Todo pasó tan rápido que Olivia no fue capaz de reaccionar cuando ya era demasiado tarde. Mientras la arpía ascendía, la chica comenzó a sacudir las piernas y los brazos intentando desprenderse de sus garras que se sentían tan sólidas como cadenas. Al mirar hacia un costado se topó de súbito con la punta del mástil principal, lo que la forzó a detenerse al darse cuenta de que su intento de escape podía terminar en una muerte segura. Con impotencia, se quedó mirando a los ni?os colgados de las cuerdas quienes no paraban de gritar su nombre. Estiró una mano hacia ellos como si quisiera alcanzarlos aunque al final terminó siendo no más que un gesto de despedida. Cuanto más se alejaban, sus alaridos se iban confundiendo entre los graznidos de las gaviotas hasta volverse irreconocibles.
El viento salado le hacía arder los ojos pero eso no era lo único que provocó que comenzara a lagrimear. Después de todo lo que habían vivido juntos, no podía ser que tuvieran que separarse de aquella manera.
Un repentino estruendo le hizo voltear la vista hacia adelante, mientras la arpía de plumas verdes que la sostenía se mantuvo suspendida en el aire. Con ambas manos, la chica se aferró a sus piernas emplumadas aunque la criatura ya la tenía bien agarrada por sus antebrazos entumecidos.
Frente a ella, se abrió un enorme agujero de bordes dentados como tela desgarrada,que poco a poco fue revelando una larga cadena de acantilados coronados por un espeso paisaje verde.
La Hermandad de la Isla.
Olivia contuvo la respiración y su estomagó se revolvió cuando la arpía se zambulló en el agujero y siguió su camino planeando entre rocas gigantes que rodeaban los acantilados que parecían aún más inmensos que los que formaban Abrazo de Tormenta.
Como si lo hiciera a propósito, su captora zigzagueó entre columnas retorcidas atravesando estrechas aberturas que se formaban entre ellas. Cada vez que una roca pasaba demasiado cerca, Olivia cerraba los ojos, levantando sus piernas, convencida de que iban a estrellarse y hasta temiendo que el verdadero objetivo de la arpía fuera hacerla reventar contra las rocas.
Pero nada de eso pasó. De repente, la altura del acantilado comenzó a descender poco a poco hasta llegar a una peque?a bahía y el vuelo de la arpía se volvió más lento a medida que se acercaba a lo que parecía ser un peque?o puerto conformado por casas de piedras.
Al principio, las construcciones no parecían ser tan distintas de los hogares humanos. Las que se hallaban más cerca del borde tenían techo de dos aguas y chimeneas, pero en el corto tiempo que se mantuvieron en el aire alcanzó a ver algunas torres solitarias que se elevaban entre otras más peque?as, de formas redondeadas y ventanas circulares, se hallaban cubiertas por vegetación.
La arpía comenzó a sobrevolar en espiral sobre el muelle y Olivia notó que pese a que el día estaba estaba lejos de terminar, no había mucha actividad. Logró reconocer edificios que debían de funcionar como almacenes pero todos tenían sus puertas cerradas y tampoco se veían carros o comerciantes. Alcanzó a ver un robusto pescador que se hallaba de espaldas revisando unas redes junto a un par de peque?os barcos de pesca amarrados que se mecían suavemente el agua. Un grupo de ni?os de piel peluda y oscura jugaban cerca del agua, lanzando piedras y delante de una casa un par de se?oras de escasa estatura y orejas puntiagudas se hallaban tejiendo tranquilamente sentadas en mecedoras. Todos ellos levantaron la vista al ver llegar a las arpías y sacudieron las manos en un gesto de saludo.
El aterrizaje de la arpía fue suave, pero en cuanto tocó el suelo, Olivia sintió que sus piernas se ablandaban como pudines. Cayó de rodillas y terminó rodando por el suelo de piedra. Respiraba con dificultad y no dejaba de temblar.
Una mano se apoyó en su hombro.
–?Estás bien? –le preguntó Silas, arrodillado a su lado.
Ella sacudió el hombro y se separó de él sin decirle nada. Con un gesto de la mano rechazó su ayuda y se levantó por sus propios medios aunque debió detenerse un momento con los brazos extendidos hacia ambos lados para no perder el equilibrio.
En ningún momento quiso mirarlo. La última vez que se había enfurecido así fue cuando su padre le reveló la verdadera identidad de su madre. Entonces, como ahora, sintió que su corazón se incendiaba por dentro, y lo único que quedaba no era más que una brasa dura y humeante.
