Con un sobresalto despierto confundida, inmersa en la penumbra de un lugar desconocido. Mis últimos recuerdos son difusos, fragmentados, con la imagen de la puerta que había encontrado en la cueva y como había empezado a brillar cuando ese último temblor empezó a derrumbar el techo. La sensación de desorientación me envuelve sin que tenga idea de dónde estoy ni cómo he llegado aquí, solo sé que el lugar en el que me encuentro es totalmente ajeno.
Enseguida me doy cuenta de que mi visión es borrosa, incapaz de enfocar los contornos y colores que me rodean. Todo lo que puedo ver son manchas de luz y sombra que se mezclan en un torbellino visual confuso. La incapacidad de ver claramente me hace sentir aún más perdida, como si estuviera atrapada en un sue?o del que no puedo despertar.
Noto el cuerpo raro, como si no me respondiera. Pero también me doy cuenta de que estoy en una especie de cama, ya que a través de mi borrosa visión veo como planchas de madera a mi alrededor, como si estuviera en una especie de caja abierta por arriba, y que debajo mío hay una especie de colchón.
De repente, una figura enorme se cierne sobre mí y su tama?o y presencia me sobrecogen. En un impulso de miedo, suelto un grito, una expresión instintiva de terror ante lo desconocido mientras la sensación de vulnerabilidad se intensifica, dejándome a merced de esta presencia imponente.
Me encuentro siendo levantada, sostenida en brazos por alguien cuya voz suena con la cadencia de un idioma familiar y a la vez extranjero. Sus palabras, aunque me recuerdan al chino, fluyen en un dialecto que no logro comprender, por lo que la confusión se mezcla con miedo mientras trato de discernir mi situación.
Intento decir algo, pero de mi garganta solo salen balbuceos.
Noto como la figura que me lleva camina hacia otro lado y aprovecho para mirar a mi alrededor, pero solo veo sombras borrosas y casi todo por los bordes de mi visión. Noto algo raro en la forma que me coge, pero todavía confusa por la extra?a situación que me encuentro y por el miedo de lo que pueda hacerme el gigante, no termino de ubicarme. Al cabo de un momento la figura que me sostiene se para y me entrega a otra figura que parece acostada.
Entonces, me acercan a algo cálido y suave, y de repente, unos instintos primarios toman el control de mi cuerpo. Mis manos, moviéndose con una voluntad propia, agarran lo que reconozco como un pezón y comienzo a mamar por instinto.
En ese momento, la revelación de la extra?eza que notaba antes me golpea con la fuerza de un rayo. De alguna manera incomprensible, soy un bebé. Esta comprensión trae consigo una oleada de incredulidad y por un momento dejo de mamar, pero diciéndome algo en su extra?o idioma, la propietaria del pecho acerca mi cara al mismo y el instinto de mi nuevo cuerpo hace que vuelva a empezar a mamar.
Mientras me alimento, las figuras a mi alrededor, de las cuales imagino que la que me esta dando de mamar es mi madre, intercambian palabras en ese extra?o idioma. Aunque no entiendo lo que dicen, el tono de su conversación lleva un matiz de cotidianidad que me tranquiliza ligeramente, ofreciendo un atisbo de normalidad en medio del caos que es mi mente en estos momentos.
Después de alimentarme, soy entregada de nuevo a la figura gigantesca, que ahora comprendo, es gigantesca solo con relación a mi tama?o diminuto de bebé. Supongo que será algún tipo de comadrona que ayudo a la que sería mi madre para dar a luz.
La que supongo que es la comadrona me acerca a un grupo de siluetas borrosas, entre las cuales una se destaca y me toma en sus brazos. Escucho cómo habla con las otras, una interacción que, aunque me es incomprensible, sugiere una especie de ritual o presentación. Después de un tiempo, soy devuelta a los brazos de la comadrona.
Conmigo en brazos, me lleva a otro sitio, y con cuidado, me depositan allí. Reconozco que es el sitio en el que me desperté y que ahora reconozco como una especie de cuna. El contacto suave con el lecho me ofrece un peque?o consuelo y poco después, el sue?o se apodera de mí, llevándome lejos de mis preguntas sin respuesta.
Al despertar, una sensación de humedad en mi entrepierna me hace consciente de mi nueva realidad y que me he hecho las necesidades encima. La frustración y la humillación por ese hecho se entrelazan con la resignación de tener que aprender de nuevo a controlar mi cuerpo, así que empiezo a considerar cómo llamar la atención de alguien, cuando una inquietante realización me golpea cuando me doy cuenta de que he estado moviendo los brazos pero aún no he movido mis piernas.
Con un creciente sentido de pánico me concentro en un intento de ordenarles que se muevan, pero no hay respuesta. Las noto, pero por mucho que me esfuerzo, soy incapaz de mover siquiera un dedo del pie y mucho menos las piernas. La realidad de que mi nuevo cuerpo sea parapléjico de nacimiento me golpea con toda su fuerza y un grito de miedo escapa de mis labios, un grito que lleva consigo todo el peso de mi desesperación y confusión.
