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Villa Puerta de Sal (II): El niño bajo el heno

  Cuando las hierbas se acabaron, los rastrillos no tenían movimientos. No vieron más opción que buscar en otros lugares.

  Pronto ambos estuvieron frente a la casa de William, esperando a que saliera. El joven de cabello siempre desordenado —ni siquiera parecía peinarse con las manos— apareció acompa?ado de su hermana.

  Maribel sabía que, aparentemente, ambos habían huido a esa villa cuando eran jóvenes. No quería imaginar qué historia los había empujado hasta allí, ni mucho menos preguntar. Pero al menos podía devolver la hospitalidad y la amabilidad con trabajo.

  Así que empezó por lo único que podía hacer: limpiar.

  Su peque?o negocio atrajo la atención.

  Cerca del mediodía, Maribel y el ni?o habían retirado casi toda la hierba seca que podía llevar las motas de almidón a las muchas casas, no solo a la de los hermanos.

  Cuando el sol estaba en su cénit, trasladaron el último montón de pasto seco al establo. Allí podrían descansar cuando el oto?o avanzara. Era una forma humilde de vivir.

  Durante todo ese tiempo, Maribel sintió algo extra?o: una atención constante, expectante. No una mirada —no exactamente—, sino una presencia silenciosa.

  Incluso si no estaba el ni?o, era consciente de que nunca estaba realmente sola. El sistema seguía allí. No como una amenaza, sino como algo demasiado cercano.

  Ella se secó el sudor de la frente.

  ?Este sistema podría ser una clase de parásito, solo que espiritual?.

  —Ups… —murmuró cuando el ambiente pareció cambiar apenas—. Esto no es enojo… Se siente más como incomodidad. ?O decepción?

  El pensamiento la atravesó con lentitud.

  ??El sistema se sintió ofendido porque lo pensé como un parásito??

  Por primera vez desde su activación, percibía una emoción ajena con claridad. No era pesada ni agresiva, sino extra?amente brillante, demasiado intensa para algo que no tenía rostro.

  La sensación desapareció en cuanto lo reconoció.

  Desde entonces, Maribel empezó a notar peque?os momentos de calma que no sabía si atribuir al sistema o a su propia mente. Mente que por fin comenzaba a estabilizarse.

  Un grito distrajo su soliloquio.

  Desde el interior de la vivienda de William se escuchaban golpes de artesano y algún objeto cayendo.

  Clara había desaparecido temprano y acababa de regresar, cargando hojas y frutas.

  Un grupo de hombres llegó cargando un jabalí y tres liebres atadas a un enorme palo. Maribel los miró saltar alegres y se rascó la cabeza.

  ??Qué hay para presumir? No entiendo la diversión de los hombres?.

  Tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

  Tres sostenían el palo; otros cuatro caminaban en los flancos.

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  No era exhibición. Era una formación defensiva.

  Los que cargaban eran los protegidos.

  La revelación la golpeó con una mezcla de vergüenza y lucidez.

  ?Soy tan ignorante… ?Cómo no lo entendí antes? Debí mirar mejor?.

  Buscó en la casa de William.

  Allí vio a Clara y a muchas otras mujeres trabajar con hierbas y frutas que no reconocía. La cantidad de comida era excesiva incluso para todas ellas juntas. El jabalí solo bastaría para demasiados estómagos.

  Eso significaba una sola cosa: era para todos.

  Cuando estaban por encender el fuego, Maribel habló sin pensarlo.

  —Ah… esperen, no usen las virutas aún.

  Varias mujeres se giraron sorprendidas; algunas sostenían cuchillos.

  —Bueno… —a?adió, más consciente de sí misma—. Junté mucho pasto seco. Mucho más del que parece.

  —Es verdad —dijo una—. Hay demasiado. Podríamos usarlo.

  —?Estás loca? —respondió otra—. ?Quieres que nos caiga un castigo divino?

  —Cada oto?o las hierbas secas se meten en nuestras casas —replicó la primera—. Quemarlas evitaría eso. Además, el maestro de las hierbas nunca dijo que estuviera prohibido.

  —?Suficiente! —intervino una mujer mayor—. Siempre encuentran una razón para pelear. ?Son hermanas! ?Por la virtud de la flama roja, no peleen!

  Luego miró a Maribel. Su expresión era firme, pero la vacilación seguía allí, escondida.

  —Escucha, mujer. Si los vientos fríos soplan fuerte, el mar de arena nos ahogará. Si no, entonces estamos buscando la muerte, pero yo no. No toques la cola del dragón de fuego desde mi carretilla.

  Maribel no entendió nada, pero asintió.

  Horas después, Clara le pidió ayuda para repartir la comida. Otro grupo de hombres llegó, cubiertos de tierra. Maribel los observó comer sin detenerse.

  Entonces lo notó.

  —Clara… —dijo con cautela—. ?Por qué no se lavan las manos antes de comer?

  Clara la miró confundida.

  —?Lavarse…? ?Por qué? Ya se lavan en otro momento.

  Maribel tardó un segundo en reorganizar sus palabras.

  —Pueden enfermarse. Aunque sea quitarse la tierra…

  —?Enfermarse? —Clara miró a los hombres, sanos y ruidosos—. La tierra es de donde viene la comida —sonrió—. ?Alguna vez viste un ave volar sin moverse?

  Maribel pensó un momento.

  —Sí. Muchas veces.

  Clara dejó de reír.

  —En mi mundo se llamaban colibríes —explicó—. Tienen picos largos y sus alas casi no se ven cuando vuelan.

  Clara estalló en carcajadas.

  —?Por el alba carmesí! ?Eso es ridículo! Pfffft.

  Las sombras en la tierra se movieron con el paseo del astro rey en los cielos. Las horas pasaron.

  Cerca de lo que Maribel estimó como las seis de la tarde, vio al ni?o dormido sobre el pasto seco del establo.

  Se preguntó qué pasaría con él cuando se fuera al día siguiente.

  No sabía su nombre. Y, aun así, ya estaba allí.?

  Maribel había decidido irse. No quería descubrir qué clase de bestias aguardaban fuera de la villa. No quería encari?arse.

  Tenía antorchas, sabía hacer fuego. Tardaba, pero ya no tanto.

  Aun así, permaneció en silencio largo rato, preguntándose si lo que planeaba era correcto. Dejar atrás a un ni?o sin familia no era una decisión peque?a.

  ?Llevarlo consigo? ?Abandonarlo?

  El sol ya se escondía tras las monta?as.

  ?Lo mínimo que puedo hacer es recordar bien su rostro?, pensó, esperando disipar la culpa.

  El establo estaba sumido en sombras densas cuando Maribel movió un poco la capucha del ni?o.

  Entonces lo vio.

  Las orejas no estaban donde deberían.

  Un escalofrío le recorrió la espalda. El peso de lo que aquel ni?o había vivido —y de lo que ella estaba a punto de hacer— le apretó la garganta.

  ??Qué demonios estoy haciendo?… Es solo un ni?o?.

  Sintió, vagamente, que el sistema se relajaba, como si compartiera ese arrepentimiento. No tenía ánimo para reprocharle nada.

  —Mmm… hmph…

  El ni?o se movió, rascándose la cabeza con entusiasmo antes de volver a acomodarse. Maribel contuvo el aliento.

  Cuando él levantó la capucha por sí mismo, su corazón casi se detuvo.

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