os mi reino, antes de que naciera, ?no lo sabías? Ya lo sabes.

  —No lo sabía, pero yo no soy esposa del Rey Zekeriel, sino de Hadram.

  —Ja, jajaja. Deja de mentir. Tú solo serás olvidada y así será. Nunca podrás ser la favorita.

  —Yo...

  La Segunda Esposa del Rey Zekeriel me dio una bofetada fuerte, pero esta vez, no caí al piso. Resistí, la humillación quemándome. Luego, la Segunda Esposa me aventó agua en la cara.

  —Para que se te quite.

  —?Ah, por los dioses! Ahora sí el Príncipe Hadram me matará —gimió Amreh.

  A pesar de que la Segunda Esposa de mi suegro me había humillado, lo que no esperaría es que algo ocurriría.

  —Ahora vas a aprender a no meterte con mi hombre, desgraciada, maldita. Te voy a matar, ?toma!

  Mientras me insultaba, mantuve la compostura, incluso mientras me empujaba al piso.

  —Ahora te voy a...

  —?SUéLTALA! —rugió una voz atronadora.

  —?Príncipe! —dijo la Segunda Esposa, paralizada.

  —?CóMO OSAS! ?No te atrevas a ponerle la mano!

  —Príncipe...

  —?ES MI MUJER!

  —?Qué! El eunuco no mentía...

  —Ahora sabes —dije, sintiendo un placer oscuro.

  —Mi amor, ?estás bien?

  —Me dolió.

  —Te llevaré a nuestros aposentos, sí.

  Al llegar el momento en que casi me humillan por completo, Hadram me defendió, llevándome en sus brazos y cargándome. En medio del desorden, sentí que la protección de Hadram era real, y eso me gustaba.

  2. ?Comenta tu teoría!

  ?Nos vemos en la próxima actualización de 'La Reina Lirazel'!

  


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