–?Dónde estamos? – escuchó que él preguntaba.
–Bienvenidos a Puerta del Vidente –dijo secamente Zaikhra, la arpía de plumas naranjas–. El único lugar en la isla donde los barcos del continente pueden atracar. Ahora vamos por...
La arpía se vio interrumpida por el mismo grupo de ni?os que Olivia había visto desde lo alto y que había corrido a su encuentro. Pronto se vio rodeada por casi una docena de peque?os lobizones que, con curiosidad infantil, acercaban sus hocicos para olfatearlos. Tenían ojos grandes y redondos, orejas que se movían sin parar, y un espeso pelaje que iba del gris plateado al casta?o rojizo. Llevaban pantalones cortos y camisas holgadas, pero nada en los pies, y sus colas esponjosas no dejaban de moverse. El grupo guardó silencio mientras estudiaban a los desconocidos, ladeando la cabeza de vez en cuando. Olivia calculó que no debían de tener más de diez a?os... aunque, siendo la primera vez que veía lobizones, bien podría estar equivocada.
Pese a la rabia que sentía por Silas en ese momento, tuvo que contenerse para no estirar las manos y acariciar el suave pelaje de aquellas tiernas criaturitas.
–?Eh, ustedes dos, Zaikhra! ?Irzis!– el pescador también se había acercado y esta vez Olivia pudo reconocer su forma leonina. Tenía la melena corta, de un color entre arena y cobre, revuelta por el viento marino. Tenía una mandíbula fuerte, nariz chata, ojos amarillos de pupila rasgada y un par de colmillos que centelleaban al abrir la boca. Iba con el torso desnudo, cubierto de un pelaje corto y salpicado de viejas cicatrices. Vestía solo unos pantalones anchos sujetos con un cinturón gastado, y caminaba descalzo, con la cola moviéndose perezosamente detrás.
Las dos arpías se dieron vuelta al escuchar sus nombres. Cuando el leonino llegó hasta ellos, Olivia no pudo evitar concentrarse en el sonido de su respiración lenta que casi sonaba como gru?ido.
–?Ha llegado un barco? – los ojos del leonino giraban entre Silas y Olivia, aunque su expresión era más expectante que sospechosa.
–Sí –respondió Irzis, la arpía de plumas verdes–. Pero nada de cargamento. Era sólo el Heraldo Vagabundo.
El leonino soltó un gru?ido molesto.
–?Y qué hay con ellos dos? –dijo levantando el hocico hacia Silas y Olivia.
–No son nadie que te deba interesar, Ralti– le respondió Zaikhra extendiendo una de sus alas para indicar a Silas y Olivia que comenzaran a caminar en dirección opuesta al leonino.
–?Que no me deba interesar! –la voz de Ralti sonaba casi como un rugido ronco –. ?Hace casi más de dos semanas que no llegan barcos!
–Si tienes alguna queja, Ralti, –le dijo Irzis interponiéndose entre él y su compa?era–. Preséntate en la oficina y realiza la queja formal como corresponde.
–?Malditas arpias! –exclamó Ralti pateando el piso y se vio la vuelta para volver por donde había venido.
Mientras Olivia y Silas avanzaban, las arpías les pidieron a los ni?os que se fueran a jugar a otro lado y estos se alejaron a los brincos y moviendo la cola.
–No tardará mucho en esparcir el noticia por el pueblo–le dijo Zaikhra a Irzis, refiriéndose al leonino.
La otra arpía suspiró.
–Claro que no...
–?Le avisamos a la jefa?
–Mejor que se entere por su cuenta.
Olivia se sentía todavía demasiado conmocionada, primero por el vuelo y luego por el hecho de encontrarse con los híbridos, como para pensar alguna pregunta en ese momento. Silas tampoco decía nada, observando atento cada movimiento de las arpías.
Los cuatro continuaron en silencio hasta un edificio robusto de piedra con paredes cubiertas de musgo. Un cartel desgastado con letras blancas anunciaba “Oficina de Aduana”. Entraron cruzando una enorme puerta, bastante más altas que las mismas arpías, que dio paso a una estancia amplia de techos altos que hicieron que Olivia se sintiera cada vez más peque?a. La luz tenue de la tarde se colaba a través de pesadas cortinas que cubrían un par de peque?as ventanas. Un pesado escritorio de madera se hallaba al fondo de la estancia, cubierto de documentos, sellos, una taza de té y un libro grueso abierto.
