Cuando los animales reconquistaron los territorios que les habíamos arrebatado durante milenios, no nos quedó más alternativa que atrincherarnos y volver a empu?ar el fuego y las armas de cuerpo a cuerpo. Era como regresar a la Edad de las Cavernas, solo que esta vez llevábamos con nosotros la experiencia acumulada de siglos y una tecnología que, aunque limitada, marcaba la diferencia.
Ellos tomaron gran parte de lo que habíamos construido: ciudades que antes bullían de vida humana quedaron reducidas a territorios salvajes; pueblos enteros fueron absorbidos por la maleza y convertidos en guaridas; casas que alguna vez albergaron familias se llenaron de nidos y madrigueras. Fue una reconquista implacable.
Con el tiempo, logramos recuperar parte de lo perdido. Calle a calle, edificio a edificio, volvimos a plantar nuestra bandera en el asfalto y el concreto. Pero algo había cambiado para siempre: jamás volvimos a aventurarnos en los bosques con la arrogancia de anta?o. Tampoco intentamos expandirnos más allá de los límites que la naturaleza parecía haber fijado. Aprendimos, por las malas, que entre aquellos árboles se escondían las verdaderas bestias.
-Profesor de historia de la Nueva Era
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De camino hacia la Ferretería "Los
Hermanos Hernández"
El trayecto hasta la ferretería era corto: unos quince minutos a paso tranquilo desde su casa. Su tío, Don To?o, no solo le había dado trabajo, sino también la oportunidad de vivir cerca, en una peque?a casa que rentaba a precio familiar. Mientras caminaba, prestaba atención a los sonidos de la calle: el rugido de los motores, el chirriar de los frenos, el paso constante de los vehículos que recorrían la avenida. No era un lugar particularmente ruidoso, pero sí lo suficiente como para mantenerse alerta.
Avanza sobre la banqueta, con miradas laterales que vigilan el flujo de los coches, y de vez en cuando, gira la cabeza para asegurarse de que nadie lo sigue demasiado cerca. No es paranoico, solo precavido, gracias a su antigua vida en las calles y su historial. Hoy, sin embargo, hay un sonido nuevo detrás de él: el suave y constante taconear de Ash, que lo acompa?a como una sombra peluda.
De reojo, observa al felino. No parece nervioso, ni perdido. Camina con determinación, como si supiera exactamente adónde va y por qué. Su humano se pregunta, brevemente, qué lo habrá motivado a seguirlo hoy, pero no le da demasiadas vueltas. Al fin y al cabo, los gatos son así: impredecibles, independientes, due?os de sus propias decisiones.
Mientras avanza, su mirada se desvía hacia el entorno. Algo ha cambiado en los últimos meses, algo que no pasa desapercibido para quien, como él, recorre esta runa a diario. Las plantas crecen con una velocidad inusual. Donde antes había pasto corto y controlado, ahora hay maleza alta, enredaderas que trepan por las paredes, árboles que parecen haber ganado metros en semanas. Ve con frecuencia equipos de jardineros, siempre con más personal, cortando el césped una y otra vez, como si lucharan contra una fuerza invisible que empuja a la naturaleza a reclamar el espacio que una vez fue suyo.
Una observación inquietante. Las aceras están más verdes ya que crece césped entré sus huecos y fracturas, los jardines parecen peque?os bosques en miniatura, y cada vez es más común ver raíces rompiendo el concreto.
La última vez que cortaron el césped en la zona por la que camina fue hace apenas dos días, y ya el pasto en algunos parques casi le llega a la cintura. Es algo claramente anormal. No se trata solo del césped: los árboles también han incrementado su tama?o varios metros, superando ahora el techo de las casas más bajas.
No es una persona paranoica, pero sí precavida, algo que heredó de su antiguo estilo de vida.
Algo que el llama su pasado oscuro aunque nunca lo a dicho en voz alta, en su cabeza suena genial.
Por otro lado también ha notado un movimiento inusual de militares con vehículos pesados circulando por las calles, especialmente por las avenidas principales y el centro de la ciudad. Aunque no suele pasar por allí, en redes sociales se han multiplicado las imágenes de estos convoyes, acompa?ados de personal con equipos de medición cuyo propósito desconoce. Este despliegue se repite en varias partes del país.
Después de darle algunas vueltas al asunto, dejó de pensar en ello al llegar a la ferretería.
