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Capítulo 5 - El sospechoso

  Tras haber alcanzado la torre sur, corriendo con espada en mano, lo primero que vio el Conde fue a su amigo Leander tirado en el suelo mientras era atendido por uno de los Acólitos de túnica azul. El muchacho mantenía las manos presionadas a la altura de los pulmones del Maestro mientras este no paraba de toser y escupir en el suelo un pasta amarilla.

  Junto a ellos, en igual condiciones que el mago, se encontraban los dos guardias que custodiaban la puerta de la torre. El otro Acólito que los atendía le explicó al conde que los tres habían aspirado algo del polvo amarillo que flotaba en sala de experimentos y que de haber pasado más tiempo hubiera resultado venenoso e incluso mortal.

  Como Leander era incapaz de hablar en ese momento, Alaric se acercó a la entrada de la habitación poniéndose una mano sobre la boca. El lugar estaba irreconocible. Las estanterías de materiales se habían venido abajo y no había quedado un sólo mueble sin ser destruido. Dos magos jóvenes cubiertos con pa?uelos eran los encargados de manipular el aire para expulsar las partículas de polvo amarillo que cubría como un manto cada objeto destruido y obstaculizaba la visión del conde.

  Los magos de su castillo eran famosos por sus experimentos fallidos pero aquello era demasiado

  Lo peor de todo era que no había signo alguno de la quimera. ?Habría burlado los escudos de su jaula? ?Cómo era eso posible si tanto Eldrin como Leander le habían asegurado que no era más que un cachorro?

  Su plan de negociación con el rey se venía abajo a pocas horas de haber hallado la solución a su problema más urgente.

  El castillo mientras tanto había sido sellado. Nadie podía salir ni entrar. Todos los guardias habían sido alertados y recorrían cada recoveco de la inmensa fortificación en busca de cualquier sospechoso. El conde hubiera deseado ir con Olivia pero cuando le dijeron del peligro que corría Leander envió a otro de sus hombres de confianza para que se encargara de escoltarla hasta él. Sería lo más seguro y además quería primero escuchar de la propia boca del mago todo lo que había sucedido.

  –Alaric... –comenzó a decir Leander, olvidando la forma en cómo solía tratarlo en público, pero antes de continuar tosió varias veces, hasta que por fin inspiró hondo. Su cara roja estaba empapada de sudor.

  –?Esto fue causa del arcantio? –preguntó el conde.

  Todavía acostado Leander sacudió la cabeza.

  –No, el arcantio está seguro. Esto no ha sido nada más que restos de viejas pócimas... aunque bastante fuertes... –un súbito ataque de tos le impidió hablar por un momento –. Una pena que no sepamos cuál fue la combinación. Habría sido todo un descubrimiento –bromeó.

  –?Y el intruso?

  –No pude verlo bien –continuó el mago –. Parecía un muchacho joven. Pelo oscuro, llevaba puesta una capa, creo. Aunque hubo un segundo que pensé que lo conocía de algún lado.

  –Uno de los discípulos. ?Un iniciado, un acólito? –miró fijamente al joven mago de túnica azul que pareció tensarse de la incomodidad.

  Leander se aclaró la garganta y giró la cabeza para escupir flemas de un intenso amarillo.

  –No, nadie que yo reconociera. Pero había algo...

  –?Qué dicen los guardias?

  –Todo fue muy rápido. Debe haber escapado por la puerta después de la explosión. Ellos... no pudieron hacer nada –explicó Leander –. No fue su culpa... yo...

  El conde no quería perder tiempo en justificaciones.

  –Por más rápido que fuera, imposible que pudiera salir antes de que los escudos se activaran. Debe estar escondido en el castillo o... es uno de los nuestros. Un espía... – concluyó.

  La mirada de Leander se ensombreció.

  – Los escudos... según los magos que fueron despertados por la explosión...

  Ante la mirada confusa del conde, Leander le pasó a explicar que cuando sus colegas intentaron activar los escudos estos tardaron varios minutos en comenzar a funcionar.

  En toda la historia del castillo, desde que los primeros magos habían sido despachados desde la capital, nunca había sucedido algo así. Al revisar los sellos, no encontraron errores en el dise?o de los mismos. La única explicación era que alguien los había manipulado desde otro lugar y en todo el castillo había sólo una persona capaz de hacerlo. El único que conocía el patrón de la llave primaria y que compartía con el conde la enorme responsabilidad de proteger el castillo y a todos sus habitantes.