De repente, un sonido acompasado de cascos resonó desde una de las grandes puertas laterales que se encontraban a ambos lados de la habitación. Todos volvieron la mirada hacia la izquierda mientras un fauno entraba con paso calmado. Era quizás un poco más bajo que Olivia. Entre su cabello rizado asomaban dos cuernos curvados y un par de orejas puntiagudas que se extendían en forma horizontal. Unos lentes de montura gruesa descansaban sobre su ancha nariz. Vestía una impecable camisa blanca bajo un chaleco gris y pantalones cortos del mismo color que parecían recién hechos. Sus ojos estaban fijos en un montón de papeles que llevaba en sus manos hasta que levantó la vista de ellos y se detuvo en seco. Sus ojos oscilaron entre los recién llegados con una mezcla de curiosidad y autoridad.
–Zaikhra, Irzis... ?quiénes son estos?–preguntó el fauno –. ?No se suponía que...?
–Son prisioneros, Phyllios– lo interrumpió Zaikhra.
–?Prisioneros! –el fauno dejó caer los papeles que se desparramaron por el suelo y sus ojos casta?os se agrandaron cada vez más detrás de sus lentes –. ?Prisioneros humanos?
La arpía negó con la cabeza.
–Sólo una humana. Este otro es una quimera.
–?Una quimera!– exclamó horrorizado el fauno.
–?Qué estás chillando, Phyllios? – una voz masculina y profunda les llegó a través de la misma puerta por donde había aparecido el fauno –. ?Ya llegó la jefa? ?El barco tiene permiso de entrar?
–?Derion! – exclamó Phyllios con un hilo de voz –. ?Ven ahora mismo! ?Inmediatamente!
Se escuchó un suspiro ronco y cansado, seguido por el crujido de una silla, como si alguien se levantara de mala gana.
–Más vale que sea algo serio...
Un momento después, apareció un imponente lobizón, exhalando un profundo bostezo. Caminaba encorvado, arrastrando los pies descalzos con desgano, y sus larguísimos brazos, rematados en garras curvas, colgaban a los costados, balanceándose con cada paso. Su pelaje oscuro, denso y enmara?ado le daba un aspecto salvaje y desali?ado, a pesar de que vestía pantalones largos y una camisa arrugada con varios botones desabrochados. A diferencia de las crías que Olivia había visto afuera, en este no había ni una chispa de ternura.
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Con la misma indiferencia con la que había entrado, se quedó allí, observando a Silas o a Olivia.
–Esto va a estar bueno —suspiró por fin–. ?Para qué los trajeron?
–?Derion! –la voz del fauno sonó reprobatoria–. ?Es que no lo ves?
–Veo dos jóvenes humanos... No... –el lobizón entrecerró sus ojos rojos del color de la sangre –. El chico es una quimera.
–?Exacto!
–?Por qué está aquí? –preguntó Derion mirando a las dos harpías.
–órdenes de la jefa –respondió Zaikhra con calma –. Han llegado de incógnito con Jasper Gloom.
–?Y por qué no siguieron con él?
–La jefa... tiene motivos para arrestarlos.
–No lucen para nada peligrosos.
–La jefa piensa distinto.
El fauno, recuperando la serenidad, dejó escapar un bufido.
–Un día de estos Moryabeth nos hará entrar en guerra con los humanos... ya lo verán...
–Haz algo útil y regístralos – le dijo Zaikhra.
El fauno se cruzó de brazos con expresión rebelde.
–Sólo registro los datos de los capitanes y las naves...
–Pues ahora tendrás que registrar prisioneros. Tienes papel de sobra como para inventar un formulario.
En cuanto Zaihkra decía eso, se escuchó el ruido de la puerta de entrada y las plumas rosadas de Moryabeth se aparecieron. La arpía les dirigió una mirada ce?uda a sus subordinados.
–?No los han encerrado todavía? –preguntó con desaprobación.
–?Y dónde quieres que ubiquemos a los prisioneros? –explotó el fauno–. ?Ni siquiera tenemos celdas!
–Algún lugar debemos de tener.
–Nunca ha sido necesario arrestar ningún humano, solamente los enviamos lejos a través del portal.
–Pero justamente, no puedo enviar a estos dos lejos, se les acusa de un crimen grave.
–?Por los cuernos del sol! ?Cuál es el crimen?