El local aún estaba cerrado, con sus cortinas metálicas bajadas. Su tío llegaría en unos diez minutos, según sus cálculos. Sacó su llavero, donde guardaba una copia de las llaves de los candados de las cortinas, y comenzó a levantarlas con esfuerzo. Eran pesadas, y hacía más de seis meses que no podría hacerlo solo debido a una lesión en su rodilla izquierda. Pero en las últimas semanas se sentía mejor con también más energía de lo habitual, pero aún persistía un dolor agudo, aunque soportable.
?Una ya está? murmuró para sí con satisfacción, al lograr subir la primera cortina.
Mientras buscaba la llave para abrir la puerta del negocio, escuchó la voz de su tío detrás de él:
???Pero qué haces, mijo!? ?No te he dicho que me esperes para abrir? ?Te puedes volver a lastimar!? La voz de Don To?o sonaba entre enojada y preocupada, sin dejar de mirarlo fijamente, con los ojos fijos en su rodilla como si pudiera romperse en cualquier momento.
???Acostumbrarse al dolor?! ??Estás tonto?! ?Al dolor no hay que acostumbrarse, muchacho!? Su tío lo interrumpió de golpe, alzando la voz hasta volverla firme y autoritaria, aunque sin perder del todo su tono paternal. Con un gesto inconsciente, se llevó la mano a la sien y se masajeó ligeramente, como intentando calmar la frustración que le hervía por dentro.
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Respiró hondo, contando mentalmente hasta tres, antes de posar de nuevo la mirada en su sobrino. ?Escucha, Al, no tienes que forzarte ni acostumbrarte al dolor. Así la herida no sana, y con el tiempo puede empeorar. Como todo en la vida?, a?adió, con un deje de experiencia que solo dan los a?os.
?Está bien, tío. La verdad es que en estas últimas semanas, por alguna razón, me he estado sintiendo mejor?, respondió Al, intentando sonar convincente.
Su tío alzó una ceja con expresión incrédula, pero en el fondo sabía que su sobrino no mentiría en un asunto así. Prefería evitar la verdad antes que inventar una mentira, y eso era algo que el siempre había valorado de él aunque detestaba que siempre se guardaba las cosas pará el solo, sin abrirse o compartir sus problemas con los demás y eso le dolía.
Don To?o suspiró con resignación mientras observaba a su sobrino abrir la puerta del local.
?Por cierto, ?y ese es Ash? ?Qué hace aquí? Mi esposa me dice que siempre está con ellos durante el día...?
La pregunta flotó en el aire mientras el joven seguía la mirada de su tío. Don To?o se?aló con el mentón hacia la entrada, donde el felino se encontraba.
?Espera... ?él pasa las tardes con mi tía??, preguntó el sobrino, girándose para mirar a Ash. Justo en ese momento, el gato volvió la cabeza hacia el otro lado con un movimiento estudiadamente casual, como si de pronto le interesara enormemente examinar una grieta en la pared. Sin hacer contacto visual, se dirigió hacia la entrada con pasos lentos y despreocupados, se acomodó en el suelo con una fluidez felina exagerada y soltó un bostezo teatral que mostraba todos sus dientes que eran inusualmente grandes y afilidos.
??Espera, no lo sabías??, insistió Don To?o, cruzando los brazos sobre el pecho. ?Creí que sabías que se la pasa con mi esposa y con Leo...?
La revelación golpeó al joven con fuerza visible. Su rostro pasó de la confusión a la sorpresa, luego a un lento entendimiento. Siempre había creído que Ash llevaba una vida callejera independiente, pero ahora veía que en realidad tenía una segunda familia organizada. Lo que más le impactaba no era el enga?o felino, sino la dedicación que implicaba recorrer diariamente la distancia entre ambas casas y lo más desconcertante: cómo demonios sabía el gato exactamente dónde encontrarlos.
Suspiró profundamente, dejando escapar el aire con resignación, no pudo evitar lanzar una última mirada de reojo a Ash, quien ya se había acomodado como un rey en el umbral, aparentemente dormido pero con la punta de la cola moviéndose suavemente contra el piso.