  Leander fijó los ojos en el conde.

  –Nadie más que nosotros tres sabíamos que la quimera se encontraba aquí.

  La respiración del conde se hacía cada vez más pesada.

  –A menos claro que pienses... –continuó Leander.

  –Jamás pensaría eso de ti –le aseguró de inmediato su amigo de la infancia.

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  –Entonces...

  –?Alguien ha visto a Eldrin? –preguntó el conde.

  –Ha estado todo este tiempo en su habitación, mi se?or –contestó el Acólito –. Lo sé porque justo antes de escuchar la explosión me mandó llamar para que le preparara un ungüento para sus piernas. Se disculpa profundamente por no venir en nuestro auxilio pero el dolor le hace imposible subir las escaleras.

  –?Envíen a dos Maestros junto con guardias para llevarto hasta la mazmorra!

  El acólito lo miró horrorizado pero no protestó.

  –Leander ?puedes levantarte?

  Su amigo se fue incorporando de a poco agarrándose del hombro del conde.

  –Lo lamento, no confío en nadie más. Encárgate de que la mazmorra esté bien sellada hasta que yo llegue.

  –Por si acaso, necesitaré más que dos magos. ?Qué harás tú?

  –Voy por Olivia. Debería estar aquí ya...

  –?Mi se?or! –Cormac, el capitán de la guardia, corría por el corredor hacia ellos. Su cara pálida, la cual contrastaba con su cabello pelirrojo, le indicó que algo grave había sucedido.

  Olivia no se encontraba en su habitación. Nada más escuchar esto, el mundo de Alaric se vino abajo.

  –?El intruso la ha raptado! –la sangre le subió a la cabeza y volvió a desenvainar su espada –. Cuando lo encuentren, yo...

  Cormac lo retuvo por los hombros, impidiendo que saliera corriendo.

  –Todos los guardias están alertados... pero... mi se?or... –le mostró algo que llevaba en la mano.

  Una trenza oscura, del color de los cuervos. La habían encontrado entre las ropas de la joven dama. El mismo Cormac había registrado la habitación, notando que también faltaban sus ropas de entrenamiento, además de la daga que él mismo le había regalado.

  Al escucharlo, Leander soltó un alarido y se agarró la cabeza como si quisiera arrancarse los cabellos.

  –?El muchacho! ?Cómo no me di cuenta?

  Durante el resto de la noche no hubo nadie que escatimara esfuerzos en buscar a la dama Olivia. Guardias, magos, sirvientes, mayordomos, cocineras, lavanderas, herreros, mozos de cuadra. A todos los que todavía dormían se los arrastró fuera de la cama y no se dejó sitio sin rastrillar.

  La búsqueda dio un nuevo giro cuando, revisando la torres sur, uno de los magos notó que la biblioteca estaba fuera de lugar. En principio habían pensado que eso había sido producto de la explosión pero por si acaso llevaron a cabo un rastreo de poder mágico y encontraron el sello que abría la puerta secreta. A partir de ahí se hizo más fácil conocer el rumbo que había tomado Olivia aunque para sorpresa de los magos, el rastro de magia terminaba en un pasadizo que conducía a sus propias letrinas. A partir de ahí, las pistas terminaban abruptamente.

  El conde mismo fue a inspeccionar el lugar. Determinó cada una de las posibles vías de escape y, por más que no quería aceptarlo, se acercó a la estrecha ventana y miró hacia afuera. Había nevado toda la noche, cualquier rastro debía de haber sido borrado pero no había lugar para dudas.

  Olivia no se encontraba en el castillo.

  Hubiera saltado ahí mismo por esa ventana pero su cuerpo era demasiado grande para pasar y la fuerza de los sellos que rodeaban el castillo bloqueaba cada una de las salidas como un macizo muro invisible.

  Ordenó levantar los escudos, tomando consciencia de todo el tiempo que habían perdido. Para entonces sólo había dos opciones. En el mejor de los casos, su hija se encontraba ya lejos, atravesando el bosque para evitar los caminos por donde ella sabía que la encontrarían con facilidad. De lo contrario, había muerto a causa del frío.