–Es confidencial. Registra sus datos y ahora veremos qué hacer con ellos. ?Tenemos al menos cadenas de contención mágica?
–Debe de haber alguna por ahí acumulando polvo –dijo Irzis, la arpía de plumas verdes dirigiéndose hacia de una de las puertas–. Iré a fijarme.
–Jefa –el lobizón se adelantó con las manos en los bolsillos –. ?Qué hacemos con el Heraldo Vagabundo?
–Concede el acceso pero sólo a Bahía del Kraken. En realidad, me gustaría enviar a Jasper Gloom al otro lado del mundo pero puede que más adelante lo necesitemos de testigo.
–Avisaré al cuartel central para que activen el portal –el lobizón se retiró arrastrando los pies por la misma puerta lateral por donde había aparecido.
–Lo hubiera arrestado junto con estos si hubiera podido –agregó Moryabeth.
–Eso hubiera sido divertido... – gru?ó el fauno–. Arrestar al emisario de los piratas... De verdad, Moryabeth... creo que sería momento de que te tomaras unos días de descanso.
–Ya descansé bastante mientras me encontraba enferma.
–Yo no creo que pasarnos más de una semana postrados de dolor pueda catalogarse como descanso... –el fauno se fue a sentar detrás del escritorio y se inclinó hacia atrás suspirando–. Mientras ustedes estaban afuera, ha venido el presidente del gremio de artesanos... preguntan sobre cuándo vendrá el próximo barco...
–Parece ser que los piratas van a entrar en guerra con el continente así que no muy pronto... –le informó Moryabeth como quien hablaba del clima.
–Los taurinos se pondrán furiosos... Tienen un exceso de piedras incandescentes y no saben qué hacer con ellas.
Para entonces, Irzis había vuelto con las cadenas que, efectivamente, se encontraban oxidadas y llenas de polvo. Varias pelusas cayeron al suelo mientras la arpía las limpiaba con sus plumas.
Derion volvió a aparecer mientras la arpías le ponían las cadenas a Silas y a Olivia.
–Desde central me han confirmado que el Heraldo Vagabundo ha sido transportado a Bahía del Kraken.
Pese a encontrarse esposada, Olivia inspiró hondo, aliviada. Por lo menos ahora sabían que todos sus amigos se encontraban a salvo en la bahía.
–Así que ustedes dos... –el fauno les hizo se?as con la mano a Silas y a Olivia para que se acercaran –. ?Nombres?
–Silas –respondió la quimera de inmediato y Olivia lo miró furiosa.
–?Apellido? – gru?ó el fauno.
La quimera puso los ojos en blanco.
–Silas de la manada Estrella Errante.
–Y yo que pensé que eran sólo los piratas que tenían nombres largos –murmuró el fauno mientras escribía –. Especie, obviamente, quimera. ?Edad?
–Dieciséis.
–?Dirección?
Silas entrecerró los ojos.
–?Sur?
El fauno levantó la cabeza.
–?Al sur de qué?
–Monta?as Rugientes.
–Si es así no tiene sentido que te pregunte el nombre de tu calle –se burló Phyllios–. ?Ocupación? Por tu edad supongo que serás aprendiz de algún oficio.
–Estoy aprendiendo cómo controlar mi poder.
–Mago entonces...
–?Claro que no! ?Acaso no sabes nada sobre las quimeras?
–Pondré desempleado entonces. ?Motivo de ingreso al territorio híbrido?
–Quiero ver al Archimago.
Sin soltar la pluma, el fauno dejó escapar una carcajada.
–Te recomiendo que esperes sentado –se aclaró la garganta antes de continuar–. ?Estás vinculado a alguna organización, gremio, consejo o fuerza política?
–Creo que no...
–Anota conspirador contra la raza híbrida –le indicó Moryabeth al fauno.
–?No somos conspiradores! –protestó Olivia recobrándose poco a poco de la impresión de estar rodeados de híbridos por primera vez en su vida.
–La evidencia dice lo contrario –replicó Moryabeth clavando sus tormentosos ojos en ella.
–?Es todo un malentendido! – Olivia se giró hacia Silas y por primera vez desde que habían llegado no tuvo más remedio que dirigirse a él –. ?Silas! ?Explícales!
Sin embargo, la quimera permaneció callada. Olivia lo miró desesperada sin entender qué era lo que quería lograr con todo aquello.