Ambos entraron en el establecimiento, y con una sincronía perfecta producto de los a?os trabajando juntos comenzaron la rutina de apertura. El chasquido seco de los interruptores rompió el silencio seguido por el zumbido suave de los tubos fluorescentes que fueron iluminando progresivamente los pasillos repletos de herramientas. El aire quieto comenzó a moverse, levantando el característico olor a metal, madera y productos químicos que impregnaba el lugar.
Cuando llegó el momento de levantar las pesadas cortinas restantes, Don To?o se inclinó con sorprendente agilidad. Sus músculos, fortalecidos por décadas de trabajo manual, respondieron sin esfuerzo aparente, haciendo que las cortinas metálicas se deslizaran hacia arriba con un rechinar metálico pero fluido. La facilidad con que ejecutó el movimiento dejó al joven mirándolo con incredulidad.
??Y eso, tío? ?De qué no se queja de sus rodillas y de la espalda baja??, preguntó Al, entre desconcertado y curioso, sus ojos recorriendo la figura del hombre mayor que había realizado la tarea sin el menor indicio de molestia.
Don To?o se enderezó, una sonrisa espontánea apareciendo en su rostro curtido. ?No sé, Al. La verdad es que yo también me he sentido mejor estos días?, confesó, pasándose una mano por la cintura como buscando un dolor ausente. ?Esos malditos dolores de espalda empezaron a disminuir desde... ?hace un mes? No estoy seguro, pero ya no siento ese cansancio que me carcomía por las ma?anas?. Una carcajada gruesa escapó de su pecho, ??Capaz hasta he rejuvenecido, jajajaja!?
?Me alegra que lo menciones. Eso mismo me decía mi Ros...?
La frase quedó suspendida en el aire, interrumpida por un estruendo repentino: cientos de aleteos estallaron a la vez, un tableteo rítmico y ensordecedor que parecía sacudir el cielo. Al mismo tiempo, la luz del sol se difuminó bajo un manto de sombras movedizas, como si una nube negra y viva hubiera cubierto de golpe la ciudad. Era un sonido ajeno al paisaje urbano, un concierto de alas que no pertenecía allí.
Movidos por una curiosidad inmediata, tío y sobrino salieron al exterior casi al unísono. El viento generado por el batir de tantas alas agitó sus cabellos y ropas, y al alzar la vista, sus bocas se abrieron en un gesto de asombro silencioso.
Miles de aves formaban en el cielo una entidad única y ondulante, un "murmullo" viviente que se contorsionaba en el aire con coreografías hipnóticas. La bandada se expandía y contraía, dibujando espirales fluidas y olas oscuras que bloqueaban el sol, filtrando apenas haces de luz entre sus grietas. El sonido era abrumador: un crujir colectivo de plumas y alas que resonaba en el pecho.
??Es una parbada!?, gritó Al, sin poder apartar los ojos del cielo.
??Pero qué hacen aquí? Esto es la ciudad...?, respondió Don To?o, frunciendo el ce?o.
Ambos reconocían el fenómeno "Murmullo" de documentales, pero nunca lo habían presenciado en carne propia. Menos aún en medio de una zona residencial. Los pájaros se movían con una precisión milimétrica, girando y zigzagueando en masas compactas que confundían la vista y desafiaban el sentido común. Era imposible distinguir especies individuales en aquel caos coordinado, en ese río negro y plateado que fluía sobre sus cabezas.
El espectáculo era a la vez hermoso y perturbador, y durante un largo minuto, ni el tío ni el sobrino pronunciaron una palabra más. Solo contemplaron, inmovilizados por la rareza del momento.
Pero el espectáculo duró apenas un momento. De pronto, el murmullo coordinado se quebró y las aves comenzaron a dispersarse en todas direcciones, como si una mano invisible hubiera arrojado piedras contra un enjambre. El cielo estalló en un caos de alas y gritos agudos. En medio del desbande, una figura más grande y poderosa captó su atención: un ave de presa acababa de aterrizar con elegancia mortal sobre el techo de un coche estacionado, cuyas alarmas comenzaron a parpadear en silencio bajo su peso.
Era un gavilán, una especie que Don To?o reconocía de sus a?os de juventud, cuando la mancha urbana aún no devoraba los montes cercanos. ??Un gavilán!?, exclamó el tío, se?alando con dedo tembloroso. ?Hacía a?os que no veía uno por aquí...?