  Estrujó entre sus manos la oscura y suave trenza como si se tratara de un artefacto mágico capaz de hacer aparecer de la nada a la muchacha.

  ?Por qué se había ido así tan de repente, por qué no intentó hablar con él primero? ?Acaso su propia hija estaba asustada de él? ?Luego de todo lo que Alaric había vivido con su propio padre había terminado cometiendo los mismos errores?

  –Mi se?or –le dijo un mago al recibir la orden –. El único que puede levantar los escudos es el Líder de la Orden.

  Alaric se precipitó hacia la mazmorra y en cuanto atisbó la figura del anciano mago detrás de las rejas se alistó para matarlo a la menor provocación.

  –Levanta los escudos –ordenó.

  –Por supuesto, mi se?or –respondió Eldrin con calma, como si sólo lo hubieran interrumpido leyendo en la biblioteca, aunque sus manos se encontraban esposadas a la pared –. Si fuera tan amable de pedirle a mis hermanos que quiten los sellos que me impiden hacerlo.

  –Sé muy bien que nada te detiene.

  –Mi se?or me halaga. Pero no soy todopoderoso. Sólo puedo desactivar los sellos cuyos patrones conozco y mis hermanos se han tomado todas las molestias en inventar unos nuevos que no son de mi conocimiento.

  Alaric indicó a los demás magos, entre ellos Leander, que le quitaran las cadenas de anulación mágica que sujetaban a Eldrin. De inmediato, el anciano posó una mano en la pared y varias líneas doradas reptaron como veloces serpientes escurriéndose entre las piedras.

  Estaba hecho.

  –Leander –dijo el conde mientras Eldrin se dejaba poner de nuevo las cadenas sin mostrar resistencia alguna –. A partir de ahora te nombro Líder de la Orden de Rocasombra. Quedan a tu cargo todas las llaves del castillo. Te encomiendo la misión de revocar cada uno de los sellos creados hasta la fecha. Sé que será una ardua tarea.

  –Es un honor, mi se?or –Leander inclinó la cabeza.

  Tras el anuncio, el conde solicitó al resto de los magos que los dejaran solos.

  –Al Consejo no le gustará que hayas hecho el nombramiento sin consultarlos –observó Eldrin sin mostrarse sorprendido.

  A la mierda el Consejo. Alaric no iba a dejarse llevar por sus palabras. No era el momento de pensar en política sino de encontrar a Olivia.

  –Lidiaré con ellos cuando sea el momento, ahora dime a dónde has enviado a mi hija.

  –Ha sido todo idea de la joven. Yo no he tenido nada que ver. Cuando la encuentre, ella misma le podrá decir que soy inocente.

  –Sé que la ayudaste a salir. Pero antes la convenciste de robarse a la quimera para...

  –?Para qué se escapara y su compromiso quedara anulado? – su voz adoptó un tono de consternación que Alaric no le creyó ni por instante –. Pero mi se?or... ?Cómo voy a arriesgarme a que la dama arriesgue su vida a la intemperie, nada menos que en invierno, y a su vez provocar la furia de la familia real y desperdiciar todos mis esfuerzos para que ese matrimonio suceda? Pero además de eso... la conozco desde que nació. La he instruido yo mismo como...

  –Y ese fue el gran error que por el resto de mi vida nunca me perdonaré de haber cometido –el conde desenvainó la espada y presionó su punta sobre el cuello de Eldrin hasta hacerle un peque?o corte.

  –?Alaric! – Leander tomó a su amigo del brazo intentando que retirara la espada –. Si lo matas sin un juicio previo, el Consejo te arrebatará el título y las tierras. Nunca más verás a tu hija que quedará a merced de todos estos buitres.

  Lentamente, el conde bajó la espada. Leander tenía razón.

  –Cerciórate de que le sea imposible dejar esta celda –dicho eso, se dio la vuelta

  –No tengo motivos para escapar, mi se?or. Me tomaré esto como un merecido descanso, un retiro adelantado –decía Eldrin alzando cada vez más la voz mientras lo veía alejarse –. ?Y deje de atormentarse! ?Mi se?ora aparecerá, el matrimonio se llevará a cabo y no habrá quimera alguna que lo ayude a impedirlo!

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