–?Itinerario de viaje reciente? –siguió preguntando el fauno.
Mientras Silas hablaba iba contando con los dedos.
–Monta?as Rugientes, Castillo de Rocasombra, Bosque de los Susurros, Lago del Dragón Azul, Golfo de las Luces Danzantes, territorio humano, algunos pueblos cuyo nombre no recuerdo, Abrazo de Tormenta y Mar Libre.
–?Personas o criaturas con quienes han tenido contacto en los últimos días?
–Piratas, magos y sirenios – respondió Silas.
–?Esto es ridículo! – exclamó Olivia.
–Escuche, se?orita —dijo el fauno, frunciendo sus gruesas cejas y alzando la mirada hacia ella –. Entiendo que el papeleo le resulte pesado, pero ahora se encuentra en territorio híbrido y debe seguir nuestras reglas. Todo humano o ser mágico foráneo que entre a la isla debe completar estos formularios. De ellos también depende nuestra seguridad, no solo de los portales mágicos.
Ante ese argumento, Olivia no pudo pensar nada qué objetar y bajó los ojos sintiendo el calor que le subía por las mejillas.
–Tampoco es amable referirse al trabajo honesto de un híbrido como ridículo. Exijo más respeto. No es la primera humana que quiere pasarse de lista conmigo, debería tomar ejemplo de su amigo quimera –sacudiendo la cabeza, volvió a dirigirse a Silas –. ?Presencia anterior en la isla? ?Algún tipo de vínculo amistoso o económico con habitantes del territorio?
–Ninguno, es mi primera vez aquí – respondió Silas.
–Eso quiere decir que tampoco tienes un historial de conflictos con autoridades híbridas.
–Oh, sí que los tiene –dijo Moryabeth –. Deja esa parte en blanco, yo la llenaré más tarde.
–Bien... –suspiró el fauno –. ?Artefactos mágicos que deba declarar?
–Ninguno.
–?Personas que puedan responder por ti o dar referencia?
Silas se quedó un instante pensando.
–Supongo que Jasper Gloom.
Olivia dejó escapar un resoplido burlón.
–A quien acabas de traicionar.
–Nunca le prometí nada –le respondió Silas entre dientes.
–Pero tampoco fuiste claro. Ni siquiera fuiste capaz de confiar en mí –Olivia se cruzó de brazos–. A mí también me traicionaste, Silas. Nunca me imaginé que seríamos recibidos como prisioneros. ?En qué estabas pensando?
El fauno carraspeó.
–Ahora, se?orita, sigamos con usted. Ya casi terminamos. ?Nombre?
Olivia suspiró, tratando de armarse de paciencia. Resistirse no le llevaría a ningún lado.
–Olivia de Rocasombra.
–Olivia de... –murmuró el fauno mientras escribía y de repente soltó la pluma–. ?Rocasombra? –se giró en dirección a Moryabeth–. ?Es verdad?
La arpía asintió.
–Sólo hay una persona capaz de llevar ese nombre y esa sería... –dijo el fauno.
–La hija del conde de Rocasombra – dijo la arpía terminando la oración.
–?Moryabeth! –el fauno se levantó de golpe dejando caer la silla detrás de él–. ?Has secuestrado a la hija del Guardián del Círculo! ?Nuestra raza hizo un pacto con los Rocasombra!
–Yo no he cometido un crimen, a diferencia de ella –le respondió la arpía–. No me importa quién sea. Todos somos iguales ante la ley.
Derion, el lobizón, no paraba de restregar sus enormes pies contra las baldosas.
–Yo también estoy confundido, jefa... ?Qué pueden haber hecho estos dos para que los trajeras hasta aquí? Podríamos haberlos devuelto al sitio de dónde vinieron. No nos hubiera costado nada.
Los ojos de la harpía se oscurecieron, su voz se hizo más grave y sus plumas rosadas se erizaron.
–Lo que pasa es que ustedes no han visto lo mismo que yo. Es imposible que estos dos abandonen la isla, de lo contrario... ?podrían intentar destruirnos de nuevo!
–?Nunca fue nuestra intención hacerles da?o! –exclamó Olivia–. ?Sólo queríamos salvar a un amigo! ?No teníamos idea de lo que ocurriría después!
–?Así que reconocen haber hecho algo? – preguntó el fauno enarcando las cejas pero, antes de que Olivia pudiera replicar, la puerta de entrada retumbó y a continuación se escuchó el sonido de pezu?as resbalando brevemente sobre la baldosas.