Pero este no era el gavilán que recordaba. Este era distinto: más grande, casi del tama?o de un águila juvenil. Conservaba los patrones de plumaje característicos de tonos grises y marrones en un dise?o que imitaba la corteza de los árboles pero todo en él parecía amplificado y reforzado. El plumaje era más denso y lustroso, como si cada pluma hubiera sido ba?ada en aceite. Su pico, ahora más ganchudo y afilado, curvaba hacia abajo como un pu?al listo para desgarrar. Sus ojos ámbar brillaban con una inteligencia fría, y su cuerpo, notablemente más robusto, descansaba sobre patas alargadas y musculosas. Las garras, largas y curvadas como cuchillos, se clavaban en el metal del techo del coche mientras sujetaban a su presa: una paloma que luchaba desesperadamente por escapar.
Y la paloma misma era otra sorpresa: fácilmente duplicaba el tama?o de cualquier paloma urbana. Su plumaje era igualmente denso y resistente, y su pico se había alargado y curvado, adoptando una forma similar al de un cuervo, duro y afilado. Las alas parecían más largas y fuertes, aunque conservaba el cuerpo rechoncho característico de su especie. Una lucha se desarrollaba ante sus ojos, pero con participantes que parecían salidos de una era prehistórica.
La lucha fue breve y desigual. El gavilán, como depredador nato, demostró una clara superioridad. Asestó varios picotazos certeros mientras mantenía inmovilizada a lo que parecía una paloma común. Cuando la presa dejó de moverse, el ave alzó la cabeza y nos miró fijamente con sus penetrantes ojos anaranjados, evaluándonos con una intensidad que erizó la piel. En el momento en que se preparaba para alzar el vuelo con su botín, Ash irrumpió en la escena como un rayo gris.
El intercambio fue rápido y violento: zarpazos que cortaron el aire, golpes que apenas lograron hacer contacto. Ash derribó al gavilán junto con su presa en un movimiento fluido y preciso. Al reconocer a un depredador más grande y formidable, el gavilán emitió un grito agudo de frustración y emprendió la huida, sus alas batiendo con fuerza contra el viento.
Ash se quedó con la paloma entre sus fauces y, con un salto ágil y silencioso, desapareció entre el follaje de un árbol cercano, llevándose consigo el trofeo.
El tío y el sobrino se miraron, intercambiando una expresión de incredulidad. Los sucesos se habían desarrollado con una velocidad pasmosa.
?Tío... ?tú sabes qué diablos acaba de pasar??, preguntó el joven, con la voz entrecortada por la consternación. El espectáculo del murmullo ya era suficientemente extra?o, pero presenciar palomas de tama?o anormal y un gavilán que parecía salido de una pesadilla lo superaba. No podía determinar si ese era el tama?o natural de esas aves o algo fuera de lo común.
?No lo sé, mijo?, respondió Don To?o, rascándose la cabeza con gesto perplejo. ?Pero ese gavilán... estaba enorme para su especie. En todos mis a?os de vida, jamás había visto algo parecido.?
?Creo que mejor voy adentro ya tuve suficiente acción por hoy? dijo su tío con un tono cargado de cansancio, como si hubiera agotado su capacidad de asombro. Se?aló hacia el resto de plumas desordenadas y la peque?a mancha oscura que te?ía el suelo. ?Ponte a limpiar este desastre, por favor.?
Al acercarse, notó algo extra?o en la sangre: no era roja, sino de un tono oscuro, casi negro o azulado, y de una consistencia espesa y viscosa. No sabía cómo era la sangre de los animales, pero recordaba que en los humanos la sangre tarda al menos cinco minutos en volverse oscura, y esto había ocurrido hacía menos de un minuto. Una gota resbaló por el borde de la mancha, dejando un rastro denso y brillante.
Dejando a un lado las preguntas que empezaban a formarse en su mente, agarró una escoba y un balde con agua. Arrojó el líquido sobre la mancha y comenzó a frotar con fuerza, los movimientos circulares de la escoba borrando lentamente el rastro oscuro del suelo. Mientras lo hacía, su mente se desplazó hacia algo más mundano: contó mentalmente los días que faltaban para el estreno de la nueva temporada de ese anime que tanto le había gustado. El sonido del agua al chocar contra el suelo y el roce de las cerdas de l
a escoba se mezclaron con su respiración, mientras el mundo exterior parecía desvanecerse tras la puerta de la ferretería.