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Mis gritos rompen el silencio y pronto escucho pasos apresurados acercándose. Mientras intento asimilar lo que puede suponer el que no pueda mover las piernas, intento convencerme a mi misma de que solo es temporal, que es algo de la situación extra?a de ser un bebe, pero en el fondo una peque?a voz me dice que no, que lo que parece es lo que es. Y mientras noto que alguien me coje en brazos, el estrés de mi nueva situación y de que posiblemente sea parapléjica o algo similar me golpea, haciendo que me desmaye.
Despierto súbitamente y noto como mi cuerpo se encuentra sobre una superficie dura y que parece de madera. La sensación de la madera contra mi piel es desconcertante, pero de alguna manera hace que recuerde mi situación actual y que estoy en un lugar extra?o, rodeada de personas que no conozco y por alguna extra?a razón encerrada en el cuerpo de un bebe. A mi alrededor, figuras borrosas se inclinan hacia mí, sus contornos difuminados apenas perceptibles a través de la visión limitada de un bebé, una visión que convierte el mundo que veo en un lugar de sombras y luces sin definición.
Estas figuras, cuyos detalles se escapan a mi visión, parecen estar examinándome mientras discuten entre ellas en su extra?o idioma que parece chino, pero no lo es. Gracias a mis conocimientos de chino, aunque no puedo entender sus palabras, reconozco en el tono de su conversación una mezcla de curiosidad profesional y preocupación que me transmite la seriedad de mi situación.
Noto como unas figuras se acercan a los lados de la superficie donde estoy acostada y de repente siento unas manos que me sujetan los brazos delicadamente al mismo tiempo que me los inmovilizan con firmeza mientras otra figura se acerca mientras sostiene algo en su mano que no logro identificar debido a mi visión borrosa.
De forma repentina siento un pinchazo seguido rápidamente por otro. Considerando el idioma en el que hablan y lo poco que distingo de sus ropas, salto a la conclusión de que deben estar practicando acupuntura, ya que en la antigua china se lo consideraba poco menos que la cura para todo.
Por un momento, la lógica de mi vida pasada me tranquiliza. Después de todo, la acupuntura es conocida por sus beneficios terapéuticos, pero entonces, al recibir otro pinchazo, me doy cuenta de mi situación e impulsada por un instinto de preservación, empiezo a gritar y a moverme, intentando liberarme de las agujas que me clavan, ya que un bebe que ni grita ni llora al ser pinchado sería demasiado extra?o y a saberse que podrían hacerme a continuación en ese caso. Incluso podrían considerar que estoy poseída o que soy un demonio, con consecuencias fatales para mí.
Al cuarto intento de zafarme, la figura que me clava las agujas se detiene abruptamente mientras dice algo en su idioma antes de retirar rápidamente las agujas. Al escucharle, las otras me sueltan los brazos liberándome. Continúo moviéndome, ahora a?adiendo un lloriqueo convincente a mi acto, hasta que, de manera inesperada, siento un nuevo pinchazo, esta vez en la planta del pie. Emito una queja instintiva y trato de mover las piernas, solo para recordar con un golpe de horror la revelación de mi parálisis descubierta antes de desmayarme anteriormente.
La figura continúa pinchándome varias veces más en las piernas, ante lo cual no puedo hacer más que lloriquear y gritar para mantener el acto mientras lucho infructuosamente por provocar alguna respuesta en mis extremidades, pero con nulo éxito. Esta falta de conexión con mis propias piernas es desconcertante y si no fuera porque en mi vida anterior las había usado con tanta naturalidad, podría haber dudado que son algo que se puede mover.
Dejan de clavarme agujar y escucho que dicen algo, con un tono muy serio y poco después soy levantada en brazos para ser entregada a una figura que me resulta familiar. Caminan hacia otro lado conmigo en brazos y me entregan a alguien que esta acostado. Al enfocar mi atención, reconozco a la persona que me alimentó el día anterior. A su lado, la figura que había estado administrando las agujas se une a la conversación. La voz de quien asumo es mi madre adopta un tono cada vez más agitado, hasta que finalmente rompe a llorar, apretándome contra su pecho con un abrazo que bordea el límite entre el consuelo y el dolor. A pesar del malestar, opto por permanecer en silencio convencida de que, en este momento, es la decisión más prudente.
La situación toma un nuevo giro cuando al cabo de un rato otra figura se acerca, la misma que me había levantado durante el ritual anterior. Tras un breve intercambio con mi madre, esta última me aprieta aún más fuerte contra ella. Mis quejidos, suaves al principio, se hacen más notorios, instándola a aflojar su agarre. Tras una breve conversación en un tono serio, el que imagino que debe de ser mi padre, o al menos alguna figura de autoridad, considerando cómo funcionan las familias y los clanes chinos, se da la vuelta y se aleja fuera de mi vista.
Mi madre contina abrazándome un largo rato. Luego, con un gesto que ya me resulta familiar, me acerca a su pecho para alimentarme y, a pesar de la vergüenza que siento ante este acto, los instintos de mi nuevo cuerpo me traicionan, por lo que pronto me encuentro comiendo con una necesidad nacida de ese instinto.
Una vez saciada, soy colocada nuevamente en la cuna, el mismo lugar donde había despertado y el sue?o me reclama rápidamente, arrastrándome hacia un mundo de oscuridad y silencio. En los momentos previos a sucumbir al sue?o cruza mi mente la reflexión de que ser un bebé, independientemente de las circunstancias inusuales de mi conciencia, implica una gran cantidad de sue?o.