–?Buenas tardes, mis amigos oficiales y vecinos! –exclamó en una voz cantarina y cuando Olivia se dio la vuelta se encontró con una imponente centaura de piel negra y luminosa esbozando una ancha sonrisa. Sus rizos oscuros caían con elegancia desde un mo?o flojo sujeto con una peineta de plata dejando ver sus elegantes orejas puntiagudas. Vestía una túnica negra de mangas largas y anchas, con detalles plateados, la cual se ajustada a la altura de la cintura y luego se extendía hacia atrás cubriendo el resto de su cuerpo equino. A su costado, llevaba sujeto con correas un tubo de madera oscura, sellado con un broche metálico.
–Debimos haber cerrado la puerta con llave –suspiró la arpía jefa y le hizo una se?a a las otras dos para que fueran hasta la puerta de entrada.
–También para mí es un placer verte, Moryabeth –respondió la centaura sin perder la sonrisa aunque mientras avanzaba hacia ellos.
–?Por qué estás aquí?
–Hay un rumor esparciéndose como pólvora en el pueblo... Algo como que tus subordinadas trajeron volando dos humanos pero eso no podría ser ya que al puerto no llegado ningún barco... – la centaura ladeó la cabeza–. Y eso sería una clara violación de protocolo... ?Quieres explicarme que está pasando?
–No tengo nada que explicarte, Dianemurya. En todo caso, me corresponde hablar con el juez, no contigo.
–?Ah! Si ese es el caso. Me alegro de poder ayudarte a acelerar el proceso.
–?Qué quieres decir con eso? –la voz de Moryabeth se volvió amenazadora pero la centaura, prácticamente de su misma altura, no se dejó amedrentar.
–He mandado un mensaje al juez –replicó la centaura–. Estará aquí en cualquier momento, junto con el alcalde y el alguacil que seguramente también estarán interesados en saber más de esta inédita situación –su sonrisa se ensanchó–. Me pareció más sencillo que vinieran ellos hasta aquí puesto que afuera ya se está formando una multitud y no queremos seguir agitando a nuestros vecinos hasta aclarar este asunto.
–?Es verdad, jefa! –gritó Irzis asomando la cabeza por la puerta principal desde donde llegaban con claridad el murmullo creciente de conversaciones excitadas, el golpeteo rítmico de cascos contra las baldosas, gru?idos y aleteos inquietos–. ?Pareciera que medio pueblo ya se encuentra aquí!
–?Custodien la puerta entonces! –le ordenó Moryabeth acercándose a las ventanas para cerciorarse que las cortinas no dejaban entrever el interior. Con un movimiento rígido se dio la vuelta y le dirigió una mirada severa a la centaura–. ?Hiciste todo eso sin consultarme?
–No eres la due?a del pueblo, Moryabeth. Al igual que tú, a mí también me gusta hacer las cosas como responden y mis clientes tienen derecho a un juicio justo.
–?Quién dijo que podían ser tus clientes?
La centaura entornó los ojos hacia Olivia.
–?Ya tienes abogado?
Olivia, demasiado asombrada para hablar, negó con la cabeza.
–Perfecto, ya tienen una –haciendo sonar sus pezu?as con determinación, la centaura se abrió paso entre Derion y Phyllios, quienes se hicieron a un lado–. Ahora, si me permiten, me gustaría pasar a una sala vacía para hablar en privado con mis clientes antes de que llegue el juez.
Moryabeth le bloqueó el paso.
–?Pero atentaron contra nuestra isla! ?Cómo puedes defenderlos?
La centaura sacudió la cabeza y se llevó la mano a la cabeza para arreglar un par de rizos que se habían escapado de su lugar.
–Si es así, preséntale la evidencia al juez. Yo sólo vengo a hacer valer sus derechos. Aquí no somos ningunos salvajes sin ley. Pensé que tú sobretodo lo entenderías. Ambas estamos donde estamos para hacer cumplir las normas.
La centaura siguió su camino haciéndole se?as a Silas y a Olivia para que la siguieran a través de una de las puertas laterales. Moryabeth no tuvo otra opción que hacerse a un lado ya que la centaura estaba a punto de pasarla por encima.
Antes de que la puerta se cerrara detrás de ellos, escucharon un último grito de Moryabeth.
–?Tú y todos esos Aperturistas inconscientes, amantes de los humanos, nos van a terminar matando algún día de estos!

