home

search

Capítulo 52 — Donde la Culpa Pide un Testigo

  El pasillo siguiente no tenía forma definida.

  El Camino, antes estrecho y calculado, se expandía ahora

  como si estuviera exhalando por primera vez en mucho tiempo.

  Syra avanzó.

  Las marcas en su piel no ardían.

  Pero tampoco estaban quietas.

  Se movían con un pulso irregular,

  como si escucharan algo que él aún no podía percibir.

  El suelo empezó a inclinarse.

  No hacia arriba.

  No hacia abajo.

  Hacia adentro.

  Como si caminara dentro de la memoria de alguien

  que nunca terminó de ordenar lo que sentía.

  Syra sintió un cosquilleo a la altura del estómago.

  No era dolor.

  Era espera.

  El corredor desembocó en un espacio ancho,

  una sala sin techo,

  donde el cielo era solamente una franja gris

  que no terminaba de decidir si amanecía o se oscurecía.

  Allí había una mesa.

  Simple.

  De madera gastada,

  como esas que envejecen por haber sostenido demasiadas manos temblorosas.

  Dos sillas.

  Una a cada lado.

  Sobre la mesa, un objeto peque?o:

  una piedra pálida, apenas del tama?o de una lágrima.

  Syra supo, sin que nadie se lo dijera,

  que aquello era un testigo

  Un recordatorio del acto más silencioso de la culpa:

  You could be reading stolen content. Head to Royal Road for the genuine story.

  buscar que alguien la vea antes de que la devore.

  Se acercó.

  La silla frente a él se movió ligeramente,

  como invitándolo.

  Pero Syra no se sentó.

  No todavía.

  Entre las sombras, detrás de la mesa,

  una figura comenzó a materializarse.

  No como las anteriores.

  Esta tenía forma completa,

  pero no peso.

  Un contorno humano hecho de una tenue luz oscura,

  como si su existencia dependiera de un recuerdo que nunca terminaba de fijarse.

  La figura reposó sus manos sobre la mesa.

  Las manos temblaban.

  Syra no dijo nada.

  El Camino había ense?ado que hablar primero era romper algo.

  La figura abrió la boca.

  Su voz era baja, rota, pero clara:

  —No sé… si puedo cargar esto solo.

  Syra sintió un nudo familiar.

  Reconocía esa frase.

  La había pensado.

  Mucho antes.

  Demasiado tiempo antes.

  La figura continuó:

  —No quiero que lo tomes.

  No quiero que lo lleves por mí.

  Solo…

  necesito que alguien me mire mientras lo digo.

  Syra inhaló despacio

  y finalmente tomó asiento.

  El testigo quedó entre ambos.

  La figura extendió una mano hacia la piedra,

  pero no la tocó.

  —Yo… fallé.

  Y cuando lo hice, pensé que…

  que ya no merecía seguir.

  Un silencio denso cayó entre los dos.

  La culpa no gritaba.

  No acusaba.

  No exigía.

  Solo buscaba un lugar donde no hacerse pedazos sola.

  Syra habló por fin:

  —No estás pidiéndome que lo repare.

  Estás pidiéndome que no te deje caer.

  La figura asintió.

  El gesto fue peque?o,

  como si reconocerlo ya fuera un acto doloroso.

  Syra tomó la piedra.

  La sostuvo entre sus dedos.

  Fría.

  Inerte.

  Pero cargada de un tipo de verdad

  que nunca había permitido salir.

  —Puedo sostener esto contigo —dijo Syra—.

  Pero no por ti.

  La figura levantó la mirada.

  Por primera vez, sus ojos tenían forma.

  —Eso… es suficiente.

  La piedra se deshizo entre los dedos de Syra,

  convirtiéndose en un polvo luminoso

  que no quemaba,

  solo liberaba.

  La figura se relajó.

  No desapareció.

  Pero dejó de temblar.

  Era la primera vez que esa parte de él

  hablaba sin miedo a perderse por completo.

  Cuando Syra se levantó,

  el Camino abrió una salida al fondo de la sala,

  como si hubiera estado esperando ese gesto.

  Cruzó el umbral sin mirar atrás.

  Había sostenido una culpa que no buscaba excusas,

  sino compa?ía.

  Y eso, en este lugar,

  valía más que cualquier victoria.

Recommended Popular Novels